Arequipa

La biblioteca personal en Arequipa

10 de febrero de 2019

La biblioteca personal trasciende en el tiempo dentro de la biblioteca pública, o tal vez corra la suerte de su propietario, de morir junto con él.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

Para evitar que el Quijote vuelva hacer nuevas locuras, el barbero y el cura deciden tapiar el acceso a su biblioteca, atribuyendo a los libros de caballería la causa de su locura. Se produce, entonces, la desazón del Quijote, cuando se levanta de la cama y no encuentra sus libros. A este vacío existencial que seguramente experimentó el personaje de Miguel de Cervantes, el historiador argentino Alberto Manguel, en su “Diario de lecturas” (2004), calificó de “pesadilla perfecta: despertarme y descubrir que mis libros habían desaparecido, lo que me haría sentir que yo ya no era la persona que creía ser”.

La relación entre la biblioteca y el contenido de ella conduce a proponer un análisis para identificar el universo intelectual de su propietario. A través del inventario, como afirma, Francisco Aguilar Piñal, para el caso de la biblioteca de Jovellanos, es posible “profundizar también en el conocimiento de su personalidad, de sus preferencias ideológicas y de su proyecto de futuro para su patria”. Es otra manera de trazar la biografía intelectual de un personaje, conociendo sus intereses académicos, mediante los libros que respaldaron su formación y fueron la base de su pensamiento, a partir del cual lograron elaborar sus propios textos.

El libro es el protagonista de esta historia, capaz de hacer repensar nuestras ideas, de abrir nuestros horizontes, de vivir otras vidas. En el libro que dediqué al abate francés Gabriel Bonnot de Mably, demostré que su obra “Derechos y deberes del ciudadano” fue objeto de recepción y apropiación por parte de los ilustrados criollos de comienzos del siglo XIX, no solo en el Perú sino también en Chile. ¿La razón? Había una “historia disponible” y los “estados de opinión” eran favorables para que el libro publicado originariamente en francés, en 1789, vuelva a ser reimpreso, traducido al castellano, en Cádiz, en 1812, y vuelto a reimprimir en Lima, en 1813, en coyunturas políticas diferentes, y en espacios geográficos distintos.

La importancia de la biblioteca personal radica también en que fue el origen de la biblioteca pública, que el siglo XVII vio nacer. Según Francisco Aguilar, fueron los bibliófilos y mecenas los que sentaron las bases de la biblioteca pública. A fin de enaltecer sus nombres, prestaron ese gran servicio a la comunidad.

Cada libro que compone la biblioteca tiene una historia. En el circuito de comunicación, el cliente es un personaje importante. El producto, que era la obra impresa, estuvo al alcance del lector por medio de los libreros. Este agente cultural cumplía un rol gravitante en la circulación y difusión del libro. A su vez, el tráfico de los libros implicaba la difusión de la cultura y de las ideas contenidas en ellas. Como sostiene Miguel Luque, tratándose de libros jurídicos, durante la época colonial, “el estudio de este factor es importante para conocer la historia del pensamiento jurídico en América”. Así, por ejemplo, un libro que circuló en Arequipa, con mucha aceptación entre los abogados, tituló “Manual del Abogado Americano. Escrito por J. E. de O, profesor de Jurisprudencia. Impreso en París en 1827. Corregido y mejorado por una Sociedad de Amigos” (Arequipa: Imprenta del Gobierno administrada por Pedro Benavides, 1830). Según dato de Francisco Mostajo, profesor de Historia del Derecho Peruano, en su célebre discurso pronunciado en la apertura del año universitario de 1950, el libro se vendía en la tienda de Manuel de la Cuba.

Este libro perteneció a la biblioteca de Andrés Meneses, reconocido abogado y médico arequipeño, nacido en Tiabaya, en 1842. La genealogía del libro indica que el autor fue el jurista español José Eugenio de Ochoa. La edición local estuvo a cargo de una sociedad de amigos. Francisco Mostajo agregó que esa sociedad de amigos fue del Colegio de la Independencia Americana, donde se estudió la carrera de jurisprudencia hasta 1865.

El “Manual del Abogado Americano” también fue utilizado como texto guía en la Academia de Práctica Forense, dependiente de la Academia Lauretana, donde se formaban los futuros abogados en Arequipa.

