Arequipa

A Papá Noel le falta un traje

8 de diciembre de 2019

Controvertido, cuestionado, seguido, pero finalmente un hombre con familia.

Por: Roy Cobarrubia V.

En estos últimos tiempos la casa de Papá Noel no tiene energía eléctrica, viste un polo rojo enorme para pasar “piola” como “El Santa” y trabaja, dice, dos días seguidos con espacios de sueño de una o dos horas.

Juan Roberto Mamani Paz, ese hombre de 63 años de edad, de barba crecida y blanca sobre un rostro moreno y que saltó a la popularidad por vestir con el traje de San Nicolás los 365 días del año, con una caja de dulces, hoy no tiene para comprarse un traje completo. Y se le acaba el tiempo, solo le quedan menos de 20 días para vestir decentemente para la Navidad.

La Natividad, para este arequipeño, nunca fue grata, parecida o igual como la de aquellos seres anónimos de la Arequipa no bonita, que en su mundo interior se enfrentan a sus temores más públicos, los 24 y 25 de cada año, entre lucecitas de colores amarillos, rojos y verdes que terminan por recordar que viven una fecha de esperanzas perdidas.

“Siempre deseé un triciclo, esos que antes había”, expresa mientras los taxistas le saludan desde sus automóviles, mientras le miran extraño, porque alguien, un desconocido se le ha acercado y parece hacerle conversación.

El juguete con tres ruedas fue una ilusión que nunca olvidó, un deseo, que como las buenas personas, termina por ser revelado de manera inconsciente, un regalo para otro. “No sabes cómo mi hermano Percy quería tener un triciclo, pero no había, nunca hubo”, expresa.

Papá Noel, vende dulces en la segunda cuadra de la calle Peral, entre mujeres mercaderes poco agraciadas de ópticas, entre conductores de autos particulares que cierran sus ventanas cada vez que Juan se acerca a intentar vender un chocolate y que como mimos mueven su dedo índice en negativa haciendo un gesto con la boca.

Diciembre de 1983, Alejandro Mamani, ebrio mira a sus hijos, Juan le observa, piensa que quizás la vida es un momento de ebriedad, de mirar la realidad modificada, y desea entender a su padre, el zapatero de la Villa El Gol, el hombre de las manos de piel de terokal. Es Navidad, afuera, otros viven esa idea comercial de obtener objetos, y esa efímera idea de la unión familiar, pero Juan esa tarde solo observa a su padre que intenta verles a él y a sus otros hermanos Percy, Freddy y Eduardo, abriendo sus ojos y cerrándolos. Y entonces les dice: “Nunca roben, sean honestos, pase lo que pase”, les dice Alejandro, ese será el único regalo de ese 24 de diciembre, el consejo de un padre.

“Yo no le temo a las circunstancias de la vida, aprendí a sobrevivir”, dice Juan, parado frente a un semáforo que cambia de verde a áureo y de áureo a rojo. San Nicolás de la calle Peral ve ese artefacto mecánico, y desearía que el color sea siempre rojo, que los autos se detengan para poder venderles sus dulces, para poder saludarles y que le digan, “hola”, “¿cómo estás?”, pero lo real es otra cosa, el semáforo vuelve a cambiar de color, siempre, sin aviso, como la vida, entre autos que lo dejan atrás.

“Entonces, ¿dejó usted el Ejército por amor?”. Son las nueve de la noche, en la cuadra de siempre, hace frío, un frío impasible, indiferente. “Sí, en realidad lo dejé porque mi esposa me pedía para el diario de los hijos. Cuando tienes familia tienes que parar algunas cosas, sabes, a mí me gustaba ser soldado”.

Silver, Alev, Katty e Israel, son los hijos de “Santa”, los tres primeros recorren sus propios caminos, el último aún no lo ha hecho.

Papá Noel estudió en el colegio Independencia y tiene amigos que le gritan en la calle y desde sus automóviles “¡Promoción!”, amigos a los que Juan por costumbre les dice “usted” o “doctor”, pese a que fueron sus compañeros de infancia. “A veces, uno crece en un entorno de tan poco que termina creyendo que también uno lo es”, dice.

Juan renunció a los 20 años de edad al Ejército, le entregaron una medalla, su libreta electoral de tres cuerpos, una libreta militar, un apretón de manos, un saludo con la palma extendida a la altura de la frente y unas gracias.

