El solitario andar de Daniel

31 de Diciembre de 2017
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En esta época del año en las alejadas comunidades de la región Arequipa los niños alistan sus mochilas para retornar a sus hogares. De esta forma dan un descanso a sus largas jornadas de convivencia estudiantil en los albergues escolares.

 
Por: Mariela Zuni M.
 
El clima hostil. El cielo cargado de nueves grises, los bofedales cubiertos con la nieve que cayó en la madrugada y el frío intenso de la puna arequipeña despiden como entristecidos a Daniel Supa Layme, un risueño niño de 8 años.
 
El solitario andar de este pequeño no se debe a que carece de amigos, tiene una explicación sencilla, y es que es el único menor en edad escolar que vive en el centro poblado de Culipampa, apenas integrado por dos familias, allá a 4500 msnm, en el distrito de Puyca, provincia de La Unión, región Arequipa.  
 
Desde marzo hasta diciembre, una vez por semana, Daniel caminó 3 horas para ir al colegio, ubicado en el poblado de Ocoruro, que colinda con las fronteras de Cusco y Apurímac.
 
La institución educativa 400224 también le sirve de albergue a él y otros 80 compañeros que viven en otras estancias lejanas.  
 
El año escolar culminó en este colegio de altura. Los niños de entre 5 y 12 años de edad con sus pocas pertenencias a cuestas se reúnen en el patio principal, algunos se abrazan, otros juegan y todos dialogan entre sí sobre sus próximas vacaciones.
 
La hora llega y cada quien toma diferentes direcciones, los que tienen suerte van acompañados, riendo y jugando en el camino. En cambio Daniel debe machar solo directo a casa.
 
El retorno es más extenuante. Tiene que caminar cuesta arriba y ello le tomará más de 3 horas, por eso nunca lo hace muy tarde ya que podría sorprenderlo la noche, el frío o la nevada y terminar perdido.
 
Si tiene suerte alguna camioneta de la mina Inmaculada (Cusco) podría darle una “jaladita” y acortar las horas de caminata, lo cual no es muy frecuente. En su hogar lo esperan su madre y su hermanita. Como son fiestas de fin de año también estará su padre dedicado al comercio de lana.  
 
Debido a que en su comunidad no hay colegio, Daniel tuvo que madrugar todos los lunes para ir a Ocoruro. Además de estudiar convivió con sus compañeros durante la semana. Los niños y niñas pernoctan en habitaciones separadas, se alimentan tres veces al día y asumen responsabilidades como en todo hogar.
 
Marcelino Santander es el director y segundo padre de los estudiantes. Es responsable de la educación, alimentación y salud de los niños. Para él también es una odisea llegar al colegio. Vive en Orcopampa (Castilla) y como no hay una movilidad exclusiva que lo trasporte a Ocoruro depende de la buena voluntad de los mineros y camioneros, caso contrario le toca caminar o con mejor suerte ir a lomo de caballo prestado.  
 
El docente recibe el apoyo de alumnos de grados superiores. Rosaluz Quispe Asfata (11), una de las mayores, teje trenzas en los cabellos de las pequeñas, las asea y viste, también las regaña si no se portan bien. La partida de los niños es triste también para Santander.
 
La niñez en las alturas, lejos de la televisión, la tablet y el PlayStation, se reduce a días de estudio, trabajo y juegos al aire libre. Más aún si se vive rezagado en una de las comunidades más alejadas de Arequipa a 4508 msnm, a donde se llega tras 17 horas en camioneta desde Arequipa.  
 
Durante sus viajes como guía turístico, el ahora consejero regional James Pozo Sánchez llegó hasta Ocoruro, allá por el año 2002. Recuerda que tuvo que pernoctar en el albergue del colegio. Entonces el caballo era el único medio para retornar a Cotahuasi.
 
Desde la década pasada las cosas no han cambiado mucho. El colegio levantado en piedra y cemento sigue igual con sus dos dormitorios, la cocina - comedor y las cuatro aulas. Rodeada apenas por dos viviendas y una pequeña bodega.
 
El poblado prácticamente está a espaldas de una mina de plata perteneciente a una importante empresa. El yacimiento opera hace muchos años y pese a ello el apoyo que ha dado a las comunidades campesinas es escaso.   
 
Desde ese punto, a dos horas de viaje en el límite con la región Cusco está ubicado el centro poblado de Huatapata, allí también existe un colegio que recibe y alberga a 100 estudiantes de estancias lejanas como Petcce, Huillac, Suni y Chicallapa.   
 
Allí la historia de Daniel se repite como parte de una realidad lejana para los citadinos, que tienen el privilegio de estirar la mano para conseguir un transporte que los lleve a su destino, y aun así se quejan por el tráfico o porque deben viajar parados o apretados.
 
Mientras los niños de la ciudad pasarán las vacaciones en la playa o practicando un deporte o simplemente jugando frente al televisor, el pequeño de ocho años natural de Culipampa pasteará en el monte a las alpacas, hasta el próximo mes de marzo que retornará a su peculiar vida escolar en las alturas.
 
Así, en medio de una pampa nevada, Daniel se va perdiendo a lo lejos poco a poco, a paso ligero, con la mochila a cuestas, abrigado por una chompa de lana y un chullo en la cabeza. El solitario andante de ocho años retorna a su hogar. 
 
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