En su libro “La biblioteca de noche” (2007), el argentino Alberto Manguel concibió a la biblioteca como taller, como poder, como mente, como imaginación, como hogar, como identidad. En ese sentido, la biblioteca no solo es inspiradora para la creación intelectual sino también es un espacio privilegiado para el estudio. Pero lo más importante es que la biblioteca no solo suministra información sino que permite al lector convertirse en productor de su propia obra, en base a los conocimientos adquiridos, que usa como materia prima para elaborar su propio conocimiento. Es un acto por el cual el lector trasciende a la condición de autor.

La biblioteca personal responde a las necesidades e inquietudes académicas de su propietario. En este caso, usa los libros como herramienta. La biblioteca es, entonces, un taller de trabajo. Alberto Manguel propone también la idea de la biblioteca como hogar. Al respecto, cuenta un hecho: “Es de noche, muy tarde. Llueve mucho. No puedo dormir. Voy a mi biblioteca. Tomo un libro de un estante y leo”. Esta relación con la biblioteca personal es consecuencia del hábito lector. La biblioteca se convierte en una necesidad para poder vivir. No se concibe la vida sin la biblioteca. Es como si formara parte de nuestra identidad. Es una proyección de nosotros mismos.

En Arequipa, hasta hoy se han conservado pocas bibliotecas personales. La biblioteca del doctor Andrés Meneses (1842-1924) es una de ellas. Corresponde al siglo XIX. Está especializada en libros de derecho y medicina, pero también hay obras de literatura, historia, religión y filosofía. Sus libros están empastados de color rojo y llevan el anagrama de su propietario: A.M. El “Sistema del derecho romano actual” (Madrid, 1878) de Frederick de Savigny, en 6 tomos, o las “Obras completas de Marco Tulio Cicerón, versión castellana de Pedro Simón Abril” (Madrid, 1885), en 8 tomos, forman parte de esa colección. En mi libro dedicado al decano fundador del Colegio de Abogados de Arequipa, publicado el año 2012, hago un estudio hermenéutico de esa valiosa colección.

Otra biblioteca personal de importancia es la del abogado e historiador arequipeño Mariano Ambrosio Cateriano (1829-1915). Todavía es una colección privada que atesora joyas bibliográficas.

La biblioteca personal es un espacio para leer y escribir, y al que muy pocos pueden acceder. Recuerdo un hecho que me relató la hija del poeta Guillermo Mercado. Contaba Rosita Mercado que de niña y hasta joven inclusive tuvo prohibido ingresar a la biblioteca de su padre. El poeta necesitaba de privacidad para componer sus versos, o simplemente para mantener una comunicación ininterrumpida entre él y sus libros.

Sin embargo, no todos los intelectuales peruanos pensaron de la misma manera. La biblioteca del historiador Alberto Flores Galindo fue fundamentalmente una herramienta de trabajo, como afirma Carlos Aguirre en su artículo “Los intelectuales y sus bibliotecas en el Perú del siglo XX” (en “Bibliotecas y cultura letrada en América Latina: siglos XIX y XX. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2018). El poeta Julio Ramón Ribeyro en algún momento escribió que “la biblioteca personal es un anacronismo”, pues “responde a circunstancias de tiempos idos, en los que por estar aislado del mundo era necesario tener el mundo a la mano”. Una interesante reflexión que no necesariamente comparto, porque para mí la biblioteca personal es la materia prima, el insumo de nuestro conocimiento, sea de textos clásicos o contemporáneos.

Pero, sin duda, la biblioteca personal más importante del país pertenece al laureado escritor arequipeño Mario Vargas Llosa. Carlos Aguirre, profesor de la Universidad de Oregon, sostiene al respecto que es probablemente “la más diversa y global”. Su fondo bibliográfico es aproximadamente de 40 mil ejemplares entre libros y revistas, que actualmente conserva la biblioteca que lleva su nombre a cargo del Gobierno Regional.

El Nobel de Literatura dijo alguna vez que “una biblioteca es algo más que una acumulación de libros (…) es un acto de amor que se va construyendo en el tiempo”. Es verdad cuando afirma que la biblioteca personal se va construyendo en el tiempo. Siendo así, cada libro guarda una historia especial del modo cómo llegó a nosotros.

También muestra el tipo de relación afectiva que entablamos con él. Luis Alberto Sánchez, citado por Carlos Aguirre, comparaba el amor a los libros con el sentimiento de la mujer amada: “no será igual leer los mismos libros en otras ediciones, con distintos perfumes”.

Mantener la biblioteca personal en la biblioteca pública es otra manera de conservar la memoria de un pueblo a través de sus libros.

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