Zeballos pinta su historia en París

02 de Enero de 2017
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La Ciudad Luz es el escenario que está conquistando el artista arequipeño Juan Carlos Zeballos Moscairo. Es el primer peruano y latinoamericano en exhibir su obra en el Salón de Versalles y de Louvre. 

 
Por: Lino Mamani A.
Fotos: Jorge Esquivel Z.
 
“¿Has visto qué edad tienen los artistas que exponen?”, le dijo  Eduardo Moll al joven pintor quien fue a la galería limeña con la ilusión de que le acepten al menos colocar en exhibición alguna de sus pinturas. En la galería exponían Fernando de Szyszlo, Víctor Humareda, Tilsa Tsuchiya, Luis Palao, Teodoro Núñez Ureta, reconocidos exponentes de las artes peruanas. “¡Vuelve de acá a 40 años!”, acotó el alemán que dirige una de las galerías más destacadas.
 
Pero Juan Carlos Zeballos Moscairo, terco como arequipeño, retornó al año siguiente, y al siguiente y al siguiente. Al cuarto, Moll lo aceptó. Ahora el crítico de arte alemán dice de él: “Ha hecho y  continúa haciendo alarde un multifacético talento, con gran calidad, excepcional inventiva y –sobre todo- de un convencimiento veraz y honesto de todo cuanto plasma”.
 
La primera exposición pictórica que realizó Juan Carlos Zeballos Moscairo fue en Sachaca, donde sus demás compañeros de universidad no estaban dispuestos a llevar su arte, pero Juan Carlos sí. El alcalde de entonces, escuetamente y sin comprender mucho sobre arte, inauguró la muestra que consistía en cuadros urbanos.
 
Años después, sus compañeros hubieran dado todo por acompañar al pintor en su última exposición que realizó en el Salón Nacional de Bellas Artes de Louvre (Francia), al lado de 600 artistas internacionales (pintores, escultores, grabadores y fotógrafos) presentados por el presidente de la República de dicha nación, François Hollande. Entonces, fue el momento en que comprendió que el éxito le estaba cercano gracias a sus convicciones. 
 
De niño se quedaba en la biblioteca del colegio Claretiano estudiando las materias para cuando tenga que egresar tentar suerte en la universidad. Sus profesores debatían en apostar si sería médico o abogado, al final, ninguno cayó en la cuenta de que el estudiante Zeballos ingresaría para artes. ¿Artista? Se preguntaban sorprendidos y quisieron hacerle cambiar de opinión. A diferencia de los demás artistas, la familia lo respaldaba pero el resto no. 
 
El artista plástico arequipeño fue el primero y el más joven en graduarse al lado de consagrados pintores de la ciudad. Luego fugó a Lima a probar suerte, pero el camino no fue sencillo a pesar de que ya había ganado el premio nacional de pintura “Jaime Rey de Castro” en el 2000.
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Con el dinero del premio se fue a estudiar a Brasil (Universidad Nacional de Pernambuco) donde perfeccionó su obra que pasó de ser netamente urbanista, a expresionista y que ahora es abstracta, una forma de representar los conceptos abstrayendo el color.
 
“Me desafío, dejo que sea mi instinto, el recuerdo, el análisis, la emoción y mi imaginario los que  me ayuden a definir mi obra. La representación implica sustituir una cosa por otra  pero el artista  nunca sustituye; lo que siente no es la cosa que representa, aunque la observe, sino una emoción condensada de la idea y para expresarlo se apoya simplemente en esta imagen que reinterpreta”, describe.
 
Llegó a París con una maleta en mano, sus pinturas y un bolso donde carga sus aparatos. “Yo no voy de turismo a tomarme la foto con la torre Eiffel, sino siempre a insertar mi obra”, dice el artista. En aquellos momentos, recordaba las frases de aliento de algunos de sus amigos y también las tendenciosas. Le dijeron que el premio ganado iba a ser el primero y el último que recibiría en su vida y luego será como todos ellos. Que luego de cinco años se aburriría, que no tiene talento. Pero el tiempo y la insistencia le dieron la razón cada vez que colocaba su currículum y obras en otros países. 
 
Por cada lugar que pasó supo conseguir oportunidades. Realizó exposiciones en Brasil, Argentina, México, Estados Unidos, Chile, Colombia, luego China y desde el 2014 entró a Francia, el lugar donde todo artista quisiera colocar sus creaciones pero pocos acceden a la escena.
 
El arequipeño Juan Carlos Zeballos es el único peruano en la historia en exhibir su obra en el Salón de Versalles, ahí donde años atrás estuvieron cuadros de Picasso, Corot, Dalí y de otros mejores artistas del planeta. En noviembre, el pintor arequipeño se hizo del Gran Premio del Salón. Algo así como la copa Davis en el tenis o ganar la copa del mundial del fútbol. 
 
Ahora sus cuadros que costaban 50 dólares, pasaron a tener tres, cuatro y cinco cifras. En la actualidad, está por entrar a subasta en New York una de sus obras con un costo base de 20 mil euros. 
 
“Quiero que tenga seis y siete cifras, quiero llegar al millón”, dice sentado en la terraza de un hotel cerca de la plaza de Arequipa. Hizo del recinto una improvisada galería de arte. Sus cuadros lucen  al lado de las mesas y sillas del comedor, colgados en el hall y en un rincón especial están algunos de sus tesoros: lienzos de Fernando de Szyszlo, Víctor Humareda, Eduardo Moll, fotografías de los hermanos Vargas y cerámicas de Karlos Runcie Tanaka y de los cubanos Vedia y Cacho, que compra cada vez que puede.
 
En sus inicios su taller quedaba en el edificio Sudamérica, pero tuvo que dejarlo por seguir sus sueños. Ahora su atelier queda en París, ciudad de la cual vive enamorado. “París te envuelve, te llena de fantasía, tu boca la llena de palabras, tu mente la llena de ideas, tu vida la llena de colores, tus manos las llena de arte, eso es París. Estoy enamorado, es un París desenfrenado rutilante, de lesos contradictorios atentado y estereotipos de vida y todo eso te alimenta”, afirma.
 
Suele estar en las estaciones del tren pintando. La ciudad le da inspiración. Una vez, luego de ocurrido el atentado en Francia, los agentes encubiertos que reforzaban la seguridad lo intervinieron porque parecía sospechoso al estar sentado por horas. No le creían que era artista y que estaba en la misión de simbolizar las 320 estaciones existentes. Tuvo que llevarlos hacia su estudio. Al final, lo comprendieron e incluso los agentes acudieron a una de sus exposiciones.  
 
En la Ciudad Luz no es raro hallar caballetes en la calle, pinturas tiradas de artistas olvidados. En la tierra parisina todo es arte. Al menos así lo ve Zeballos, donde una vez Clochart de Passy, un mendigo, le devolvió un pincel que perdió; donde hizo una vez una pintura “a cuatro manos” de gran formato en el frontis de la emblemática iglesia de la Madeleine, junto a la maestra japonesa Hiroko Tsukaguchi -quien escribía nombres en papel de arroz-, toda una demostración  frente a la plaza Concorde. Desde París programa su arte y prepara sus siguientes muestras que serán en dicha ciudad, Andorra, Ámsterdam, Lima,  México, Bordeaux y por último Madrid.
Juan Carlos Zeballos tiene 40 años y quiere anclar su nombre en lo más alto, superar una valla a punta de pinceles, lienzos, trazos y pintura, mucha pintura. Le quiere poner color a su historia.
 

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