Música y canto nocturno en la calle Mercaderes

28 de Enero de 2018
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Será una tarde con todo pintado de naranja, Walter Borjas, “el saxofonista”, tocará su instrumento musical viendo el sol ocultándose, soplará una canción aún sin nombre. “Waltico”, moverá sus dedos morenos sentado en la banca de algún parque, quizás, estará acompañado por una mujer o quizás no. 

La vida de hombres que dejaron su vida pasada atrás para cumplir un sueño.

 
Por: Roy Cobarrubia V. 
 
El día del adiós será al lado de su viejo saxofón, compañero de hambruna, de abundancia, de poco, de mucho, de risas, tristezas, viajes y sueños. Tocará a todo pulmón una canción que resonará en el aire, una canción nunca tocada. Así morirá Borjas, una tarde lejana, con el corazón de triunfo y con la convicción de haber vivido de la forma que deseó y amó. 
 
Ahora, Borja toca en la calle Mercaderes, el moreno de un metro 70 llama la atención a las 10:30 de la noche, su interpretación parece ser una despedida, un saludo, un toque sensual al costo de lo que el bolsillo tenga, de una moneda cualquiera. Waltico, como es apodado en el mundo de la música, toca el saxo bajo las miradas de los transeúntes, de los que se van a sus casas después de un día laborioso, bajo la vista y la admiración de los que ingresan a la ciudad para vivir una noche de amor. 
 
Allí, parado con un saxo que brilla por la luz del alumbrado público, resulta ser un músico loco, un aventurero, amante de la vida para algunos, y para otros un músico más, pero Borjas guarda en su corazón una vida de esfuerzo, de lucha personal y al parecer de triunfo espiritual. 
 
Nació y creció en el distrito de Barranco – Lima, acompañado de música de guitarras, violines, pianos eléctricos, clarinetes y saxos. “Me gustaba esa música de niño, jazz, ahora sé que se llama así”, expresa mientras sonríe, mientras recuerda y agradece a ese instrumento de viento que dice en una frase común, “le cambió la vida”. 
 
“Nunca imaginé tocar un saxo, aprendí a tocarlo a los 40 años, cuando salía de las drogas. Antes era mecánico y fotógrafo, pero Dios me deparó otro camino y aquí estoy”, cuenta. La hermana Lourdes Gamboa, miembro de la iglesia evangélica – cristiana a donde asistía Waltico, fue quien lo incentivó a ser músico. Un día, en una reunión espiritual, un grupo de miembros del grupo religioso tocó un tema acompañado de ese instrumento dorado, tenía un sonido especial, un sonido fuerte, violento, dulce, sensual, romántico y terminó por enamorarlo. “Le dije: ‘hermana yo quiero aprender a tocar ese instrumento musical’”. Y me dijo que existía la posibilidad de que me paguen las clases y así fue, luego las pagué yo y aprendí. Luego trabajé, ya rehabilitado vendiendo productos para ropa, me alejé un poco de la música. Trabajé para la Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental  (OEFA) y cuando ingresó Humala en el 2011 me quedé sin trabajo, viajé a México y allí aprendí a tocar en la calle”, cuenta. 
 
Un show en plena calle, venciendo miradas juzgadoras, venciendo sus propios miedos, venciendo el temblor en sus dedos, el apretón del corazón es una empresa difícil. “En Puebla tenía un amigo, Abraham, un hermano de mi iglesia, me dijo, “vamos a tocar” y yo le dije “ya, dónde”, y me dijo en la calle. Los primeros días no fui pero luego el dinero faltó y terminé diciendo que sí. Tocar en la calle, imagina, vencer la vergüenza no es fácil hermano, no es fácil”, dice. Luego regresó al Perú y emprendió una carrera errabunda por calles, pasajes y bulevares, tocando, tocando, escuchando las monedas, tinc, tanc, en su estuche, un camino que le agradece a Dios, un camino que terminará una tarde en un parque mientras el sol se oculté. 
 
La calle Mercaderes se queda vacía, allí está Waltico y dos cuadras más allá, un par de cuadras, un joven que asegura nunca haberse enamorado de una mujer, un joven que comenzó a cantar y tocar la guitarra porque su destino fue dicho en un sueño. 
 
“Lo soñé, soñaba que cantaba, cuando desperté sabía lo que haría siempre, ser un artista”, dice Giancarlo Farias Dantas, un joven brasileño de 28 años, apodado Karllos Neón. Zapatillas, pantalón apretado, camisa abotonada al cuello y sobre esta una chompa, barba y un peinado moderno casi mondo a ambos lados y con un mechón de cabello rizado. El cantante de Salvador de Bahía, ha recorrido 6 países desde que dejó su casa, desde que otorgó parte de su vida a estudiar la música. Conservatorio Dramático y Musical de Tatuí, Conservatorio Dramático y Musical de Sao Paulo, y las clases de la calle. “Mis padres siempre dijeron “haz lo que quieras” y eso hice, porque la vida es eso, hacer lo que a uno le gusta sin restricciones, ni límites, como los sueños”, dice. Su cantante favorito, Bruno Mars, un cantante americano que es su ideal de triunfo musical. 
 
“¿Qué significa para ti la vida, Karllos?”. Le cae la pregunta mientras instala un escenario en plena calle. “La vida es amor, es música, no sabemos cómo empieza, ni cómo termina, pero hay que vivirla”. Dice y sonríe mientras algunas chicas con tacos y faldas más allá de las rodillas, al parecer en destino a la calle San Francisco, le sonríen y lo observan. “Las chicas te observan, ¿te has enamorado alguna vez, qué es el amor para un músico?”. Se le interroga y él es ajeno a las chiquillas que luchan con los adoquines para mantenerse en pie con sus tacos enormes y de vértigo. “No sé qué es enamorarse, es muy relativo, todos buscamos amor en algo, en todo, todo es amor”, expresa. 
 
Farias canta, siente la música, el brasileño que ya ha recorrido medio Latinoamérica con un disco grabado “Alma descalza”, entona frases en inglés y por un momento vive la gracia de ser un artista, escucha los aplausos y agradece. 
 
La noche es total en la calle Mercaderes, anda por la vía un número reducido de personas, ellos “Waltico y Karllos”, le cantan a las estrellas deseando alguna vez ser una, le cantan a la opción de dejarlo todo, un trabajo de horario, de jefes, de estrés, de días complicados para conocer el mundo, para alegrarle la vida a los que pasan por la calle de regreso a casa o algún lugar de la ciudad.  
 
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