La captura contada por la camarada Miriam

10 de Septiembre de 2017
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El 12 de setiembre de 1992, es decir hace 25 años, la Dincote a través del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) que desplegó la “Operación Victoria” capturó a Abimael Guzmán y Elena Yparraguirre, conocida también como la “Camarada Miriam”.
 
Por: Federico Morante Trigoso*
 
Ellos cayeron junto a otros integrantes y eran miembros del Comité Permanente de Sendero Luminoso siendo Guzmán el ideólogo, el estratega político y el jefe militar. Estas irremplazables funciones a la postre ocasionaron el desmoronamiento de ese grupo y en realidad ese día es histórico porque marcó un antes y un después. Sobre esa captura mucho se ha escrito o filmado, pero se conoce poco la visión de los propios senderistas. 
 
En este sentido el libro de Antonio Zapata “La Guerra Senderista: hablan los enemigos” (Lima: Taurus, 2017) viene a llenar un vacío. Este autor tuvo la oportunidad de conversar con la “Camarada Miriam” en el penal de máxima seguridad de Chorrillos a lo largo de dos años. El libro de 251 páginas trata sobre diversos temas relacionados con la guerra interna que comenzó en 1980. Específicamente sobre la denominada captura del siglo fue extraído el siguiente trecho (pp. 230-234).
 
La versión de Elena Yparraguirre
“La policía había detectado que la Academia César Vallejo constituía la principal fuente de ingresos económicos de la dirección. A partir de ese dato siguieron a una persona (Luis Arana), la detuvieron y luego la soltaron para seguirla minuciosamente. Mientras tanto, el partido también lo interrogó; le pedimos que escriba un informe y lo hizo. El muy burro nos informó que había confesado un encuentro con Guzmán”.
 
“El Comité Permanente estaba viviendo donde caímos solamente desde hacía poco. Antes habíamos estado en San Antonio en otra casa. En realidad, rotábamos bastante. Por razones de seguridad, nunca nos quedábamos demasiado tiempo en el mismo sitio. Habíamos tenido refugios en residencias de distinto tipo, algunas de lujo y otras de clase media. Nunca fuera de ciertos distritos de Lima. Como digo, antes habíamos estado en San Antonio. Nos vimos obligados a dejarla porque entró un ladronzuelo y nos robó unos casetes con música partidaria. Nos pareció muy peligroso y cambiamos de sitio”.
 
“En 1990 había caído la dirección de Socorro Popular y poco después en la matanza de Canto Grande murieron tanto Yovanka Pardavé como Tito Valle Travesaño. Quedaron libres solo del número cuatro para abajo. La norma era que subiera el que correspondía en jerarquía, pero el comité se debilitó políticamente. Su reacción fue alocada. Los coches bomba estaban cargados con una cantidad excesiva de material explosivo. Por ejemplo, en Tarata, los jóvenes que hicieron eso fueron detectados porque el auto se descompuso y los detuvo un guachimán; en ese momento, los compañeros decidieron explotar el carro, sin importarles el costo político, cuando debieron haberse retirado y abortar el operativo. No medían las consecuencias. El objetivo era otro y no el edificio de departamentos de Tarata”.
 
“Aunque la guerra aumentaba de intensidad y nuestras acciones crecían en número y contundencia, el Estado había formulado una nueva estrategia, mientras que nosotros reaccionamos con lentitud. Ellos ya tenían un plan para aislar a la dirección y habían avanzado varios pasos. Nuestras fuerzas atravesaban problemas orgánicos que se expresaban en la progresiva pérdida de conexiones entre la dirección y los regionales”.
 
“Hubo negligencias de nuestra parte. El departamento organizativo empezó a trabajar con gente quemada que acababa de salir de la cárcel, fueron seguidos y empezaron las caídas. Ese departamento de organización formó el grupo de apoyo que tenía a su cargo la casa que cayó primero (Monterrico) donde no vivía Abimael. Nunca habíamos vivido ahí, pero sí era un local muy importante, porque organizaba la correa de transmisión”.
 
“Ese fue un momento de gran peligro del Comité Permanente, porque quedamos desvinculados de nuestra estructura orgánica y estuvimos un lapso sin contacto con nuestra gente. Personalmente, tuve que reconstituir nuestros lazos, apelando a una reserva”.
 
“El Comité Permanente tenía en mente viajar a alguna provincia y establecer una base de apoyo con alguna estabilidad, aunque fuera relativa y permitiera un punto de apoyo para dirigir los vaivenes de la guerra. Teníamos el ejemplo de Yenán como fuente de inspiración para ese momento. Queríamos liberar una zona del país e instalarnos ahí”.
 
“Pero los frentes regionales no se comprometieron con prestar la cobertura necesaria para el proyectado viaje del Comité Permanente. El CR de Ayacucho, por ejemplo, contestó diciendo que a lo sumo podían ayudar con un guardia de seguridad. Pero no se requería eso, sino un equipo militar que pudiera servir de punto de partida para abrir un frente. Abimael quería abrirse camino hacia provincias cuando cayó detenido”.
 
