El limosnero en Arequipa...

15 de Marzo de 2015
Teófilo Ruano fue un español que durante más de veinte años pidió limosna casa por casa, de pueblo en pueblo. Se convirtió en un pedigüeño por los niños 
de la clínica San Juan de Dios. 
 
Por: Marianela Martínez M.
 
Con un letrero bajo del brazo y un bolso lleno de estampas religiosas y recibos, en los año 60, por las calles de Arequipa caminaba un español alto, colorado y enfundado en su hábito negro. Tocando puertas y colocándose en las plazas pedía limosna. Era el hermano de San Juan de Dios, Teófilo Ruano, el primer limosnero en Arequipa.
A la orden de San Juan de Dios en el mundo se le conocía como los limosneros; en el Perú y en Arequipa no fue diferente su labor. Salían vistiendo su hábito negro a pedir una contribución para los niños enfermos que atendían en su centro hospitalario. Antonio Recio, uno de los pocos limosneros que quedan en la ciudad, recuerda el duro trabajo de recaudar dinero para sus pequeños. 
Con el clásico acento español afirma que conoce mejor las calles que muchos arequipeños. “Nos dividíamos en grupos la ciudad, uno iba para el norte, otro al sur, otros al este y finalmente al oeste caminábamos mucho”, refiere con nostalgia en la que agrega una frase como si fuera un descuido: existía solidaridad.
Menciona a varios hermanos, pero en especial recuerda mucho a Teófilo Ruano, quien en los años 60 ya vivía en Arequipa y les enseñó que con perseverancia se podía lograr grandes donaciones. 
“Casi nunca estaba tranquilo. Si no estaba en las calles o en las provincias, atendía a los pacientes muy temprano”, refiere. Y es que el hermano Teófilo Ruano fue uno de los primeros españoles que la orden de San Juan de Dios envió al Perú y a Arequipa; llegó con un grupo de quince jóvenes que se dedicaron a levantar su hospital. 
En 1955, cuando retorna la orden hospitalaria para atender a los niños de escasos recursos económicos, llega este joven impetuoso que les dio a todos una lección. Era el limosnero por excelencia, un pedigüeño como pocos, que con una amplia sonrisa llevaba un letrero con algunas fotografías para mostrar cómo atendían a los niños y mostraba la ardua e intensa labor en la clínica. 
En el maletín que cargaba también llevaba un martillo que lo utilizaba para colocar propaganda; su equipaje se complementaba con una banca o una mesa prestada. Así recorría las provincias: pidiendo una limosna a la gente solidaria.
Durante más de veinte años, Teófilo no volvió a su casa en España, “se dedicó enteramente a su labor por los niños”, refiere su amigo y compañero. Hizo de Arequipa su familia. Su principal objetivo era convertir al centro hospitalario en el más moderno y digno para los niños que sufrían de problemas, sea por secuela de la polio o por un accidente. 
En las pocas fotografías de la época que aún se conservan, se le ve joven e impetuoso, un enfermero que a su corta edad no se amilanó ante la soberbia de algunos y a las críticas de otros, solo le importaba salir a las calles a limosnear por una moneda.
Siempre con una sonrisa dibujada en el rostro, el hermano Teófilo jamás se enojaba de los resultados, así fueran catastróficos en el día. “Decía que llegaría a llenar la caja y así fue”, cuenta el español que también encontró en Arequipa su segundo hogar. Es que el legado de San Juan de Dios fue salir como un “loco” a atender a los pobres, enfermos, desvalidos y a quien necesitara una ayuda.
 
Por los años 60,  vistiendo su hábito negro, salía por las calles a pedir limosna para sobrevivir, no él, sino sus pequeños enfermos. Así como él muchos llegaron a Arequipa con la misma misión.
 
LA LIMOSNA CASA POR CASA
 
Cuenta el hermano Recio que no se les exigía recoger una cantidad de dinero, “no sabíamos cómo nos iría cada día”; pero señala que sí se proponían  visitar un determinado número de casas, empresas y negocios.
“Salían primero los perros y algunas personas se asomaban curiosos por la ventana, con el tiempo nos fueron reconociendo y sabían que éramos los limosneros de San Juan de Dios”. Según narra el hermano Recio, con más de 80 años de edad, los arequipeños fueron muy caritativos y ya los conocían. 
Teófilo Ruano fue por excelencia un limosnero que recorría pueblos, mercados y calles. “La contribución no era solo en dinero, sino también en especies. Algunos entregaban fruta, otros cereales y quienes entregaban alimentos diversos que eran llevados para  alimentar a los pequeños y sus familias albergadas en San Juan de Dios”.
Teófilo Ruano no regresó a España hasta que enfermó y ya mayor de edad,  falleció junto a la cripta de San Juan de Dios en Granada – España. Él, como muchos otros, enseñó la humildad, la caridad y la “locura” de amar sin condición.
Fueron los limosneros que caminaron la calle Mercaderes y recorrieron el Parque Industrial y las provincias recibiendo donaciones de un sol hasta de varios miles de soles. Con recibo en mano, deducible de impuestos, levantaron lo que hoy es la clínica San Juan de Dios.
Ya no salen por las calles a pedigüeñar por una limosna, las teletones en los últimos años reemplazaron las largas caminatas. Antonio Recio recuerda a los hermanos Salustiano Rodríguez, Fermín Toledano, Antonio Florido, a los hermanos Mateo y Touseda quienes fueron limosneros por excelencia y recaudaron lo suficiente para dar de comer, comprar medicinas y atender con dignidad y amor a los niños de San Juan de Dios.
 
LOS CONTRIBUYENTES
 
Tras la puerta había una historia, algunos más solidarios que otros, pero casi todos contribuían. Cuenta con nostalgia el hermano Antonio que a pesar del consumismo y del individualismo que priman en estos tiempos, aún existe la persona solidaria, el que entrega sin condiciones, el que no dona lo que le sobra, sino lo que a él le falta.
“Hay todavía el desprendimiento incondicional, aunque menos que antes, pero fueron los arequipeños quienes hicieron grande esta clínica para los niños a quienes nos debemos”, cuenta.
 
LA CARIDAD
 
Los hermanos de San Juan de Dios llegaron hace 60 años a Arequipa, fueron los limosneros que caminaron calles y plazas pidiendo una contribución para atender a sus niños. La limosna mantuvo su labor y a pesar de que cambiaron los tiempos, es y será siempre la solidaridad incondicional de la caridad. 
Antonio Recio recuerda su labor de limosnero y concluye: “Proponte fallar por el lado de la caridad y no por el de la dureza de corazón, la limosna será siempre la solidaridad para quien más lo necesita”.

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