El "recurseo" con sabor llanero

10 de Septiembre de 2017
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Venezolanos que huyen de la convulsión en su país, anclan en Arequipa en busca de empezar de nuevo. Su vida profesional ahora se ve manifestada en el comercio ambulatorio o un trabajo no bien remunerado.

 

Por: Lino Mamani A.

 
Empujando un balde en una carreta, se desplaza Rafael Domínguez por la primera cuadra del bulevar Mercaderes. Lleva una gorra con colores rojo, amarillo y azul, tonos característicos de la bandera de Venezuela. El muchacho de 22 años camina ofreciendo la tizana, una bebida típica de su país.
 
-¡Tizana venezolana, venga, pruebe qué rica es! –dice con su acento venezolano, mientras ofrece su producto al señor de terno, a la señorita de buzo, a la madre que carga a su hijo, al estudiante distraído y a cualquiera de las decenas de personas con quienes se topa diariamente. Hoy el sol irradia, siendo el principal cómplice.
-Deme uno –dice una muchacha, quien rápidamente recibe un vaso descartable conteniendo la bebida y antes de retirarse, exclama– ¡Estamos con ustedes!
 
La tizana es el resultado de la mezcla de varios zumos y frutas picadas. Contiene manzana, uva, piña, pera, fresa, sandía y melón. Más allá de sofocar la sed de los que la beben, es una de las fuentes de ingreso que hallaron los venezolanos que decidieron abandonar su convulsionada nación.
 
Rafael cursaba el octavo semestre de la carrera de  ingeniería eléctrica en la Universidad Fermín Toro de Barquisimeto, hasta que la recesión económica golpeó sus bolsillos. “Yo estudiaba pué, pero los millones de caos me alejaron. La comida está cara, los sueldos no alcanzan, no hay transporte y si hay tienes que tomar tres a cuatro autobuses porque hay tranca (huelga), un montón de problemas”, cuenta el joven mientras le brillan los ojos claros.
 
El joven llanero vino hace un mes al Perú, dejando atrás su terruño, su familia, en busca de mejores oportunidades. Tras pasar por Lima, ancló en la Ciudad Blanca, donde diariamente sale a vender ambulatoriamente su producto. “Extraño todo lo que dejé en mi país, incluso a mi perro”, refiere.
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Los venezolanos no huyen de Venezuela, sino de la dictadura gubernamental. Si en sus últimos días, el entonces líder de la revolución bolivariana, Hugo Chávez, estaba generando descontento en sus compatriotas, tras su muerte en marzo de 2013, la situación empeoró cuando Nicolás Maduro tomó las riendas. 
 
Familias enteras empezaron a emigrar ante la problemática y recesión económica surgida y la sordidez de su presidente, quien trata de contar otra historia diferente de progreso. Hace un año, la convulsión se acentuó y creció el número de venezolanos que huyeron a otro país. Perú, fue una opción, así como Colombia y Ecuador, para buscar empezar de cero. 
 
La asociación de residentes venezolanos estima que son más de mil 200 los hijos de la nación de Simón Bolívar quienes arribaron a la Ciudad Blanca en lo que va del año. En la oficina de Migraciones en Arequipa, diariamente se tramitan 20 requerimientos de Permiso Temporal de Permanencia (PTP), una autorización que da el gobierno peruano para que a los venezolanos que ingresaron al país hasta antes del 31 de julio, puedan quedarse en el país a trabajar hasta por un año. Los que ingresaron legalmente y cuentan con un empleo, están acogiéndose a dicho beneficio, pero existen un grupo –no menor- que labora informalmente.
 
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Además de su acento, a los venezolanos se les reconoce porque llevan una prenda con los colores distintivos de su país llanero. Gorras, casacas y polos que los distinguen. Existen algunos que tienen sus propios negocios, como restaurantes donde ofrecen la variedad  de sus platillos típicos. Otros laboran en centros comerciales, en discotecas, oficinas, ópticas, tiendas de abarrotes, restaurantes, hoteles, agencias, donde la mayoría percibe salarios bajos. Pero también quienes deciden vender  productos en las calles, afuera de los malls, en los paraderos.
 
-¡Pruebe la arepa venezolana! –grita de rato en rato Deymir Portillo, de 26 años. Un ingeniero que en su país se dedicaba a arreglar vehículos y que por necesidad tuvo que “entrarle” a la preparación de esta famosa comida al paso, hecha a base de una masa de maíz molido y relleno de carne, pollo, palta, embutidos u cualquier alimento. Un señor de bigote y entrado en años se le acerca con curiosidad, el vendedor desenrolla una arepa cubierta de papel aluminio para convencer al varón, quien tras preguntar el precio decide comprar.
 
Deymir no denota en su rostro alegre la rabia que le da estar alejado de sus seres queridos, pero sí lo dice. Cambiar su profesión por vender informalmente, tener que aguantar las jornadas diarias bajo el sol y soportando la noche, caminar de un lado a otro  y tener que lidiar con la Policía Municipal, quienes con sus pitos le indican que está prohibido el comercio ambulatorio en la ciudad. 
 
 enfermas estás destinado a morir. Vas al supermercado y no hay alimentos básicos como azúcar y arroz, los pocos que quedan están carísimos –manifiesta la situación en el país norteño.
 
Lleva dos semanas en Arequipa, ciudad que le parece más tranquila a comparación de Lima y donde pretende forjar su propio destino vendiendo arepas y escalando más. “No creo que en cinco años den solución al problema político de mi país”, acota. 
 
-Quisiera decirle muchas cosas a Maduro, pero no te los puedo repetir porque son groserías –sostiene el joven que muestra su sonrisa, una sonrisa cargada de esperanza llanera, con la que se da ánimo y muestra su mejor semblante al público. Venezuela está más cerca del Perú a pesar de sus kilómetros. A pesar de Maduro.
 

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