El último adiós a la dama de la Teletón y el arte en Arequipa

10 de Octubre de 2016
Teleton
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Teleton
Por: Elizabeth Huanca Urrutia
 
Cinco días antes de la Teletón, Pilar Olivares de Rivero, una de las fundadoras de esta actividad en Arequipa, murió a los 75 años, luego de haber permanecido 21 años y dos meses en estado de coma. 
Falleció en el lugar al que ayudó hasta el último momento de su existencia, el Hogar Clínica San Juan de Dios, un establecimiento con sede en seis ciudades del país, abocado a la rehabilitación de niños y adolescentes de escasos recursos con enfermedades físicas y mentales, generalmente asociadas a la parálisis cerebral.
 
Un paro cardíaco cegó sus días, pero no la obra que inició en los años 80 junto a un grupo de damas de sociedad. En esa misma década creó el Concurso Nacional de Pintura de Michell y Cia., un evento dirigido a artistas “de bajos recursos económicos pero ricos en talento”. Ella era una dama de la ayuda social. 
 
LA DAMA DE LA TELETÓN   
Doña Pilar fue esposa de Michael Michell Stafford, actual presidente del directorio de Michell y Cia., una de las empresas mistianas dedicadas a la producción y exportación mundial de tops e hilados de Alpaca. Desde este imperio, impulsó obras benéficas para ángeles caídos con males –mayoritariamente- irreversibles. Además de la Teletón, Pilar y los Michell llevaron equipos para el establecimiento. 
 
Como prueba de esta entrega, hoy el recinto lleva una placa de agradecimiento a la mujer que dedicó parte de su vida a los que menos tenían.     
 
Corría 1985 cuando Pilar juntó a 30 amigas para realizar la primera Teletón en la Ciudad Blanca. El objetivo era reunir fondos para el establecimiento médico. Esta actividad había empezado hace cinco años en la capital.  
 
“Amaba a los niños. Se conmovía con sus historias y le dolía su falta de recursos”, recuerda Blanca Zeballos Delgado, asistenta social de la Clínica hace 40 años. Con ella doña Pilar organizó las dos primeras Teletones. 
 
La dama de la Teletón movía al empresariado local de la época e incluso del extranjero. Entregaba personalmente cartas de invitación “a la colaboración” a las principales compañías de la ciudad, dirigidas por las familias más notables y ricas de Arequipa. Blanca y algunas de la organizadoras tenían la misión de recoger las misivas con el donativo impreso. Pilar, viajaba fuera del país para recabar la ayuda.
 
“Era una señora muy relacionada, casi nadie le decía que no, porque sabía cómo dirigirse”, narra la trabajadora. Ella admite que su sola presencia rebosante de vida la intimida. Era una mujer guapa y elegante, de cutis perfecto, voz amable y ojos vivaces. “Humilde ante todo”, comenta Blanca. 
 
Por esos tiempos, las Teletones en Arequipa, solo se limitaban a pequeñas kermeses, tómbolas y la venta de postres. Doña Pilar era la más entusiasta, traía a los niños desde sus habitaciones, jugaba con ellos en el suelo, reía. Por momentos convertía en felicidad los pasillos del recinto, donde la enfermedad era el pan de cada día.  
 
Blanca resalta que su labor no solo se centraba en la Teletón. Cada Navidad, le pedía la lista de los niños que recibían terapias y ella misma compraba y repartía juguetes. Tenía un proyecto importante para implementar la unidad de Fisioterapia en el hogar clínica, pero la desgracia la sorprendió cuando más quería ayudar.
 
El 26 de agosto de 1995, luego de una intervención quirúrgica, quedó con muerte cerebral. Para entonces su vida había cambiado, pero no sus ganas de ayudar a los niños discapacitados. Poco antes se divorció de Michael Michell, aunque la relación siguió fortalecida. El matrimonio tenía tres hijos, Michael, Stephanie y Andrew. Ella y sus hijos vivían en Lima cuando ocurrió el trágico incidente. 
 
Para intentar revertir el cuadro la llevaron a Boston, sin embargo, ya no había nada que hacer. Entonces, retornó a Arequipa y quedó internada en un ambiente exclusivo de la clínica que tanto amó. Aún postrada en cama, abandonada de las fuerzas que antes le sobraban, siguió colaborando. Con la inversión por sus cuidados, aportó de alguna manera al mejoramiento de la Clínica.               
 
AMOR AL ARTE
“Era una señora a carta cabal”, así la recuerda Lourdes Loayza de Vizcarra, secretaria de la presidencia de Michell desde hace 32 años, quien conoció de cerca a Pilar Olivares e incluso la visitó en más de una oportunidad cuando ella permanecía sumergida en su sueño infinito. Además de los pobres, Pilar veló por los trabajadores de la empresa familiar. 
 
