Orlando Mazeyra y otras miserias

08 de Enero de 2017
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El escritor arequipeño se abre camino sillar a sillar. El 2016 marcó su rumbo. Falleció su maestro Oswaldo Reynoso pero logró publicar dos libros que fueron considerados dentro de los recuentos de las mejores obras del 2016. Un autor que hay que mirar más de cerca a través de su obra.

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Por: Lino Mamani A.
Fotos: Adrián Quicaño P.
 
Neurótico y ansioso. Alcohólico y depresivo. Melgariano y maradoniano. La escritura y la lectura. Micaela, Micaela. Nuevamente Micaela. Así gira la vida exagerada de Orlando Mazeyra Guillén. Un narrador arequipeño de excesos enternecedores y de libros que te apuntan con una artillería a diestra y siniestra.
 
Orlando no quiso ser escritor, sino un periodista deportivo. De niño, le gustaban las crónicas que leía en la revista argentina El Gráfico, que también publicaba entrevistas sobre deporte hechas a escritores como Ernesto Sábato y Osvaldo Soriano. Así se acercó a la literatura.
 
"Quiero ser periodista", le dijo a su familia al terminar el colegio en La Salle. Su madre, una profesora en escuelas católicas no estuvo de acuerdo. Su padre, un abogado asimilado a la Fuerza Aérea del Perú, menos. En su escalafón, sus cuatro hijos deberían aspirar primero a ser médicos, abogados o ingenieros, mas no a una carrera sin futuro económico. Como no lo dejaban, el muchacho de los Mazeyra decidió estudiar Ingeniería de Sistemas, hasta llegar a graduarse. Pero supo rebelarse.
 
Paralelamente a sus estudios, creó el cuento Todo comenzó en la universidad (2003) con el que ganó el concurso nacional de relatos organizado por la Universidad Pedro Ruiz Gallo (Lambayeque). Un triunfo que le resultó doble. Se hizo de los cinco mil soles del premio –que se los gastó en farra y libros- y también ganó un entrañable amigo y maestro: Oswaldo Reynoso.
 
El autor de Los Inocentes fue uno de los jurados en dicha contienda literaria. Mazeyra le escribió una carta agradeciéndole por elegir su cuento. Días después, Reynoso llamó a su casa y, ante la incredulidad del muchacho, le pidió que lo visite cuando esté por Lima.
 
"Corregía mi trabajo con una paciencia de profesor", recuerda. Después, devinieron la amistad y las bohemias literarias.
 
Reynoso fue un escritor ninguneado por una argolla editorial y de narradores. Renegaba que lo invitaran a festivales internacionales solo para decir que son inclusivos, aunque después le pagaban viajes económicos a pesar de su avanzada edad. Su muerte (2016) fue un knock-out  para Orlando Mazeyra. Un puntapié en los testículos.
 
"Es que parecía eterno, tenía 85 años y parecía un chibolo", cuenta el narrador. "Ibas al bar Don Lucho, en Lima, y lo veías tomando rode
ado de chibolos. Era como el Choro plantado. Le dijeron que no podía chupar por su salud, pero siempre lo hacía. Siempre se arriesgaba y así tiene que ser un escritor".
 
Los dos referentes que marcaron el rumbo de Mazeyra son arequipeños. Su maestro Reynoso y Mario Vargas Llosa. Uno le enseñó de cerca y el otro a través de su obra.
El Pez en el agua le permitió descubrirse. La obra de Vargas Llosa le enseñó a canalizar el dolor y el odio  a través de la literatura. Sintió que contaron su vida de una forma parecida, sintió que sí se podía ser un escritor en serio a pesar del precio que embargue.
 
***
Viernes. Plaza Las Américas. Sentado en una banca, el prosista relata parte de su historia sin apuro mientras de fondo se oyen villancicos. Se dio vacaciones. Si alguien lo ve de lejos, su gesto hosco da la impresión que estuviera discutiendo, aunque no sea así. Su madre solía contarle historias que se inventaba en el momento. De ella –dice- aprendió a narrar y a mentir. Cuando habla se nutre de citas e ideas de Flaubert, Bolaño, Fuguet, Galeano, Camus, Murakami, Onetti, Borges, Ribeyro, Vallejo.
 
