El arte de los Nava se manifiesta hasta en sueños

11 de Junio de 2017
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Integrantes de una familia que tienen el arte por genética, pero que cada uno lo moldeó a su manera.

 

Por: Rossmery Puente de la V.

 
Una madrugada Ronald Nava soñó que estaba en un laberinto rodeado de personas que gritaban y lo acosaban. Entre sueños dibujó los primeros trazos de “El Grito”, una de sus recientes obras.
 
El arte persigue a Nava hasta cuando va a la cama. Cuando está despierto mira en todo lo que lo rodea un motivo para pintar. Observa manchas y les da forma. Su inspiración es lo cotidiano y su pintura abstracta, donde las figuras afloran entre los matices.
 
Proviene de una familia de artistas por genética y vivencias. De pequeño recuerda a su padre Héctor bailarín, poeta aficionado y muy ocurrente; y a su madre Juana tocando guitarra, dibujando y bordando.
 
Conoció a su tío Dante Nava, un poeta puneño espontáneo y sencillo. Comenta que su padre le preparó una reunión social con varios invitados cuando llegó de visita, pero su tío no acudió. “No le interesaba esa parte social fabricada, era muy espontáneo”, refiere. Escuchó a Alfredo Nava, otro tío, tenor que cantó en el conservatorio de Montreal.
 
Entre travesuras se manifestaba el arte. De pequeños los hermanos Nava solían pasar horas jugando en el patio de su casa antigua donde había una enorme enredadera buganvilla. Recreaban escenas de las series que miraban en el cine como Flash Gordon, Tarzán y Shazzan. Hasta llegaron a preparar funciones de teatro para sus vecinos, y escenas de un circo, cobrando entrada: plata o dulces.
 
De los siete hermanos: Ronald y Willy se dedicaron a la pintura. Vilma, Gilda y Juana cantan, pero tienen otros oficios, Doris y Diana optaron por otros destinos. Los caminos se bifurcan al crecer.
 
Ronald recuerda a su hermano mayor Willy, realizando trazos perfectos sobre el papel. “A mi hermano los profesores lo llamaban para que los ayude a pintar”, menciona. Willy es uno de los reconocidos acuarelistas arequipeños, pintor de personas con distintas expresiones graciosas, paisajes, escenas cotidianas y tonos.
 
De pequeño no soñaba con ser pintor como su hermano que ahora radica en el extranjero. Solo pensaba en viajar y le fascinaba el cine. Aunque el gusto por el arte ya lo tenía inoculado. Solía pintar lo que imaginaba, o evocaba las películas o historias que miraba.
 
A los doces años de edad compró en un antiguo negocio un libro del pintor español Picasso, que lo conserva hasta ahora que tiene 78 años de edad, como si fuera su biblia. Admira la libertad y el trabajo del escultor. “Picasso era como un niño para pintar, muy espontaneo”, dice. “Un artista no tiene que ser el que dibuja realidad, sino el que proyecta lo que imagina”, esa es su consigna de Nava.
 
Se fue a Argentina a estudiar Arquitectura pensando en diseñar nuevas formas de construcción que combinaran lo moderno con lo tradicional de la ciudad. Aprendió cinematografía en la ciudad La Plata. Sobrevivió con trabajos esporádicos, haciendo encuestas, trabajó poco tiempo en un restaurante lavando copas y luego de barman, y como decorador donde agregaba sus pinturas.
 
Estuvo en Francia, España e Italia. De esos viajes recuerda que acudió a la galería de un peruano para exponer sus obras. El compatriota se negó, le dijo que él había demorado siete años en tener una. Con la negativa cogió sus cuadros y al mes consiguió una galería. Para la inauguración, al peruano le mandó una tarjeta de invitación de gran tamaño para que no lo olvidara.
 
Fueron buenos años en el exterior, se reafirmó en el arte, vendió sus obras en tres mil dólares, aprendió francés;  pero sobre todo pudo conocer los museos de Picasso en París y el museo de Rodin; y la Sagrada Familia en Barcelona. Lo que vio lo fascinó.
 
Ronald tiene una barba tupida y ojos expresivos; además de pintar, escribe poesía, novelas, canta tangos que aprendió cuando estaba en Argentina; y realiza guiones, algunos de ellos los escribió en forma de literatura ante la limitación económica de llevarlo a la pantalla. Tiene tres libros culminados y seis en bosquejos. Uno de los libros “El diablo calato” es una novela tragicómica que reúne seis sueños que tuvo el pintor.
 
Nunca tuvo interés en hacer fortuna con el arte. Cuando era niño regaló uno de los dibujos que más le gustó inspirado en el paisaje que observó desde el techo de su casa. Vio la Catedral en un atardecer con un cielo de nubes rojas. Se lo obsequió a un profesor que se lo pidió. En Argentina hacía lo mismo y en Francia otros ponían el costo a sus obras.
 
Lo primero que hace al despertar es pintar y para hacerlo necesita tranquilidad, antes lo hacía acompañado de temas de Mozart, Vivaldi. Cuando comienza se abstrae del mundo, desaparece y a ratos como si despertara comienza a corregir. “La pintura es como un juego, un juego responsable”, afirma.
 
La herencia del arte continúa, aunque comentarlo causa melancolía y llanto en el pintor. Su hijo Paúl comenzó pintando un día y dejó de trabajar como administrador de restaurante. Aprendió a escribir guiones cinematográficos y componer. Estaban planeando salir juntos al extranjero y realizar una exposición de sus obras juntos.
 
Paúl quería hacer un documental sobre la música pop y formar una ONG para apoyar a los chicos con talento que están en las calles. Hace tres meses falleció en un accidente. El pintor hace una pausa en su relato, contiene el llanto. Su hija Fiorella es arquitecta, dibuja y pinta.
 
Ronald Nava sueña con hacer cine, y bocetos de arte surrealista para edificaciones. Dice que las nuevas generaciones de artistas están saliendo del letargo,  hay futuro.
 
El 16 de junio a las 19:00 horas, Nava presentará pinturas y esculturas: “En las profundidades del sueño”, pintura onírica, en la galería Vinatea Reynoso, del Portal de la Municipalidad de Arequipa.
 

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