“Dejé todos los beneficios que pude haber obtenido allí, pero no me arrepiento, aprendí mucho, aprendí a pasar un día con el estómago vacío tomando agua”, dice Juan.

Es 2019, y Papá Noel en su conversación dice una y otra vez: “Yo debería estar en el árbol, en la Plaza Mayor de Arequipa, debería estar allí, estoy perdiendo dinero”.

Cuando dejó el Ejército comenzó a hacerse crecer la barba, deseaba parecerse a Ernesto Guevara, el “Che Guevara”. Por entonces era flaco, tenía una familia y creía ser un revolucionario viajando por el país esperando que el destino termine por favorecerle. En una de esas idas llegó a la casa de la familia de su esposa en Cusco, y como suele pasarle a este hombre que lleva el nombre de un apóstol de Jesús, era Navidad.

Nuevamente estaba en esa situación aprendida a la fuerza, no tenía dinero.
“Mi cuñada Livia fue quien me dijo: ‘Vístete como Papá Noel’, era un 20 de diciembre. Acepté, me pusieron unas almohadas que hacían de ‘panza’, me pintaron la barba de blanco, me confeccionaron una chaqueta y un pantalón rojo, y me colocaron una correa e incluso unos lentes”, salió a la calle, y por algún motivo su desesperanza se convirtió en la esperanza de otros. Vestirse de la felicidad fue simple, a la gente de la calle le gustó, se le acercó y comenzó a tomarse fotografías con el Papá Noel. La mañana del 21 de diciembre llegó a casa con 500 soles.

Papá Noel este Santa Claus a veces aparece en las noticias, unas veces dormido en parques, beodo, y otras mirando el fondo del río Chili desde el puente Bolognesi. Este hombre, como todos los hombres del mundo, de la ciudad, guarda sus más dolorosos recuerdos tras un traje, llora y no dice que no ha logrado u obtenido lo que deseó en su niñez, no expresa que tiene un traje viejo quemado y roto por el sol por andar bajo los días luminosos de las calles de Arequipa, este hombre no dice que ya viste solo el pantalón de Papá Noel, que se le acaba la Navidad y que no tiene qué ponerse.

“¿Se puede ser Papá Noel sin traje?”. “No, se necesita un traje y también electricidad”. “¿Electricidad?”. “Sí, para remendar el traje”.
Siete veces investigado por la policía acusado por vender soporíferos, acusado por las radios de “pasarse de vivo”. “Nunca encontraron nada, mi reputación la llevaron hasta el suelo, pero yo puedo ser lo que sea, pero no, eso no, mi padre decía que seamos buenos, y yo le entendí, entre sus golpes, lo hice”, expresa.

Ya son las 10 de la noche, el lugar comienza a ponerse triste, las mujeres de las puertas de las ópticas se han ido entre las despedidas de Juan que les dice “doctoras”. El espacio se vuelve oscuro, como la casa de Juan, sin luz desde hace más de cuatro años.

“Cuando este Papá Noel llegue al fin de sus días, sin acciones premeditadas, claro está, es decir de manera natural, ¿cómo será?”. “No sé, lo único que quiero es que mis hijos me recuerden, ellos me llevarán. Lo sé, son muy buenos muchachos”.

Al Papá Noel de la calle Peral le falta traje, y pese a ello guarda algo especial en su pecho, en un tiempo extraño de Natividad indiferente, de gente flemática, guarda en ese espacio de su cuerpo, esperanza. Un traje le da la fe que cambiará al menos su vida por unos días. La esperanza de que podrá formar parte de todos, comprar juguetes para sus hijos, un regalo para su esposa y comer un pollo, un pato, o lo que sea el 24 de diciembre antes de la doce de la noche, rezar y hacerle creer a su hijo que el otro Papá Noel, San Nicolás, el verdadero, ese en el que creen los católicos, llegará mágicamente esa noche a su casa, que aunque no tiene energía eléctrica es una casa, y que pese a estar a oscuras ingresará a dejar regalos.

Juan cree, y lo demuestra porque mientras se despide del extraño con el que dialogó esa noche se persigna. Ojalá, es un deseo sincero, ese gordito vestido de rojo, que no discrimina a nadie, le deje un regalo, quizás un triciclo y un traje parecido al suyo, un traje nuevo con gorra y lentes incluidos, es Navidad y los amantes de esta fecha dicen que puede pasar lo que sea.

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