Arequipa

Regalo de cumpleaños

18 de noviembre de 2018

Son las ocho y media de la mañana del cinco de noviembre: es decir que solo restan veinticuatro horas para mi cumpleaños número treinta y ocho.

Por Orlando Mazeyra Guillén

Mamá me contó que, a diferencia de mis tres hermanos, mi nacimiento le demandó demasiadas horas y un indecible sufrimiento (comentan por allí que, masoquistas como solemos ser, amamos lo que más nos cuesta; quizá se lo pregunte cuando ella me venga a abrazar muy temprano con un regalo). Fui el tercero, antes que yo habían nacido dos mujeres. Tal vez por eso mi tío Filiberto, cuando el parto se prolongaba más de la cuenta, intentó bromear para que mi madre no se pusiera más nerviosa que de costumbre: «Con lo que nos está costando sacar a esta criatura —le dijo—, si no es varón, entonces lo volveremos a meter».

—Sí —me cuenta mi madre que le respondió sin dudarlo—. Es hombre, estoy segura; y se va a llamar Orlando como su padre.

«¡Orlando! ¿En qué cosas piensas ahora?», digo para mis adentros. Con el paso del tiempo he caído en la cuenta de que uno no debería de llamarse como su padre porque, como me ha ocurrido a mí desde que tomé conciencia del asunto, he querido arrebatarle el nombre, apropiarme de lo que no es mío. La vocación parricida se agiganta con alguien que lleva tu mismo nombre y apellido. Es absurdo, sin embargo siento que él me está quitando algo que me pertenece (cuando en realidad es al revés, pues sin su concurso yo no estaría a punto de acumular otro año de existencia).

Papá —ese otro Orlando que me define: a veces me entusiasma y casi siempre me mortifica— puede olvidar mi cumpleaños: de hecho ya lo hizo algunas veces. En cambio, mamá jamás. Alguien dirá que es un detalle sin importancia y puede que tenga razón. Mis cumpleaños se hicieron interesantes desde que, una tarde del mes de agosto, conocí a Micaela; pues, con suma diligencia, preparaba una recargada agenda que me permitiera estar con ella durante casi todo el día… con ella y —asunto no menos importante— lejos de las cantinas. Si el amor de Micaela no pudo alejarme de la bebida entonces nada (ni nadie, ni siquiera su dios) podrá hacerlo. Las cosas son así.

Ahora mismo pienso en beber con desmesura para que la víspera no se haga tan larga (el reloj de la pared de mi habitación ahora avanza con una lentitud pasmosa que me irrita).

Mientras, con una fingida calma, escribo estas líneas a mano intento escapar del deseo exacerbado de acceder a la invitación solícita de los amigos —«habla, fierita, solo dos para arrancar la serenata, ¿o le vas a negar un par de pomos verdes a tu pata del alma?»—; o simplemente hago hora para empezar la jarana a una hora un poco más aceptable. Ya no habrá saludos amorosos por WhatsApp ni regalos especiales… ni esa sonrisa sacada de revista que ahora anhelo tanto. Y, entonces, ¿dónde podré encontrar otra sonrisa así, Micaela? ¿Tendrías la gentileza de responderme, amor?

Como suele ocurrir todos los años: días antes de mi cumpleaños, me pongo a pensar en Micaela un poco más de la cuenta. No sé cuál es el motivo de esta ceremonia lastimera. Hay una sola mujer que te trae al mundo; sin embargo hay otras que te aferran a él. ¿Ellas son las más importantes? Pienso y repienso hasta nublarme, hasta que Micaela vuelva a decirme que ya tiene lista la jornada de mañana: un paseo por el centro, primero helados, luego un almuerzo en alguna picantería que tenga vista a la campiña, después la ceremonia de los regalos y finalmente el amor, el amor, el amor… ella y yo. El juramento que se hizo añicos: «Siempre estaré a tu lado». O quizá no. Nadie sigue más a mi lado que Micaela. Nadie me va a acompañar como ella hasta el instante final que ojalá sea gozoso y no angustiado.

Vuelvo a ver el reloj: apenas han pasado tres horas. Quizá a mediodía por fin me decida y una vez más mande todo al diablo y me instale por fin al frente de la rocola. Entonces, trago a trago, esperar el arribo de la noche para colocar la melodía de Coldplay: «Mira las estrellas, Micaela, míralas brillar por ti y por todo lo que haces… y yo compuse una canción para ti y por todo aquello que tú haces…».

Mamá entra a mi habitación y me dice que corre mucho viento por la ventana:

—Mejor te la cierro —me sugiere—. No te vayas a resfriar, hijo.

—Déjala tal como está —le digo de mala gana—: quiero ventilar la habitación… quiero ventilar mi mente. ¡Quiero ventilar todo!

—Está bien —asiente—. Y ¿qué quieres hacer mañana por tu cumpleaños?

Quisiera decirle que lo único que ansío es aquello que no tendré, pues como dice un personaje de Almodóvar: el amor es la cosa más triste del mundo cuando se acaba.

—¿Me volverías a poner Orlando? —le pregunto—. Dime la verdad.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque tú tienes que ser el mejor de todos.

¿El mejor de todos? No entiendo su respuesta. Mamá siempre vio todo como una anómala competencia. Superar al resto, tomar distancia. Ser el número uno, los demás son comparsas. Individualismo a rajatabla.

—El mejor de todos es Maradona —le explico a mamá con cierto desparpajo recordando una canción que dice: si yo fuera Maradona, viviría como él…

—¡Ese coquero loco! —interviene mi tía Charo desde la otra habitación.

—El mejor es Vargas Llosa —me sigo dando manija desde mi trinchera más íntima.

—Ese infeliz resentido —insiste mi tía que, para más señas, admira a Keiko Fujimori—. Dicen que va a llegar el jueves para ese evento cultural, voy a ir a gritarle al aeropuerto: ¡A la vejez viruelas! ¡Patricia es el Perú, por eso la dejaste, desgraciado! En esta casa detestan lo que yo amo. Mamá nunca entenderá mi pasión por el fútbol argentino o por la literatura. Ella nunca me acompañó al estadio y sé que no lo hará. Tampoco fue a ninguna de las presentaciones de mis libros porque temía escuchar cosas que yo de hecho dije y seguiré diciendo. «No quiero nada, mamá», doy por terminado el asunto: «Solo quiero que mi tía Charo se calle». Estoy a punto de salir de casa cuando Inés, la pésima y pertinaz suplente de Micaela, me envía por WhatsApp la foto de un libro del inglés Jonathan Wilson, pues ella sí sabe lo que me gusta: «Ángeles con caras sucias: la historia definitiva del fútbol argentino». La parte inferior de la bella portada reza algo conmovedor: «La gente que quiere al fútbol quiere a Brasil. La gente que ama al fútbol ama a Argentina». Entonces, antes de ponerme a beber en la víspera, le pregunto: «¿No te has dado cuenta de que tú eres Brasil y Micaela es Argentina?». Inés se atreve a responderme: «Con que me quieras me alcanza: mañana te daré el libro, quieras o no». Inés —lo descubro ahora—, sin ser la mejor, es otra de las mujeres que me aferran a la vida.

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