Arequipa

Cómo cuesta salir campeón

6 de octubre de 2019

Algunas veces las historias sí tienen un final feliz. Por eso nunca hay que perder la esperanza, a pesar de que tengamos a todos en contra.

Orlando Mazeyra Guillén

Aquel sábado cumplí catorce, creo. Preferiría no recordarlo. Papá, antes del mediodía, me llevó en su coche a un centro comercial que tenía un nombre horrible: “La Barraca”. Él sabía que yo estaba cansado de mi maltrecha y pequeña radio a pilas, por eso me condujo hasta un puesto de radios modernas. Los precios eran modestos y las marcas no las mejores, sin embargo eso me importaba poco:

—Escoge la que quieras —me ordenó él y yo no tuve que pensarlo mucho, pues ya le había echado el ojo a una radio con dos caseteras. A esas alturas ya me imaginaba copiando todos los casetes de mi hermana (por ese tiempo ella escuchaba a UB40, Charly García, Shakira, Mar de Copas y Maná). El flamante aparato tenía Frecuencia Modulada pero sobre todo Amplitud Modulada, pues en los novecientos de la AM, por las noches escuchaba el programa “Vértebra rojinegra” que muchas veces grababa (así como solía grabar, de otra emisora, “Las fábulas del oso hormiguero” con la ronca voz de Toño Cisneros).

Le di las gracias y ya quería llegar cuanto antes a casa para probarla. En aproximadamente dos horas mi equipo jugaba contra Municipal en el llamado “Estadio de los muertos”. El fútbol de primera división no era transmitido por señal abierta. Otros tiempos, sin duda, sin televisión por cable, sin internet, ni teléfonos celulares: uno tenía que imaginarse las paredes, las faltas —“faul Dencorub, calor que penetra, calor que alivia”—, los tiros libres cerca del área —“una especie de córner corto”, decía el locutor— y, por supuesto, los goles.

Mas, mi padre tenía otros planes: no me llevó a casa sino a la residencia de mi conspicuo tocayo: el general Bustíos, quien, como también compartía nombre de pila con mi padre, lo llamaba por su tercer nombre: Wenceslao. Y a mí se me revolvían las tripas cada vez que me decía “Orlando Junior”. Gracias a Bustíos me aburrí de mi malhadado nombrecito y se me ocurrió inventarme otro como lo hicieron Martín Adán y Pablo Neruda (me faltaron agallas, creo).

—¿Qué hacemos acá? —le pregunté a mi papá cuando estacionó el auto en ese parque frente al colegio de “protestantes”, como lo llamaba él.

—¿No sabías que también es cumpleaños del general Bustíos? —me dijo señalando la enorme vivienda del comandante general del Ala Aérea de la ciudad.

—No —le dije pensando que, justo el día de mi cumpleaños, sería buena idea mandarme a volver a nacer.

—Me ha pedido que por su cumpleaños le prepare un adobo, y no me he podido negar.

—Pero si mamá lo prepara mejor que tú —le dije para provocarlo—. Tráela a ella y de paso me dejas en la casa.

—Oye, ¡te acabo de comprar un regalo con la plata que me paga la FAP y tú no quieres que le prepare un plato de adobo a mi jefe!

—Pero te vas a demorar… y hoy también es mi cumpleaños.

—¿Quién carajo te da de tragar? —me preguntó gritando.

Me encogí de hombros y dejé mi novísima radio en el suelo del carro.

—¡Te dejas de huevadas y me esperas acá!

Lloré apenas unos minutos. Tuve que esperar horas. Lo peor de todo era que el viejo Chevrolet de mi papá tenía la radio averiada. Quería llamar a mamá pero no tenía dinero y tampoco había un teléfono público a la mano. Comprendí que no solo no podría festejar mi cumpleaños, sino que me perdería la transmisión del partido de fútbol.

Intenté imaginarme el partido pero la idea fija era envenenar a mi tocayo —el generalote Bustíos— y a todo su séquito de sobones. Me vino un hambre tremenda y, entonces, me atreví a tocar la puerta de la casa del jefazo para preguntar por el hombre que me daba de tragar. El mayordomo (un avionero que me escudriñó con desgano) me preguntó qué quería.

—Soy el hijo del comandante Mazeyra, ¿lo ha visto?

—Está allá con todos —me dijo señalando a una hilera de mesas—. Recién arranca la chupeta.

—¿Me presta un sol, por favor?

—Si te presto dinero tu viejo me las corta con ese cuchillo con el que ha estado retaceando la carne de chancho —bromeó y, cuando vio que yo empecé a volver lentamente al coche, cerró la puerta.

Cuando ya oscurecía, por fin apareció papá. Alegrón, es decir, entre Pisco y Nazca. Me dijo que me quería mucho, que todavía podíamos ir por una torta —¿para mí o para su jefe?—, que el adobo estuvo riquísimo, que las presas estaban contadas, que ya no importaba nada porque Bustíos le había hecho una inédita promesa.

—Así entre tocayos —le había dicho luego de terminar su plato de adobo—: este año asciendes, mi querido Wenceslao.

En casa me enteré de que Melgar había perdido por goleada. Culpé a todos los Orlandos del mundo y le juré a mamá que nunca más celebraría mi cumpleaños. Es más, le rogué que me empezara a llamar por mi segundo nombre: Orlando.

A fin de año Bustíos se fue a Piura, papá no ascendió y las dos caseteras de la radio ya estaban malogradas. Yo, por mi parte, seguía soñando, escribiendo cuentos en donde Melgar por fin sería campeón nacional (algo inédito para mí). En aquellas ficciones yo, por supuesto, marcaba el gol del título con el estadio Melgar repleto (todavía ni siquiera existía el estadio monumental Arequipa).

Muchos años después, en una de las mejores tardes de toda mi existencia, ese gol añorado lo hizo Bernardo Cuesta en el coloso agustino que ayudamos a construir todos los arequipeños. Lo hizo por él —goleador extranjero histórico y ya muy cerca de batir otros récords—, lo hizo por Melgar y por Arequipa. También lo hizo por mí: me cumplió el sueño más recurrente; y esas cosas —como todo lo que de verdad importa— no tienen precio.

Mi infancia no fue la mejor, tampoco la peor. Sé que lo único que me hacía inmensamente feliz y sobre todo libre era estar en la tribuna Sur imaginando una nueva victoria de Melgar. Yo, gracias a Bernardo Cuesta, sigo soñando. A pesar de los árbitros limeños, a pesar de los intereses de los medios de la capital que quieren ver en la final a sus supuestos grandes. “El fútbol es un negocio”, dicen como explicando por qué siempre favorecen a los mismos. Yo siempre les respondo: no, el fútbol es una pasión. ¿O no se dan cuenta de que Bernardo Cuesta pelea cada pelota y celebra cada gol como si fuera arequipeño? Y es que un arequipeño, decía Doris Gibson, nace donde le da la gana.

Este domingo Melgar jugará en Huánuco y yo, ante la imposibilidad de verlo por televisión, volveré a escuchar el partido por radio como en los viejos tiempos. ¡Ojalá volvamos a ganar, capitán! Aunque tú, ariete imprescindible, no puedas estar en la cancha.

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