La agonía del Tuturutu...

12 de Abril de 2015
La estatuilla de bronce cayó enferma. Su corazón, el sistema operativo que bombea agua, está averiado hace más de un mes. ¿Qué lo aqueja y en qué consistiría su recuperación?
 
Por: Lino Mamani A.
 
No son las plantas podadas, tampoco los antimineros protestantes, ni el calor infernal que hacen que en la Plaza Mayor haya cierto aire de melancolía. Es el Tuturutu, la figurilla de la pileta central, el que está diferente, por su organismo ya no corren los chorros de agua que eran un espectáculo para los asistentes.
Ahí está en medio de la plaza central de Arequipa, con la fuente de piedra seca y manchada por los restos que dejan algunas palomas, conocida como su “fuerza aérea”. Ahí está la figurilla de bronce que lleva 279 años de existencia con un aspecto demacrado. No entiendo por qué hay tanta luz en un día sombrío.
 
–Tuturutu, qué bueno que te haya encontrado pensé que ya no volvería a verte querido amigo –le dije, angustiado al haberlo hallado sobre los platos ornamentales de la fuente central–. ¿Qué es lo que te ocurre?
Es mi corazón –me respondió–. Mi corazón no es una aglomeración de venas y arterias como el de los humanos, sino un equipo mecánico que está debajo de esta fuente y que me da vida, como si de un reloj a cuerda se tratase.
El sistema es mi órgano vital. No me da sangre como a ustedes, pero sí corre agua por el circuito que sale con cierta potencia por orificios que dan chorros desde mi yelmo de bronce, y caen por los tres platos ornamentales. Ahora estoy sin agua, me estoy deshidratando y lo que es peor, no sé qué ocurrirá conmigo.
 
–¿Y qué es lo que está fallando en ti amigo?
Según me diagnosticaron los arquitectos y especialistas de la Gerencia del Centro Histórico, las electrobombas, que son como unas venas, están averiadas. Las filtraciones están afectando mi organismo y requiero de un mantenimiento integral hasta en mi figura porque el agua y el paso del tiempo me están pasando factura.
Como habrás notado hace más de un mes mi fuente no tiene líquido porque cerraron las válvulas por seguridad. Las últimas precipitaciones pluviales dejaron rastros de humedad que calaron hasta mi corazón, generando descargas eléctricas que para mis cuidadores eran un peligro. 
Recuerdo cuando llegué a esta plaza en 1735, como un regalo que hizo el obispo, Juan Cavero de Toledo. El agua que llegaba a mí provenía de La Pontezuela, una acequia que corría por la esquina entre Mercaderes con San Francisco y que asumió ese nombre porque tenía un puente peatonal pequeño.
Desde entonces me encariñé con esta ciudad, siendo el guardián de bronce que en el día dotaba de agua a los ciudadanos, quienes venían con depósitos para recibir el líquido. Lo hice por muchos años hasta que tuvieron sus propias piletas públicas y yo quedé como un adorno, al que colocaron un circuito que bombea agua para el deleite y distracción. Por las noches soy un centinela que vigila la plaza hasta ahora.
 
–Qué pena…
Esta no es la primera vez que enfermo. Me ocurrió en otras oportunidades. Me hicieron operaciones del brazo y de la pierna, cuyas señales de las intervenciones las puedes notar si eres más detallista. Tienen algunos defectos.
 
–¿Pero cómo te hiciste esas heridas?
Generalmente fueron por los terremotos que soportó la ciudad y destruyó iglesias, casonas coloniales y dejó varios muertos. Pero siempre estuve en pie, hasta ahora a pesar de las adversidades por las que pasé. 
Alguna vez me retiraron injustamente y me llevaron a un calabozo del fundo El Fierro, donde antiguamente quedaba la cárcel de la Ciudad Blanca. Ahí estuve con los infractores de la ley, hasta que comprobaron mi inocencia y salí en libertad.
 
–El famoso encierro que alguna vez me contó el historiador Juan Guillermo Carpio Muñoz, ¡cómo podría olvidarlo! –dije, mientras unos turistas se acercaron para retratar al Tuturutu que tenía un aspecto sórdido. Es ahora cuando se ve los rastros de moho en su figura y tres platos ornamentales.
Mira a esos visitantes –me dijo–. Llegaron para retratarse conmigo de fondo como se acostumbra. ¿Acaso tendrán el mejor perfil mío? A Vicente Condori, uno de los 11 fotógrafos de mi plaza, le escuché murmurar su preocupación por mi estado. Qué será de ellos sin mi imponente figura para tomar fotos al público. 
Mira a mis aves, mi fuerza aérea, muchas se alejaron. No por falta de alimento, sino por la carencia de agua. Me están dejando. Hasta los que se encargan de la limpieza, me ven con mucha pena, conscientes de que quizás no vuelva a curarme.
 
–¿Ya te dijeron cuándo te llevarán a un nosocomio para curarte?
Estoy en espera de ello, pero la situación es más compleja de lo que esperaba. Un día al ver pasar al entonces gerente del Centro Histórico, Francisco Ampuero Bejarano, le pedí que me confesara toda la verdad.
 
–¿Y qué fue lo que te dijo?
Que mi enfermedad estaba avanzada y que se requería de un nuevo diagnóstico, que requería ser realizada por una consultora especializada en estos temas patrimoniales y sistemas. Estos “cardiólogos” definirían mi futuro y lo que se le haría a mi corazón.
 
–De qué futuro me hablas Tuturutu, no estés con rodeos…
Entre las posibilidades de mi tratamiento urgente, está el desmontaje de la pileta. Es decir, la fuente de agua, los platos ornamentales e incluso yo, como anteriormente ya me sucedió. El retiro se haría con el fin de impermeabilizar el espacio, para que así, ya no ocurran estos problemas. ¿Sabes qué sería lo más triste? Que quizás en esta intervención, no quede igual y mi corazón sea cambiado para mal. Tengo miedo a esto, a perderme de ser parte de Arequipa.
 
–Pero tú siempre serás parte de Arequipa y de la historia. Quién sino tú eres el único testigo de los sucesos históricos que en esta Plaza Mayor ocurrieron…
No es por presumir pero tienes razón. Vi cuando fusilaron a Salaverry, la marcha fúnebre de Morán, la llegada de Bolívar, la guerra civil, la modernización del transporte, la rebelión del 50, los mítines y el abucheo a Fujimori. También estuve cuando Belaúnde armó sendas barricadas y cuando Velazco dio el inicio a Majes Siguas, además, fui testigo del “Arequipazo”.
Por eso mi temor más grande, es ya no seguir en los venideros hechos. Sé cuál es el ciclo de las cosas que siempre llega el momento en que deben dejar de ser usadas, pero aún me resisto. Espero salir bien en la intervención que realicen a mi corazón, el motor del centro de Arequipa. Esta es mi agonía, la agonía del Tuturutu.

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