En 1980, la dama impulsó la creación de un concurso de pintura Michell y Cia, que se mantiene hasta estos días y que premia el talento. La idea era revalorar al artista local. 
 
Uno de los principales colaboradores en la organización de la actividad fue Alfredo Vizcarra. Además de gerente de una de las áreas de la empresa, Vizcarra era muy amigo de Pilar. 
 
“Era muy alegre, impetuosa, creativa, una hermosa persona”, rememora el varón, mientras hablamos por el hilo telefónico. Alfredo se encontraba en Lima cuando le informaron la muerte de su amiga. Fue un golpe a sus recuerdos. 
 
Inicialmente el concurso nació con la idea de crear un almanaque donde publicarían las obras más destacadas. Los dos primeros años compraron las obras de dos artistas arequipeños, el acuarelista Mauro Castillo y al “Choclo” Ricketts. 
 
Luego vinieron las convocatorias para pinturas en acuarela con mucho éxito. Durante el primer concurso, dirigido inicialmente solo a artistas mistianos recibieron 500 obras, posteriormente la convocatoria se extendió a nivel nacional; como mínimo en cada concurso, que se extendió a Oleo se presentaban 250 obras de arte. No obstante, desde el 2008 el concurso incluye la categoría textil. Los premios en esta actividad sobrepasan los tres mil dólares. 
 
Por paradojas de la vida, dos días antes de la muerte de doña Pilar, se realizó la premiación a los mejores trabajos de este año. Fue sin pensarlo una especie de homenaje a su creadora.  
 
ESTUDIANDO ARTE
El amor al arte de Pilar fue más allá. Vizcarra cuenta que en 1988 estudió pintura. Se inscribió a la Escuela de Artes Carlos Baca Flor. El recinto por esa época no estrenaba sus mejores galas, el paso del tiempo había deteriorado su infraestructura, entonces doña Pilar decidió financiar la restauración de parte de la escuela. Los mismos alumnos de la institución educativa restauraron un “fresco”, pintura realizada sobre una superficie que se hallaba en una de las bóvedas de la escuela. Hoy esta obra sigue viva en el lugar. 
 
Su paso por el Baca Flor solo duró dos años, no concluyó sus estudios por sus múltiples ocupaciones, pero su estadía no pasó desapercibida. Algunos docentes como Alfonso Hurtado la recuerdan cada vez que miran el fresco que restauró.
 
DÍAS EN COMA      
Cuando Pilar entró en coma, la familia no escatimó en sus cuidados. El hermano Fermín Toledano, exdirector de la Clínica, quien organizó varias de las teletones en Arequipa junto a esta dama, tampoco. Las atenciones, como agradecimiento a su labor, fueron infinitas. El personal de la clínica cuenta que el sacerdote falleció hace cuatro años y hasta el último momento encomendó sus oraciones a doña Pilar.  
 
Blanca Zeballos cuenta que cuatro enfermeras, un médico, un fisioterapia y una nutricionista velaban su días eternos en la clínica. Doña Pilar nunca estuvo conectada a una máquina, respiraba por sí sola, abría los ojos. El personal que labora allí cuenta que algunas veces, uno que otro sonido, hacían que derrame alguna lágrima. 
 
Dicen que hasta el último día que estuvo con vida se mantuvo – de alguna manera- en contacto con los niños que tanto ayudó. Ello ocurría cuando la llevaban al parque de la clínica, donde tomaba largas horas de sol, muchas veces amenizadas por el bullicio angelical de pequeños que jugaban en el lugar. 
 
Pilar nunca estuvo sola, sus hijos, familiares, amigos y el personal que la conoció de la Clínica, la visitaban habitualmente. Hasta el final, la mantuvieron bella, cada cierto tiempo le teñían el cabello y la maquillaban para resaltar su grandes y profundos ojos. Sus hijos le dieron siete nietos, aun en coma, les enseñaron a amarla, comenta Lourdes.  
 
Doña Blanca confiesa que desde que Pilar enfermó, las Teletones nunca más fueron iguales. La iniciativa de aquella mujer que alborotaba empresarios para que ayuden a los que no tienen, no pudo ser reemplazada. 
 
Hoy la organización del evento recae en los hermanos del Hogar, que pese a sus esfuerzos, no han podido tocar el corazón de las empresas, que ayudan casi nada, señala el jefe de imagen institucional, Paul Marchani. Las teletones hoy, son del pueblo, como el corazón de Pilar Olivares.  
 

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