Arequipa

Aplao se levanta del barro

10 de febrero de 2019

Negligencia y pasividad en huaico que se llevó tres vidas y dejó más de 300 personas sin vivienda

Por: Roy Cobarrubia Vásquez
Fotos: Adrián Quicaño

Aplao es una ciudad de barro, piedras, tristeza y coraje. La gente, que hasta el jueves vivía el verano en su plenitud, con chiquillos en las calles con playeras y pantalones cortos, gente que iba a comprar al mercado de la localidad de forma habitual, o que se iba a la chacra a realizar sus actividades como todos los días, hoy vive atemorizada, mirando al cielo y sus nubes, porque la lluvia en ese lugar, no es una bendición, es un monstruo que destruye y, literalmente, quita la vida.

La avenida Bolognesi, lugar en donde en los últimos días se han contado historias de hombres y mujeres que se salvaron de milagro y otros que han muerto por la mala suerte o la tragedia del destino es un campo de batalla. Piedras, camas, televisores y casas que se confunden con el mismo cerro, son parte del panorama de un día que aún no pasa porque en la memoria de muchos de los habitantes de Villa Aplao viven aún el 7 de febrero a las 5:00 de la tarde.

Luis Huayta es de los afortunados, ese día ingresó a su cuarto. El trabajador de construcción civil terminó su turno cerca de las cuatro y media de la tarde, llegó a su casa 15 minutos después, ingresó a su cuarto, observó la imagen de la Virgen del Rosario pegada en la pared y comenzó a desvestirse para darse un baño. Llovía, y según cuenta se escuchaban truenos, habituales en una tierra de lluvias de verano intenso.

“Escuché truenos, luego como si batiera cascajo, me puse un short, un polo y salí a la calle, no había nada, subí a la avenida y vi que como un gusano se movían las piedras: era un huaico, me acerqué a la vecina y le toque con insistencia, salió y comenzamos a correr por la avenida gritando “¡Se viene el huaico, se viene el huaico!, la gente salió a la calle y no sabía a dónde correr, finalmente algunos se movieron y otros no, y esa ola de lodo enterró mi casa y se convirtió en un río de piedras”, cuenta.

Huayta duerme junto con su familia en el techo de su vivienda, que hoy se ha emparejado al cerro. El hombre con más de cuarenta años tiene la convicción de recuperar su casa, la que aún paga a través de un préstamo.
Ayer, mientras visitábamos ese lugar convertido en agreste observamos que la imagen de la Virgen aún sigue pegada a una pared.

Algunos sabían de lo que sucedería, lo sabían porque alguna vez lo vivieron. Carlos Virrueta, un vecino de la zona, cuenta que el huaico volvió a su cauce después de 50 años, alguna vez, con el fenómeno de El Niño entre 1997 y 1998 ingresó una pequeña “lloclla”, pero no hizo daño porque por ese tiempo no había viviendas en ese lado de la ciudad. Según señala, con el lodo hasta las pantorrillas y con una lampa en la mano, la municipalidad, Defensa Civil y todos sabían que ese lugar era peligroso.

NO HAY PLAN
En el 2001 muchos de los habitantes de Villa Aplao fueron damnificados del terremoto y terminaron con un terreno en un lugar en donde nunca se realizó una mitigación de riesgo. El subgerente de Gestión de Riesgo y Desastre, Juan Carlos Villanueva, sentado en un escritorio del tercer piso de la Municipalidad Provincial de Castilla, develó que la provincia, y por ende el distrito de Aplao no tiene un Plan de Desarrollo Metropolitano, es decir, que no existe una planificación del uso del suelo y por consiguiente no se sabe qué lugar es peligroso y que lugar no lo es.

“Nosotros antes de esto lo advertimos a la municipalidad y a Defensa Civil, se dijo en la gestión de Luis Chávez y más atrás a Eddy Medina, cuando era alcalde, pero nadie nos hizo caso, nadie lo hizo y ahora vienen a tomarse fotos y a mover maquinaria solo para las fotos”, dice Virrueta quien siente que las autoridades, por ese lado de la región, improvisan su accionar político.

Aplao ha registrado, y sin una cifra exacta, aparentemente por procesos de intervención lentos y sin conocimiento, cerca de 316 personas afectadas por las lluvias en los sectores de Villa Aplao, Casquina y Caspani, y 79 personas con viviendas afectadas. En una cifra entregada al Organismo de Formalización de la Propiedad Informal (Cofopri), son 30 viviendas afectadas, 38 casas destruidas y 21 inmuebles inhabilitados. Lo cierto es que, al momento, cerca de 72 horas después del evento, no se conoce una cifra exacta. Ayer, el personal de Cofopri de la mano del director de catastro de esta entidad, Luis Cuti, inició un proceso de validación y “verdadera” verificación de personas afectadas.

Porque la preparación ante un evento de esta magnitud nunca fue advertida o fue en todo caso pasada por alto. Ángel María Manrique, defensor del Pueblo, fue uno de los que al llegar al lugar notó que no existía un adecuado orden de intervención de ayuda, al advertir que no se priorizaba ayuda primaria a la gente damnificada. En el sitio se persiste en rehabilitar vías mientras que tres cisternas de agua se dividen en los tres sectores afectados para dotar de líquido elemento a familias enteras.

Por su parte las autoridades han llegado al lugar para caminar y decir que todo estará bien. Elmer Cáceres Llica, gobernador regional, de pocas palabras y caminando entre el barro, ingresó a las casas e inspeccionó. Y otros, como el presidente de la República, Martín Vizcarra, en un accionar mucho más eficaz, declararon a Aplao en estado de emergencia, a fin de que se destine presupuesto y se tome acciones como la reubicación de algunas viviendas e incluso la proyección de obras que mitiguen el riesgo en los lugares afectados.

Las acciones políticas iniciaron ayer en la plaza de Aplao entre el barro y un cielo nublado, pero los pobladores de Aplao, quizás acostumbrados a las acciones tardías de sus gobiernos, han comenzado con sus propias manos a vencer la tragedia, limpiando sus calles con picos y lampas y venciendo el barro que una tarde de manera inadvertida les venció el jueves pasado.

“Yo salvé a mi mamá, la saqué del huaico, lo vi frente a mí, y ahora salvo mi casa, no hay de otra porque hasta ahora seguimos esperando que llegue la ayuda, y hasta que eso pase no podemos seguir viviendo en la calle”, dijo Gerald Mendoza, un jovencito que con un pico y pala comenzó a sacar el barro que ingresó a su vivienda.

Otros como la profesora Natalia del Carpio que lucharon por más de 20 años por una casa propia y lo perdieron todo en 30 minutos, no agachan la cabeza y del lodo esperan resurgir en una nueva vida.

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