Arequipa

La madrina del equipo

10 de febrero de 2019

Cuando, presas del temor o la confusión, elegimos callar lo que deberíamos gritar a los cuatro vientos.

Por Orlando Mazeyra Guillén

Previamente habíamos acordado no hablar al respecto. Ni una sola palabra. Pero lo primero que me dijo fue: «sé lo que piensas y te doy la razón en todo». Andaba bastante lejos de la verdad porque yo necesitaba más información que debía ser convenientemente asimilada —e inclusive contrastada— antes de darle la razón o, al menos, una opinión sincera.

Siguió un silencio incómodo. Tenía una herida en el brazo, parecía reciente.

—Es una quemadura —me aventuré mientras la señalaba.
—Sí —asintió entristecida—, de cigarro.
—¿Siempre te hace este tipo de cosas?
—No —repuso—. No se dio cuenta.
—¿Por qué mientes?

Y otra vez el silencio. «¿Por qué no lo dejas? —intenté animarla—. Busca a otra persona, estoy seguro de que para ti no será muy difícil». Me miró como pensando que en vez de ayudarla estaba haciendo todo lo contrario. Era sábado por la mañana, entonces se me ocurrió contarle que esa misma tarde era la inauguración del campeonato de fulbito.

—Necesitamos una madrina para el equipo de fútbol y a mí me toca llevarla…

Por fin sonrió antes de entornar los ojos con satisfacción.

—¿Me estás ofreciendo ser la madrina de tu equipo?
—No es una oferta, es un privilegio.
—Chistoso —musitó mirando para otro lado como desmarcándose de mi propuesta.
—Tengo que comprarte un ramo de flores pues la nota es muy formal, y no bromeo. ¿Dónde consigo unas baratas?

Me acarició la barbilla con cierta ternura: «yo tengo mis lugares…», dijo cambiando de semblante.

—Espero que ese sitio no quede en el óvalo de los choros —le dije muy suelto de huesos.
—¡Idiota! —exclamó y me tomó del brazo. Mientras nos dirigíamos al paradero de microbuses de transporte urbano, le pregunté cómo había sido capaz de prestarse a algo así. Inclusive para ella aquello era excesivo.
—Lo hice sin pensarlo —me dijo—. Él tiene muchos problemas. Está endeudado. El negocio nunca funcionó… o funcionó pero por poco tiempo luego todo se vino abajo… le afectó mucho porque invirtió todos sus ahorros. Se lamentaba y le pegaba a las paredes… destrozaba hasta sus teléfonos celulares…
—¿Por qué no funcionó?
—Por todo lo que empezaron a hablar.
—Será porque él dio pie a esos rumores… hizo cosas chuecas.
—No te voy a permitir que hables en su contra. Todos están en su contra. Yo nunca lo traicionaré.
—Tú eres la única tonta que lo apaña.

Willy abrió un taller de reparación de automóviles y también —su gran debilidad— de motocicletas en aquel óvalo malhadado. Lo poco que ganaba servía para engreír a un par de motos con las que, casi siempre drogado, hacía piques por las noches. Al poco tiempo se corrió la voz: el trabajo de Willy y de sus mecánicos era pésimo. A veces cumplían su tarea con decoro pero dejaban, a propósito, algo a punto de fallar en otra parte del vehículo. El típico caso de los mamelucos engañifas que querían que volvieras al taller más pronto que tarde. Hacer del incauto un casero fiel a toda costa.

Entonces la gente dejó de ir al negocio de Willy y su bolsillo lo sintió. Así ideó un oscuro plan para tener buenos ingresos tomando el atajo de lo reñido con la decencia.

—¿A quién llevaste primero? —le pregunté cuando llegamos al mercado.
—A un chico de mi barrio —me dijo mientras trataba de escoger un ramo muy sencillo—. Willy siempre sabía caerle en gracia a la gente que iba al taller, tú sabes que maneja su labia y sabe todo sobre autos y motos. Mi vecino Josué tenía un Lada cochambroso con el que hacía taxi en las mañanas. Willy se hizo su amigo y quedaron en tomar unos tragos el siguiente fin de semana. El local lo cerraba antes de las siete…

—¿Y por qué no guardó su Lada dentro del taller aquella noche?
—Porque los cómplices de Willy, que son amigos de confianza de sus mecánicos, siempre llegaban antes de que lo cerrara. Y no dejaban espacio para nadie. Por eso a Josué no le quedó otra que estacionar su carro afuera.

Willy mezclaba el alcohol con somníferos. A veces él mismo tenía que tomar el preparado para no dejar dudas. «Se pepeaba él mismo», me contó ella, «es un loco, cuando Josué se levantó Willy seguía durmiendo, así pensaría que los habían pepeado a todos». El Lada se hizo humo y fue vendido en partes. Josué le pedía razones a Willy y éste hablaba de algún amigo que lo había traicionado. Con cara de palo, siempre convincente, desconcertado a más no poder.

La pantomima de la desmesurada juerga sabatina en el taller se repitió varias veces con ella de cómplice. Nunca pensaron que Josué les estaba haciendo seguimiento. Así los descubrió con las manos en la masa. Aquella noche se armó la de San Quintín. Ella escoge por fin un ramo de gladiolos con un cinto fucsia. «¡Vas a pagar con carne! —le prometió Josué—. ¡Maldita perra me lo vas a pagar con tu cuerpo!».

«Willy sólo hizo lo que cualquiera hubiera hecho», me dijo cuando dejábamos atrás el mercado. «¿Lo estás justificando?», le pregunté aturdido.

—No, pero Josué prometió abusar de mí.
—Podrías haberlo denunciado, ¿no crees? Pedido garantías, no sé.
—¿Yo? —me miró con desdén—. No seas zonzo, si yo fui quien lo llevó al taller de Willy, por mi culpa le desarmaron el carro.
—Pero, ¿dónde está Josué? La policía lo está buscando. Tú lo sabes, Willy lo sabe.
«Sé lo que piensas y, es más, te doy la razón en todo… en todo», repitió y me preguntó si aún quería que ella, una mujer mala y peligrosa, fuera la madrina de mi equipo de fulbito.
—No, ya no —y me tomé una pausa antes de proseguir—: estás encubriendo a un asesino.
—¿Cuál asesino? —preguntó furiosa—. No hables adefesios. Yo apenas estoy hablando contigo y no necesito recordarte que Willy te conoce, no serías tan tonto…
—No, yo nunca.
—¿Entonces seré tu madrina?
—Sí, pero quédate con esos gladiolos. Yo te llevaré algo mejor, lo prometo.
—Está bien —dijo y se subió a un taxi. Yo fingí que anotaba la placa «por seguridad». Encendí un Marlboro rojo y me pregunté si sería capaz de apagármelo en el brazo sin sentir dolor (o intentando ponerme en la piel de ella cuando Willy se lo hizo). ¿Le habría apagado algún cigarro en los ojos a Josué? ¿Cómo lo había matado? ¿Escribiría algo al respecto? «Josué no está muerto», pensé, esbozando varias máscaras para reconocer al verdadero Willy. Sin embargo, mis pensamientos erraban hacia otras cosas: mi madrina y el ramo de rosas que tenía que comprar. Tal vez luego del partido de fulbito podría sacarle plan… invitarla a comer o a tomar un café, hacerla hablar, correr un gran riesgo para que otro, alguien con más agallas que yo, se luciera —como yo nunca pude hacerlo— con una reveladora crónica policial.

Compartir

Leer comentarios