Los últimos días del presidente Leguía

09 de Julio de 2017
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Se cuestiona que el presidente de la República, Pedro Pablo Kuczynski, tiene la intención de indultar al reo expresidente Alberto Fujimori Fujimori, por razones humanitarias. El nipón está preso por delitos de lesa humanidad en los casos de La Cantuta y Barrios Altos. Fujimori cumplirá otro cumpleaños más en la cárcel. Pero hubo un exgobernante, Augusto Bernardino Leguía, quien murió en el penal de modo deplorable. Esta es su historia.

 
Por: Lino Mamani A.
 
Estaba planeado. La fuga tenía que darse porque las aguas se habían agitado y como un castillo de naipes su “glorioso” gobierno fue cayendo por el soplo del descontento. La única forma de huir era a través del mar. Tenía que ser de madrugada para que nadie lo notara. El día elegido fue el 25 de agosto de 1930. Nada podía fallar. Si algo aprendió en el poder era que las decisiones se tomaban sin mirar hacia atrás y en ese momento lo aplicó y salió de Palacio de Gobierno no por la puerta principal como solía hacerlo, sino por una lateral huyendo de todos. Estando ya en el puerto se subió al BAP Almirante Grau –nombre del héroe de la Marina Peruana–. El destino era Panamá, pero sus planes fueron seguidos y lo capturaron, lo bajaron de la embarcación y lo llevaron a la isla San Lorenzo. Con esto Augusto Bernardino Leguía, le ponía su rúbrica al final de su vida política y también a su destino. Pero, ¿cuál era el delito de este hombre de 67 años?
 
Tres días antes de su captura, el 22 de agosto, en Arequipa –ciudad que siempre participó en la historia de la política del Perú–  el comandante Luis Sánchez Cerro lideró la sublevación de la guarnición. Logró convencerlos de seguirlo porque les prometía que esta medida iba a ser la única alternativa para acabar con los once años de dictadura de Leguía, conocido como el Oncenio y que duró desde 1919 hasta 1930. La consigna era derrocarlo por la fuerza y convocar a elecciones democráticas. Sin embargo, ellos no sospecharon el interés particular del comandante, que luego se proclamó jefe del Ejército del Sur y jefe del Gobierno. 
 
El lambayecano Augusto Leguía tenía tres vicios: la política, los caballos y las mujeres. Se rumoreaba que, desde que llegó a la presidencia del Perú, en 1908 (periodo antes del Oncenio), las damas desfilaban por Palacio de Gobierno y como presume la revista Caretas, “Quizás (…), había hecho pasar discretamente a sus amantes” por el mismo lugar de donde fugó años después.
 
Tenía unos bigotes canos al estilo charro mexicano o más apropiado sería decir que parecido al del personaje de los dibujos animados Tío Sam. Era delgado y anglófilo (admirador de la cultura inglesa). 
 
Pertenecía a la aristocracia peruana; entró con millones a ocupar el sillón presidencial, pero terminó en la miseria. En 1926, modificó la Constitución donde incluyó la reelección, sentenciando su época de dictadura y también el odio y rechazo de sus ilustres opositores como el poeta César Vallejo, los pensadores José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre, este último pasó del odio al respeto.
 
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Nomás un día antes, el domingo 24 de agosto, Leguía había asistido al hipódromo de Santa Beatriz para ver ganar a sus caballos. Fue la última vez que saboreó el triunfo. Por la noche se reunió con su equipo de gobierno para anunciar que renunciaría y que para ello reuniría al Congreso. No tuvo tiempo para ello porque la madrugada del 25, un grupo de militares lo despertaron para pedirle su dimisión. 
Leguía derrotado cedió el mando a una Junta Militar, que estaba presidida por el general Manuel María Ponce.
 
El día de su captura, Leguía no estuvo solo, lo acompañaban algunos de sus hombres como Teodosio Cabada, oficial de la Marina. La mayoría lo abandonó a su suerte, como si fuese el único culpable del delito que todos habían cometido. Se olvidaron de la “Patria Nueva”, aquella que sus “amigos” denominaron a la política de modernización del país que seguían, la que celebraron cuando se produjo el golpe de Estado de 1919. Aquellos que estaban con él cuando modernizó Lima, cuando creó centros agropecuarios y de irrigación, como Olmos o los de La Joya en Arequipa, cuando mandaba a cimentar carreteras (fue por ello denominado como el presidente “constructor”) o cuando compraba opiniones y callaba o encerraba a sus opositores.
 
Cuando Sánchez Cerro llegó en avión a Lima, fue recibido como el “Mesías” de la política, como el héroe que acabó con el monstruo de la dictadura, como el libertador. Mandó a crear otra Junta Militar del cual fue el presidente y asumió el mando del país.
 
Días después del nuevo gobierno, se constituyó el Tribunal de Sanción Nacional, que juzgaría al expresidente Leguía. Lo culpaban por enriquecimiento ilícito, por la corrupción sin límites frente a sus narices, por préstamos extranjeros, especialmente de empresas norteamericanas. Así fue condenado a prisión, acompañado por su hijo Juan Leguía Swayne.
 
Cuando fue apresado Leguía ya estaba enfermo, la próstata la tenía inflamada, retenía la orina, lo que le provocó una fiebre muy alta. Mientras adolecía su vivienda fue saqueada y quemada. Lo recluyeron en la isla San Lorenzo, El Frontón, aquel penal donde eran encarcelados los más avezados delincuentes y políticos.
 
“Permanecerá en prisión tanto como dure mi gobierno, y si fuera necesario habría una segunda revolución para que regrese a la prisión que él merece”, declaraba Sánchez Cerro, aquella oportunidad. 
Augusto y su hijo fueron trasladados luego a la Penitenciaría Central de Lima, conocida como el Panóptico, de donde el exgobernante nunca más saldría vivo.
 
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Pasó sus días en una pequeña y húmeda celda, de nueve metros cuadrados, que olía a orines, no tenía servicios higiénicos, la única ventana estaba tapiada, le prendieron las luces para que no pueda dormir, sumado a eso recibía insultos de sus centinelas. Con los días la enfermedad se le complicaba, los 14 meses recluido le pasaron la factura sin recibir atención médica -solo su hijo lo ayudaba-. Llegó a pesar 30 kilos.
 
“El 16 de noviembre de 1931 llegó a ser trasladado a la Clínica Naval de Bellavista para que se le hiciera una operación quirúrgica. El 18 de noviembre una bomba de dinamita fue arrojada villanamente al interior de este hospital y cayó a pocos metros del cuarto ocupado por el enfermo, después de que había sido anunciada su mejoría. Murió, sin embargo, en el hospital naval el 6 de febrero de 1932 a los 69 años”, cuenta el cronista peruano Jorge Basadre, mientras el historiador Luis Sánchez Cerro, refiere que cuando murió solamente “era pura cabeza”, mencionando su delgadez.
 
Así fue la muerte del dictador Leguía, a quien la gente odiaba por fijar límites con Chile y Colombia cediendo territorio patrio, al mandatario que torturaron y trataron como a un delincuente hasta el último de sus días. Así, cayó el Oncenio que inició con un golpe de Estado y que fue derrocado por otro igual. Murió sin tener la gracia presidencial. Hoy son momentos revueltos en el país. Expresidentes también podrían ser juzgados e ir a prisión. Pero ninguno estará en las condiciones inhumanas como estuvo Leguía.
 

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