Arequipa

Cada domingo a las doce después de la misa

5 de abril de 2015
Cada domingo a las doce después de la misa
Por: Lino Mamani A.

A eso del mediodía de cada domingo, los únicos lugares abarrotados eran las iglesias. No existía poblado, ni distrito arequipeño, donde al menos en una capilla el párroco celebre misa ante una feligresía obediente y atenta a sus sermones.

-¡Ah! las misas domingueras que aunque ahora no tengan la concurrencia como antes, todavía congregan a mucha gente, Tuturutu –inicié el diálogo con la estatuilla cuya pileta hace unas semanas ya no emana agua-. ¿Me pregunto si los cristianos han cambiado realmente?

Sí, ahora la congregación de fieles ha dado un giro inesperado. Recuerdo que durante la colonia asistir a misa era una obligación casi como comer o asearse. Hasta yo me sentía en la necesidad de acudir a oír al cura, pero luego me daba cuenta de que estaba enquistado sobre la pila central de la Plaza Mayor y se me pasaba.

– Pero si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma…

Nada de Mahoma, aquí solo existía la religión católica. Durante la colonia la situación era más arraigada. Todavía no estuve en 1600, pero me contaron que en aquéllos tiempos, no había lugar para la libertad de credo ni para los ateos, ni protestantes. Eran los propios vecinos quienes vigilaban y avisaban al prelado cualquier intención de alguien de no cumplir con las órdenes religiosas o de tener otras creencias. Al comprobarse las acusaciones, el cristiano pecador era expulsado de la ciudad como escarmiento y ejemplo para los demás. Una práctica que en la actualidad es impensable.

-¡Qué bárbaro! ¡Existía mucho extremismo!

Cuando llegué, en 1735, todavía el séptimo día de la semana era realmente “sagrado”. Los niños eran bañados desde temprano para que concurran limpios al sermón. Las damas eran prohibidas de vestir ropas sugerentes y los varones prohibidos de ausentarse de la ciudad y de sus familias por ese día. Se trataba de dedicar un día al Todopoderoso.

“Todos abrían y cerraban los ojos, encomendándose a Dios. Invocaban su nombre al saludarse o pedirse una gracia; y no comían si las viandas no eran previamente bendecidas, acto que cumplía el sacerdote o persona de mayor respeto. ¡Y a la hora del crepúsculo con qué fervor y conmovedora sencillez la gente toda detenía su paso para arrodillarse y rezar el ángelus!”, escribió en su libro “Arequipa en el paso de la Colonia a la República”, mi amigo el historiador, Guillermo Zegarra Meneses.

Las misas se celebraban y como todavía se acostumbra, desde la madrugada, cuando el repique de las campanas de la Catedral anuncia el inicio. Hace unas décadas también se realizaban al mediodía, y estas ceremonias fueron inolvidables y las que más me agradaban.

-¿Qué era lo especial de la misa de las 12? –le dije al Tuturutu mientras en el fondo de su fuente sin agua las palomas, su “fuerza aérea”, calentaban su cuerpo con los inclementes rayos solares.

Casi siempre luego de misa ocurrían hechos curiosos. Luego de oír, por más de una hora, el mensaje bíblico del Señor, la población salía de la Catedral a paso lento como si de una procesión se tratase. Algunos con rosarios en mano y los niños en brazos o agarrados de las manos de sus padres.

Tras el calor que se les presentaba, caminaban hacia los portales para degustar helados a base de fruta o rumbo a una picantería y restaurante para almorzar. Otros en cambio, decidían quedarse en la plaza que cuido. Reposaban por algunos minutos sentados en las bancas que me rodean y miraban el espectáculo de chorros de agua que les tenía preparados.

-¿Y dónde está lo especial, amigo Tuturutu?

Lo especial ocurrió en 1923, un domingo después de la misa. Como es común, los feligreses salían de este templo importante para distribuirse a diferentes rumbos. Así lo hacían dos hermanas, quienes resaltaban entre la multitud por ser atractivas.

Entonces, cuando se aprestaban a retirarse, oyeron el piropo de un atrevido militar. El acto fue visto de cerca por José María Zúñiga Quintana, un distinguido maestro del colegio nacional Independencia Americana, quien enamoraba con una de las damas.

El docente sintió el hecho como una afrenta a su prometida y sin mellar explicaciones le propinó una cachetada al militar como escarmiento, mientras los presentes miraban atónitos lo ocurrido.

-Una lección por pretender pasarse de listo…

El asunto no quedó ahí. El militar se quitó el guante y le impactó en el rostro, una señal que significaba nada menos que el reto a un duelo. Una costumbre desde la Edad Media que se practicaba a nivel mundial y de la cual Arequipa no estaba exenta. El reto a duelo se realizaba para salvar el honor de quien fuera ofendido por diferencias políticas, celos, descortesías o insultos como en este caso ya que refería no haber hecho nada malo porque admiraba a la hermana de la joven que era pareja del profesional.

El hombre del Ejército escogió los sables. Al notar la formación y entrenamiento, el militar tenía una ventaja sobre el civil, quien en su vida no había manejado un sable. Sin embargo, el encuentro estaba pactado y Miraflores era el lugar elegido. Así que no había vuelta atrás y en dos días se enfrentarían.

-No me quiero adelantar, pero imagino lo que sucedió –dije.

Mis amigos canillitas acudieron al enfrentamiento. Me contaron luego, que aquella tarde, el presunto ofensor se notaba confiado en salir victorioso. Mientras que los padrinos del civil quisieron evitar el enfrentamiento. Pero no se pudo.

Al inicio del duelo, hubo vanos intercambios de impactos, hasta que sorpresivamente el ciudadano común le clavó el sable en el brazo derecho a su oponente, quien sangrando de la herida, quedó lisiado y el duelo se canceló porque ni siquiera podía coger el mango del arma. El desafío había concluido y el victorioso fue el civil. El militar nuevamente aclaró el hecho.

-¿Qué cosa iba a aclarar si ofendió a la novia del civil en su presencia?

El militar reconoció que efectivamente había silbado en aquella ocasión, pero que su galanteo no estaba dirigido a la prometida del oponente, sino a la hermana de esta, quien le impactó a primera vista con su belleza.

-Qué curioso, realmente una confusión tremenda

La supuesta dama ofendida fue Alicia Rivero, quien luego se casaría efectivamente con el civil conocido como el “Pato” Zúñiga por su curioso andar y quien la enamoraba por una ventana como Romeo y Julieta.

Seguramente, y como se acostumbraba en la época, quizás fueron excomulgados de la Iglesia católica por participar del duelo a sables. Doble pérdida para el militar, quien solía no faltar a misa, cada domingo a las doce.

-Esa última frase me suena a una canción criolla –le dije mientras trataba de recordar quién lo interpretaba, pero fue en vano. El Tuturutu se me adelantó.

“Cada domingo a las 12 después de la misa” es una linda composición que realizó Augusto Polo Campos en 1970 para el dúo criollo Arturo “Zambo” Cavero y la primera guitarra del Perú, Óscar Avilés, ambos recientemente fallecidos y quienes la popularizaron. Muchos arequipeños la cantaban o tarareaban cuando todavía se realizaba la misa al mediodía.

“Cada domingo a las doce saldré a la ventana / para esperarte como antes después de la misa / y en la esquina solitaria voy a ver a mi alma / que espera tus pasos, buscando mis brazos y sin tu sonrisa / se irá el sol de la mañana, te llorarán las campanas / Cada domingo a las doce después, después de la misa”, cómo no recordarla si siempre la cantaba ese día más que nunca.
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