Arequipa

Arequipa: Discusión en torno a su identidad

20 de agosto de 2020
Arequipeños valoran su identidad.

Arequipa como tantas ciudades del Perú y de América, necesita reinventar su identidad en base a una visión completa o integral, y puede que la respuesta no se encuentre en el ‘mestizaje’. 

Por: Hélard Fuentes Pastor

En una reciente publicación, el historiador Eusebio Quiroz Paz Soldán (2020) ha identificado tres corrientes de interpretación de nuestra identidad: la ‘eurocentrista’ (que pone énfasis en lo europeo), la ‘americanista’ (se concentra en las culturas americanas) y una tercera que refiere al ‘Encuentro de Dos Mundos’. No obstante, el contexto geográfico y la actualidad demográfica de las regiones y naciones, demanda una comprensión mucho más compleja, pues aquellos términos aún conducen o llevan a lamentables polarizaciones, donde reconocer la raíz o influencia de uno, ineludiblemente, termina por negar o dar espalda al legado cultural del otro. 

Esa problemática condujo a que la intelectualidad en ciudades como la nuestra, quiera eludir los polos con una posición intermedia denominada: ‘mestizaje’. Así se formó la mentalidad arequipeña durante el siglo XX; sin embargo, debemos pensar que, bajo este argumento, continuaron en vigencia los principios occidentalizados que heredamos –agrede o instintivamente– de aquellos siglos de dominación hispana; y todavía constituye un reto reconocer el valor de las costumbres y tradiciones sin caer –de forma deliberada o fortuita– en un acto de omisión del pasado prehispánico que urge revalorar. 

La identidad no está hecha de fantasmas, sino de personas. Aquí radica la segunda problemática en torno a la teoría que explica la identidad de Arequipa. Y es que algunos conciudadanos desde aquel rótulo (mestizaje), con una suerte de ‘arequipeñismo ciego’, pecan de arrogancia, soberbia y discriminación que, incluso, parece una actitud normalizada con los años, verbigracia, los comentarios hirientes en las redes sociales contra todo lo que no se defina ‘arequipeño’.

Por eso, en absoluto, debe ofender o incomodar un comentario crítico en el contexto de celebración de nuestro aniversario de fundación. Este año tiene un rostro, el artista visual Milko Torres, quien menciona lo siguiente: «480 años de mentalidad colonial en “Ari qhipaya”, 480 años de la imposición de valores culturales eurocéntricos, 480 años de invisibilización histórica de los pueblos originarios del valle del Chili, 480 años de una identidad fracturada que ha internalizado actitudes de superioridad e inferioridad. 480 años de asimilación cultural y clasismo, 480 años de sistema capitalista-colonial, 480 años de extractivismo y acumulación primitiva de riqueza, 480 años de patriarcado medieval, discriminación y explotación, 480 años de dominación ideológica y negativos patrones de conducta. No hay mucho que festejar y bastante que repensar» (Facebook, 2020). 

Quizás estemos llamados a reexaminar los procesos históricos y comprender cuál debe ser el horizonte (o los horizontes) de desarrollo para la ciudad. Hacerlo, no es malo. Por el contrario, significa una posibilidad, como pudo ser el discurso de la ‘identidad mestiza’. Funcional sí, pero en relación a la construcción de una república. Algunos dirán: empleado para restablecer y prolongar el poder político de cierto grupo social, y otros, para encontrar un atenuante ante la situación. El hecho es que nuestros abuelos y padres se formaron con esa concepción y debió ser la zona de confort para una mayoría que buscaba reconocimiento dentro del establishment de la época. Ahora, nos toca pensar con mayor hondura y una agenda propia del siglo XXI. 

Carlos Arturo Caballero es uno de los principales disidentes de la teoría de la Identidad Cultural Mestiza de Arequipa (U. La Salle, 2020) que desde 1990 defiende el maestro Eusebio Quiroz. En el 2014, Caballero habló del fantasma de la ciudad mestiza. Afirmó que el término ‘mestizaje’ fue importado de la Biología a las Ciencias Sociales a mediados del siglo XIX y consiguió vitalidad en el XX con el afán de lucir científica. Lo cierto es que se empleó como un recurso conciliador resaltando «lo mejor de las culturas involucradas en un encuentro cultural». Pero, sostiene, escondía otros fines: «aparentemente, la noción de mestizaje supera el discurso colonial de la pureza de sangre; no obstante, no la abandona del todo, sino que lo maquilla (…) [pues] implica un proceso unidireccional de aculturación, ya que el mestizo, aunque “síntesis viviente” de dos culturas, es menos aindiado y más blanqueado (…)». 