“A pesar de las dificultades orgánicas, agravadas por caídas de dirigentes y parte del aparato, logramos realizar un CC en enero de 1990 y no cayó nadie detenido. Me da especial orgullo porque la organización de esa reunión fue mi responsabilidad. En realidad, fue una reunión más pequeña, pero significativa por sus acuerdos”.
 
“La caída se produjo mientras se estaba desarrollando una nueva reunión del buró, eso explica la presencia de María (Pantoja) y de Laura (Zambrano). Ellas habían entrado el día 12 y ya estábamos preparando la reunión. Esta sesión del buró tenía por objeto preparar los documentos y la convocatoria para el II pleno del CC. Quiero destacar que las compañeras no fueron seguidas por la policía, que cuando entró a la casa no sabía que ellas estaban presentes”.
 
“Por mi parte, manejaba una computadora, era una Apple y su sistema operativo era completamente visual, me había acostumbrado a ella. Era una máquina muy práctica, porque permitía mantener junta la documentación sin requerir tanto papel. Con esa computadora se hacía más fácil procesar las reuniones, revisar los documentos elaborados anteriormente y discutir los ajustes”.
 
“En nuestra casa, el grupo de apoyo vivía en el primer piso, que estaba completamente dividido del segundo donde vivíamos nosotros. En esa casa nuestra comida no se cocinaba abajo, en realidad no bajábamos nunca, ni siquiera cocinábamos arriba porque no había facilidades. Básicamente comíamos latas. Yo chancaba las latas y de a pocos el grupo de cobertura las sacaba de la casa”.
 
“La policía dice haber seguido la basura como rastro para llegar a nosotros. La verdad que me parece fantasía. Es mentira que hayan rastreado los restos de las medicinas que consumía Abimael. En efecto, Guzmán requería de productos sofisticados para sus enfermedades de la piel, que solo se vendían en laboratorios Roche. 
 
Pero yo misma quemaba los restos y nunca salieron como basura. Por otro lado, podrían haber seguido las colillas de cigarrillo, que Abimael fumaba. Solo él fumaba, porque yo he sido fumadora muy ocasional, pero había otros fumadores y las colillas no pueden haber sido un rastro muy claro”.
 
“El mismo día de la captura, horas antes, yo había pedido que redoblen las rondas. Hacia las 8:30 p. m. entró la policía a la casa, se escuchó un disparo al interior y entendí que venían por nosotros. Al verlos entrar al segundo piso, supe que eran de la Dincote y no del EP; sentí alivio, porque el Ejército era peor, para empezar, responde a otro tipo de reglamento. Me dispuse a defender a Abimael y exigí que no lo toquen y que bajen las armas. Felizmente, lo logré. No quería que lo vejen, por eso peleé fieramente. Inicialmente, los policías no sabían quiénes éramos. De pronto uno reconoció a Guzmán y exclamó: “el Cachetón”. Se comunicaron por radio para avisar que nos tenían; traían cámaras que filmaban toda la escena. Usando sus aparatos de comunicación, pedían insistentemente que el número uno se presente, también pedían la presencia de un fiscal, estaban bastante nerviosos por la responsabilidad”.
 
“Mientras tanto, Laura se había encerrado en el baño rompiendo los papeles que estaban redactando y arrojándolos al wáter. Al comenzar el operativo, María había corrido la mesa para obstaculizar el ingreso de la policía al lugar donde nos encontrábamos. Al hacerlo, Laura quedó encerrada en el baño y no podía salir. Por mi parte, me preocupé por colocar un banderín rojo detrás de Guzmán, para que las cámaras capten nuestros símbolos. Pensé en la defensa de la bandera”.
 
“Finalmente, llegó el general Ketín Vidal, conversamos y nos informó que nos trasladaban a la Dincote. Antes de proceder, nosotros preguntamos por Laura y María, nos llevaron a verlas, estaban en otra habitación, con las manos atadas a la espalda y vendadas. Recuerdo que protestamos, diciendo que no había necesidad de tanto rigor. Los policías aseguraron que no pasaría nada y nos subieron a los carros. Me colocaron con Abimael en el mismo auto. Las otras dos “chicas” fueron conducidas en otro vehículo”.
 
“Estaba en conmoción, veía muchos policías, luces, curiosos, al salir grité que habían detenido a Guzmán, para que escuchen los vecinos que habían prendido sus luces y estaban agolpados en las ventanas siguiendo el espectáculo que aún no entendían del todo. Yo quería hacer pública la situación y que la opinión pública conozca lo que estaba ocurriendo”.
 
“En la Dincote nos separaron y fue muy doloroso. Me sentí desconcertada, la cantidad de órdenes que escuchaba me mareaban. Cosas insignificantes me impactaron, como los pasadores de los zapatos que debía sacarme y dejar en manos de los carceleros. Me chocaron esas cosas menores, pero definitivas”.
 
“La despedida con Abimael fue muy chocante. Delante de todos, no sabía que decirle y a la vez tenía tantas cosas personales y políticas que quería transmitirle. Me quedé sola y me condujeron por un corredor hacia un cuartito donde me encerraron. Esa noche fue terrible”.
 
*Profesor Dr. de la UFABC – São Paulo – Brasil
 

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