Arequipa

José, el hombre que vive en un auto

24 de diciembre de 2017
José, el hombre que vive en un auto

A los 64 años, José tiene una vida cargada de aflicciones. Se enfermó, dejó su familia, comenzó a deambular y terminó en la calle. Hasta que un Datsun se convirtió en su hogar y desde allí cuenta su historia.

 
Por: Mariela Zuni M.
 
Una estampita de la Virgen del Carmen que ya ha perdido el color por la exposición al sol cuelga de la puerta del que es su hogar desde hace ocho años. Un vetusto automóvil color amarillo que le sirve de dormitorio, sala y comedor.
 
Mientras los arequipeños van y vienen apurados por realizar sus compras de última hora, en una ciudad engullida en el tráfico infernal, como es cotidiano horas previas a las fiestas de fin de año, un hombre es invisible a esta vorágine y vive apaciblemente entre la realidad y la divagación de su mente.
 
José dice tener 64 años de edad, aunque aparenta de menos, pues no tiene canas. Encontró este nuevo hogar hace ocho años. Antes deambulaba por las calles sin un paradero fijo, luego de escapar de casa al darse cuenta que su enfermedad afectaba a toda su familia.
“De niño fui muy aplicado”, dice,  sin embargo atribuye su mal, que lo atacó en su juventud, a la rigurosa educación que le dio su padrastro. En el duro trabajo del campo perdió su infancia, atrapado por las responsabilidades.
 
Es el segundo de cuatro hermanos, dos varones y dos mujeres. En la actualidad solo una se acuerda de él. Lo visita una vez al mes, trayéndole víveres y artículos de aseo para que se mantenga alimentado y limpio.
 
Hace unos días lo volvimos a ver después de varios meses. Recordaba perfectamente nuestra visita pasada. Inició la conversación con una novedad no muy positiva. Sufrió un atropello mientras retornaba del comedor del Arzobispado, en el Cercado de Arequipa. “Me golpeé la cabeza y me la cosieron, pero aún me duele porque no me curaron bien”, se quejó.
 
Entonces dejó por unos instantes su cordura y afirmó que viajaría a Cuba la próxima semana para poder tratar sus males de salud. “No confío en la medicina de nuestro país”, aseveró convencido de que un grupo socialista lo llevaría al país caribeño.
 
Antes de nuestro reencuentro, escuchaba las noticias en una vieja radio a pilas. Echado en el interior de un viejo automóvil color celeste donde se guarece del sol radiante que ha tostado su piel en sus extensas caminatas al aire libre.
 
Es un hombre de política y siempre está al día con las noticias. Las últimas novedades sobre el presidente Kuczynski caldean sus ánimos, y las críticas fluyen de un solo golpe y con indignación.
 
Es un fiel lector de este diario. Aunque los ejemplares llegan a sus manos con muchos días de retraso, confiesa que gusta de la página de opinión, las noticias de política y los especiales dominicales.
 
A pesar de divagar por espacios cortos, José tiene buena memoria. Recuerda con mucho detalle escenas de su infancia y juventud, y cómo partió del seno de su hogar para vivir en las calles.
 
Nació en Tiabaya, y junto a su hermano mayor se levantaban de madrugada para regar o labrar el campo. Sus padres, que en paz descansen, tenían pensado para él un futuro prometedor, el cual se vio frustrado con una enfermedad.   
 
Nunca quiso ser una carga y ahora reside a orillas del río Chili,  en un viejo automóvil abandonado al interior de una propiedad privada, cuyos dueños autorizaron su presencia debido a que José es muy tranquilo y no tiene vicios.
 
Unos girasoles adornan su vista y sirven como camuflaje para evitar las miradas de curiosos y de personas que intentan llevarlo a un albergue. “Soy un alma libre”, dice, en resistencia a los fallidos intentos de personas e instituciones por retirarlo de la calle.
 
Está conforme con la vida que tiene, aunque reconoce que no es un agente productivo para el país, es la mejor forma que encontró para darle paz a su familia. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, se repite dándose un autoconsuelo.
 
Espera que en  un corto tiempo, con apoyo de algunos sobrinos y amigos pueda levantar una pequeña habitación de sillares, y de esta forma tener un poco más de comodidad, aunque su viejo automóvil le ha brindado protección y calor en las noches fríos.
 
Todo el interior del auto está recubierto de cartones y objetos que recicla, además cuenta con una gruesa manta que le regalaron para poder abrigarse. Para esta temporada ha reforzado el techo de su precaria habitación con plástico para evitar que la lluvia ingrese.
 
José utiliza palos secos como leña y prepara sus alimentos. Esa mañana desayunó arroz con leche y para el almuerzo tenía pensado hacer una sopa con los ingredientes que le trajo su hermana menor. Un balde es su alacena al costado del recipiente de agua potable que le donan los dueños del predio.
 
La Navidad pasada estuvo acompañado de unos amigos indigentes, que debido a sus vicios fueron desalojados. Esta Nochebuena estará solo y mañana posiblemente reciba la visita de algunos familiares o amigos, y eso lo consuela.  
 
Será un día como todos, sin mayores sobresaltos para el hombre que aspira ser presidente de la República y sueña con derrocar a toda la clase política manchada por la corrupción. El ser humano que sobrevive entre la claridad y turbidez de sus pensamientos. 
 
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