En realidad, no es la primera vez que se cuestiona el ‘mestizaje’. En agosto de 1954, cuando se aproximaban al  tema Víctor Andrés Belaúnde o Francisco Mostajo, en el diario Noticias se publicó una columna respecto a la «Pujanza ‘indomestiza’ de Arequipa» de Augusto Lanza Zeballos, que escribió lo siguiente: «lo indomestizo es una sensibilidad decisiva en nuestra historia (…), es columna vertebral de la peruanidad (…), es el cimiento o sangre del edificio social americano (…) en Arequipa, constituye un engranaje que presenta relaciones múltiples, que existen en un enlazamiento operante, cuya división no se puede distinguir con claridad». 

En contraposición al ‘mestizaje’, procuró valorar en esencia la raíz andina o ‘indígena’ –como la nombra–, pero sin distar de aquel ‘encuentro’, resultado de escenarios violentos y de las mismas dinámicas poblacionales. En la praxis, terminó reciclando el pensamiento postcolonial occidentalizado que tiende a imperar en la posición ‘eurocentrista’, el ‘mestizaje’, y, ahora, el ‘indomestizaje’, en mayor o menor medida, respectivamente. 

No creo que exista una mala intención en reconocer un proceso de aculturación procurando esa excepcionalidad en los rasgos culturales del terruño (gastronomía, arquitectura, habla, etc.). Lo que destacan de Arequipa los historiadores nacionales como Jorge Basadre; pero sí, entiendo que aún debe discutirse, y, evidentemente, para desestimar una teoría que busca la orientación del quehacer ciudadano, es una exigencia elemental gozar de un gesto propositivo que responda al ¿cómo? y ¿de qué forma?, y no solo deseche las tesis la misma comodidad de un mentecato.

En tal sentido, podemos evidenciar que el ‘mestizaje’ no ha resuelto la singularidad de esta ciudad por el riesgo de equiparar o igualar –ciega o arbitrariamente– la estampa originaria de las Comunidades Prehispánicas de Arequipa (identificadas en la prosa de Guillermo Galdos Rodríguez, 1987) con el influjo hegemónico hispano-europeo. Por ende, la naciente generación tiene la misión de encontrar un significado de su identidad/es más auténtico y real que el propuesto, y cada 15 de agosto vale detenernos a pensar en la urgencia de actualizar los conceptos y reivindicar la personalidad de Arequipa, sin caer en una actitud obtusa y limitada, y con la consciencia de que la cultura es dinámica.

En efecto, no creo que la respuesta se encuentre en refugiarnos en la ciudad mestiza, un proceso que no es exclusivo de Arequipa, tampoco en un indigenismo que de tanto golpe se ha encaprichado o en un eurocentrismo torpe y retrógrado, más bien, en reconocer que todas las localidades junto a su población, nacida y radicada allí, con sus aciertos y torpezas, tienen una particularidad, pero que en esa particularidad hay elementos que permiten hermanarlo con otras regiones y pueblos del mundo. 

Quizás la respuesta esté en decir, simplemente, ‘Arequipa’. Sin ningún tipo de añadidura que corra el riesgo de caer en un exclusivismo nocivo para la construcción de ‘país’. Tal vez las fechas y los nombres no van a cambiar, pero la cultura sí, junto a la manera de comprender la historia evitando sobredimensionar unos acontecimientos en desmedro de otros. Ello también requiere de un esfuerzo de investigación y difusión del conocimiento histórico de manera integral, es decir, sucede que el pasado prehispánico en muchos casos se contó con mentalidad occidentalizada o el trabajo arqueológico no alcanzó a reconstruir a detalle la vida del poblador nativo en sus espacios más recónditos. 

Ante dichos vacíos y la abrumante cantidad de documentación y estudios de época colonial y republicana en nuestras regiones, es natural encontrar esa mirada un tanto sesgada y limitada de lo que es la identidad. Además, en la búsqueda de un equilibrio, deberíamos preguntar a la gente de a pie qué significa Arequipa, semejante a la labor que ha realizado el periodista Federico Rosado en un trabajo pionero: (Re) construcción de la Identidad étnica de Arequipa (UCSM, 2013), basándose en numerosos perfiles y citas bibliográficas. Aunque, humildemente, pienso que se pudo prescindir de algunas referencias que carecen de bagaje histórico. Asimismo, la siguiente tarea será preguntarnos cómo nos ven desde afuera, en versiones como la del antropólogo cusqueño Rossano Calvo (2018). 

DATO

Finalmente, las discusiones significan una oportunidad que, en lugar de generar mayores brechas, permitirá construir puentes comunicativos entre los grupos sociales y ayudará a fortalecer las vinculaciones llamadas a superar el etnocentrismo, exclusivismo y segregacionismo de siempre. 

 

Nuestra ciudad necesita reinventarse.

Arequipa celebró su 480 aniversario.

Eusebio Quiroz Paz Soldán.

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