A pocos metros de donde nos hallamos, están los rieles del tren. Suele correr por su traza cada vez que en las noches siente ansiedad de beber o quiere pensar en sus creaciones y conflictos que generó su obra.
 
Su primer libro fue Urgente necesito un retazo de felicidad (2007), título inspirado en los avisos económicos de El Pueblo. Pero fue seis años después donde encontraría la consagración con Mi familia y otras miserias (2013), un libro confesional que escribe a quemarropa. Como si colocara una bala en un revólver y girara el tambor para elegir a quién darle un tiro de gracia.
 
El proyectil que lanzó en cada página desgranó a su madre como una obsesa por su trabajo, revela peleas entre hermanos, líos de herencias, familiares homosexuales, recelos, hipocresía, pero sobre todo transparenta a su padre como un militar autoritario y alcohólico, que sigue terapias para dejar el vicio. Mazeyra de niño lo odió por su problema con los tragos, pero el narrador terminó volviéndose en un bohemio más, que también lleva terapias de grupo con otros que tienen la misma enfermedad.
 
"Perdonar no es olvidar. Lo que escribí está ahí y no me arrepiento. Hubo problemas fuertes en mi casa. Y como dijo el rector de la universidad donde trabajo, al final era como un antimanual para los padres y los jóvenes, para que vean lo que no se debe hacer en una familia. A (Roberto) Bolaño le preguntan si la literatura te ayuda, pero él confiesa que si no escribiese estaría más vital, dice que sería como una autodestrucción".
 
***
El año pasado, fue de altos y bajos para el escritor de miserias. Tras el ahogo por la muerte de Reynoso, pudo publicar dos libros continuamente y sin tregua. Bitácora del último de los veleros (agosto 2016/Aletheya) -que fue incluido en cinco recuentos nacionales de las mejores obras publicadas en el 2016- e Instrucciones para Saltar al abismo (setiembre/Doce Ángulos). Dos tiros con los que intenta matar el drama con Micaela, su musa, su expareja, su amada.
 
Conoció a Micaela un cinco de agosto y ya no podrá olvidarla. El mes de Arequipa, de los dinámicos vientos. Él era como el viento y ella una cometa que volaba en su dirección. Así lo cuenta en sus obras, donde yacen líneas como si estuvieran escritas solo para ella.
 
Hubiera querido que ella fuera su primera lectora, que reaccionara positiva o negativamente, pero que lo hiciera. Sentirla cerca, oír su voz. Pero no es así. Terminaron su romance y la ruptura lo dejó en el limbo, tratando de buscar un atisbo para volver a verla.
 
En la portada de Bitácora del último de los veleros está la fotografía de su amada. “Cometí la audacia o la estupidez”, dice. Lo hizo con la convicción de que si lo escrito no perdura, al menos ese rostro no se olvide de su memoria, que persista así de joven, porque envejecer es una miseria. “Envejecer es una forma de aproximarte a la muerte”, refiere. 
 
¿Piensas formar una familia? –le pregunto.
 
"Mira –se toma unos segundos-, en retrospectiva si hubiera querido formar una familia, era con Micaela, pero ya la perdí. Y creo que con el amor que me ha dado ella me hubiera atrevido a ser papá. Umberto Eco decía que traer una vida al mundo es un milagro. A Bryce le dicen ¿por qué nunca quiso ser papá? y él dice porque nunca le he querido hacer daño a alguien que se parezca a mí. Es honesto".
 
***
El día nublado no le sienta bien a Mazeyra. Le absorta. Se pone a pensar en lo que le dijo su psiquiatra, quien trata de que el autor pase a la siguiente página de la historia de su vida y deje de abrumarse por la tristeza. Consume ansiolíticos y antipsicóticos para calmar su depresión. 
 
Aunque se mantiene macizo haciendo deporte, se da cuenta cómo el cuerpo se desgasta, le salen ampollas en los pies al correr constantemente. Cada inicio de año le sucede esto. Lo peor es que no juega su FBC Melgar querido. Cuando se afligía, solía despejar su mente al ir al estadio a alentar al equipo rojinegro, ese que le hizo llorar cuando campeonó el 2015 y la mejor herencia de su padre. A sus 36 años, está en una carrera literaria que recién le está siendo reconocida fuera de Arequipa.  
 
El escritor de miserias es consciente que sus propias palabras lo lapidarán, pero sus huellas quedarán impresas en la posterioridad. 
 
 

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