Tras el traje de mariachi

26 de Noviembre de 2017
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Cuando sale la luna, Marycruz Valiente, Elmer Huanca y Franck Silva Vera encuentran el amor eterno en una canción. Arequipeños y con corazones románticos le cantan al corazón, la decepción y el despecho. Por unos momentos, estos cantantes de rancheras se vuelven parte de historias de enamorados, de recién casados, de pedidas de mano y de despedidas amargas. En un instante, en canciones de Pedro Infante, Javier Solís, Jorge Negrete, Vicente Fernández  o Lola Beltrán, se enamoran, lloran, suspiran. 
 
Por: Roy Cobarrubia V. 
Marycruz Valiente es una joven de 24 años, una “chaparrita”, como le llaman en el mundo mariachi, de 1.60 de estatura, cabello rizo, ojos tiernos y una voz sencilla, dulce y enamoradora. Fuera de sus ropas de mariachi, Marycruz es una jovencita que estudia, se enamora y tiene sueños. “Ser mariachi fue algo predestinado”, dice. Cuando era muy pequeña escuchó “Cucurrucucu Paloma” en la voz de Lola Beltrán, una canción triste de tonos altos y melodía imposible de olvidar. 
 
“No sabía quién la cantaba, era una voz melodiosa, el sonido de trompeta y los violines, no sabía ni qué género de música era, pero supe que algún día la cantaría”, cuenta con su traje negro y moviendo sus cabellos ondeados, mirada fija, atenta, mano en la cintura, pose de mariachi.
 
 
Hija de la artista de música folclórica “Picarina de los Andes”, Mari Benites, aprendió a respetar la música a escucharla con detenimiento, a sentir en sus notas el estremecimiento y apoderamiento que solo los cantantes sienten cuando cantan, cuando entonan palabras al amor. 
Descubrió, que quería ser mariachi mientras se encontraba estudiando Educación en la Universidad Nacional de San Agustín. Se trataba de un concurso, había practicado mucho y sentía miedo, excitación, todo junto. De niña le cantaba a sus padres "La mochila azul", una canción infantil de moda que cantaba Pedro Fernández y que ella entonaba de manera limpia. Esta vez cantaría “Cien años”. Allí en el escenario imaginó un amor eterno, y empezó a entonar “pasaste a mi lado, con gran indiferencia, tus ojos ni siquiera voltearon hacía mí, te vi sin que me vieras”, la primera estrofa. Cantaba y miraba hacia cualquier lugar como si no existiera nadie, cuando terminó, aprendió que las canciones deben sentirse como propias. De eso ha pasado mucho tiempo, hoy Marycruz tiene su propia agrupación, “Ángeles de México”, hoy Valiente se roba miradas, suspiros y algunos corazones en sus noches de presentación. La mujer más romántica del mundo le canta de noche al amor y de día estudia Ingeniería Civil. 
 
 
Elmer Huanca tiene hoy 41 años de edad, cuando decidió dejar la carrera de Educación no le quedó otra opción que ser conductor de transporte público, fue hace más de 17 años. Cubría la ruta de Hunter, Cercado de Arequipa. Mientras manejaba y veía en el camino a las personas ir y venir, cruzar las calles y los semáforos, mientras veía el mundo tras un pedazo cuadrado de vidrio, escuchaba rancheras. “Si Dios me quita la vida antes que a ti, le voy a pedir ser el ángel que cuide tus pasos”, un pedazo de la canción interpretada por Javier Solís que sonaba en los parlantes del sistema de sonido del bus en el que trabajaba cada mañana. 
 
“Un amigo me invitó al coro de la iglesia de Santo Domingo. Allí aprendí a tocar guitarra. Carlos era su nombre. Nos reuníamos para hacer música en su casa, luego nos distanciamos hasta que un día apareció y me dijo: '¿Quieres ser mariachi?' Solo dije que sí”, cuenta. En ese ínterin de tiempo aprendió a cantar en una academia. Dejó eso de conducir el bus y se dedicó a ser parte, por un momento, de los sueños de la vida de otros. “Como mariachi creo que ganas mucho más que como docente, es rentable”, señala y agrega: divertido. 
 
Sus referentes son Javier Solís y Pedro Infante y sueña alguna vez cantar o tocar con la agrupación Mariachi Vargas Tecalitlán, México. El hombre de mirada firme, sonrisa amable, añora estar frente a la Virgen de Guadalupe y cantarle una canción. Y es que según cuenta las rancheras le han dado tanto, le han otorgado una forma de vivir diferente a otros, un espacio, en donde se puede conocer el sentido de la vida en una canción. 
 
 
Huanca conoció a su esposa cantando, fue en un “contrato” como dice, en La Pascana, valle de Tambo. Estaba vestido de negro con el enorme sombrero mexicano cuando observó entre el gentío la mirada de una jovencita que parecía a través de sus ojos soñar con cada una de las canciones que entonaba. Era “puro amor”, recuerda. Pidió que su grupo toque el tema “La malagueña”. “Que bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas, que bonitos ojos tienes”, entonó acercándose a ella, parecía una escena de película, una escena romántica planeada, y eso fue suficiente, se enamoraron, se casó con Aida Osorio y tuvo una hija a la que llamó Sofía. Su agrupación Los Rancheros es, como dice él, una familia, una empresa diferente, una pasión y un sentimiento. 
 
Franck Silva es un “charro”. “Yo no soy un mariachi, soy un charro”, dice. Bigote en el rostro, ojos negros profundos. Silva canta sobre un caballo en cada una de sus presentaciones. Una forma diferente de presentar un espectáculo. Su padre, Óscar Silva, un mexicano de Sinaloa, lugar donde nació Pedro Infante, dejó partir a su amor, Guadalupe Vera, una arequipeña, hacia el Perú cuando Franck tenía 7 años de edad. El arte se lo trajo de allá, la charrería, eso de vestir con trajes referidos al campo, y ese orgullo de ser dueño de un rancho.  “Estudié en el colegio Neptalí Valderrama, cuando terminé la escuela comencé a cantar. A los 22 años ya formaba parte de grupos como Sabor Fresco, Pachanga, La Gran Banda. Pero el charro siempre llama y acabé haciendo música mexicana”, dice.  Con un traje todo de cuero y con adornos de plata incrustados entona “La media vuelta”, “Que te vaya bonito”, “Hermoso cariño”. Con 33 años de edad, Pancho Silva, como es conocido en el mundo artístico, cursa el tercer año de Derecho. Cuando Pancho canta la gente le aplaude, su timbre de voz, parecido a Vicente Fernández, lo hace diferente; en el escenario es otro, lo quieren, lo aman. El arequipeño - mexicano levanta el sombrero, sonríe. El caballo le ayuda a la pose, da pasos de desfile lentos. “Para cantar tienes que haber vivido lo que dice, yo lo he vivido”, expresa. Mariachi Los Príncipes de México es el nombre de su agrupación. 
 
Estos son los que tras los cantos y los trajes se enamoran de la vida, de las personas y sus sentimientos en cada ocasión especial, personas que tras de sus vestimentas y sus personajes son hombres y mujeres que sueñan y aman, tan o igual a la letra de una ranchera.   
 
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