Arequipa

Dar las gracias

16 de febrero de 2020

¿Cuándo fue la última vez que escribimos una carta a mano o nos mostramos realmente agradecidos?

Por Orlando Mazeyra Guillén
Y uno —debo reconocerlo y sobre todo como profesor— a veces como que pierde la esperanza. Ya no cree en los jóvenes. En verdad, se me antoja que, en el fondo —y quizá hablo sólo por mí— uno deja de creer en sí mismo.
Durante mi última clase del año pasado mis alumnos me preguntaban, extrañados, por qué sonreía tanto. Usted siempre ha sido tan serio, adusto, y ahora ríe. «¿Qué lo hace tan feliz, profe? ¿El fin del curso? ¿Ya no quiere vernos?». Y entonces empezaron las bromas y algún comentario puntilloso o provocador.

—El profe está templado —murmuró alguien desde los últimos asientos.

—Profe, ¿qué ha hecho ayer? Cuente, cuente —dispara otro. No era eso.

Venía de dar una charla, en un instituto que forma a futuros profesores, sobre cómo llegué a leer “El túnel” de Sábato. Por mucho tiempo María Iribarne fue mi amor platónico. Me soñaba con ella, me sentía Juan Pablo Castel. Es el poder de la literatura, creo. Cómo podría olvidar a Lituma, el buen Lituma, cuando regresa a su tierra y quiere averiguar qué fue de su amada Bonifacia. Entonces Josefino, luego de unos tensos tragos de pisco, le soltó la mala nueva: «Se ha hecho puta, hermano. Está en La Casa Verde». Y, para no ir más lejos, ahora último, cuando David Foenkinos intenta meterse en la piel de Lennon: «No se necesita una sesión muy larga para comprender que mi vida es un intento incesante de probarle al mundo que valgo algo. Pero bueno… si mis padres hubieran seguido juntos, ¿qué habría pasado? Quizá yo habría sido feliz. Y habría sido dentista». Entonces una de mis estudiantes me entrega una nota y me desea unas felices fiestas de fin de año. La leo con mucha atención:

«En el microbús decidí escribir el último diario para su curso, profe. Desearía no quejarme pero ahora siento ganas de hacerlo, pues realmente estoy exhausta. Descansé, mientras venía a la universidad, como los delfines: medio cerebro, sólo la mitad, mientras la otra parte seguía en alerta. Las ansias siempre han tenido ese efecto en mí, me sudan las manos y hasta tengo un poco de náuseas, también estoy nerviosa. Me tomo tan en serio los libros que usted nos hace leer que me cuesta salirme de las páginas. Como que me quedo colgada. ¿Eso es bueno o malo? Ayer sentí un poco de pena, mientras ordenaba los libros y los trabajos en mi escritorio, tomé conciencia de todo lo que había leído y escrito durante el semestre. Creo que es el aspecto que más me ha agradado de este curso, aunque varios de mis compañeros lean y sobre todo escriban a regañadientes. Ahora soy consciente del lujo del que disponía, escribir teniendo la seguridad de que usted lo leería. Desearía haber experimentado más la escritura durante más tiempo. Quiero decir que ahora ya nadie leerá todas las cosas que se me ocurren. Hoy me sorprendió comprobar que cada vez que quiero llamar la atención de los demás en el aula todos me hacen caso… y cuando estoy en mi salsa y no intento llamar la atención de nadie, muchos creen que quiero sus miradas. Soy como un objeto curioso, soy un gato. De nuevo en el asiento del microbús, me imagino cierto personaje contradictorio, en todo sentido: como un imán a veces y como un repelente en otros casos. Alguien que atraía y alejaba a sus estudiantes. En clases muchas veces deseaban que ya no nos diera una nueva lectura, ¡ya no más!, sin embargo al terminar lo buscaban en la puerta para entablar con él conversaciones sobre las conductas de los personajes de tal novela, qué extraño. Mayor es su valor si es por escrito, eso también lo aprendí de usted: gracias, profesor, por inducirnos a la lectura, casi obligándonos al comienzo. Prometo que lo seguiré haciendo por mi propia cuenta a pesar de nadie lea lo que escribo».

***

Este tipo de hechos que para muchos pueden resultar banales me sirven de alimento. Hay algo que me olvido de hacer a menudo: alimentar el espíritu. Es tan importante motivar (el goce de) la lectura en los jóvenes, a veces tan complicado. Sobre todo cuando se trata de futuros ingenieros de software que miran con recelo los cursos de letras. Entonces llegamos a la ficción especulativa y todos se interesan por Isaac Asimov: ¿podrá un perro robot sentir lo mismo que siente un perro humano? Sí, dije «humano». El veterinario dice que he humanizado a mi perro y que debo llevarlo a un psicólogo de perros. Pensé que era una broma, pero los perros también tienen psicólogos. Entonces me imagino a mi mascota echada en un diván contando todo lo que sabe de mí.

Ha terminado un nuevo semestre y guardaré el texto de mi estudiante como un preciado tesoro. Sus palabras me ayudarán a enfrentar otra Navidad y otro Año Nuevo. Creo en ella, en mi perro. Creo que todos podemos ser mejores. Hay que intentarlo. Escribo esto para salvarme y leo otra vez a mi estudiante para seguir adelante. O hacia atrás. Quiero seguir moviéndome. Un ciclo termina y se inicia otro.

El 24 de diciembre, en la mañana, reviso mi correo electrónico y alguien me envía un archivo titulado «Carta al profesor Orlando». Quizá sea el mejor regalo que recibí en Navidad.

***

«Querido profesor Orlando: el motivo por el que le escribo en esta fecha tan especial es para agradecerle su enseñanza durante el trascurso del año 2019. Fue aquel profesor que me dejó una huella y estoy segura de que siempre lo recordaré a pesar de yo eché por la borda dos semestres y tengo que empezar de nuevo. Ahora me siento mal al saber que hice gastar dinero a mis padres por gusto, la verdad es que ellos están muy viejitos. Mi padre cumplió setenta años en octubre y mi madre ya tiene sesenta y cinco.

Cuando cumplí quince años mi padre me dijo que no pensó que llegaría a estar presente en mi quinceañero. Yo soy la tercera de mis cuatro hermanos, y tengo dos sobrinos de parte de mi hermana mayor. Mi madre aún le paga los últimos años de su carrera porque no quiere que se quede sin un cartón, además ella es como la “hija prodiga”, usted me entenderá.

Mis dos hermanas mayores y yo estudiamos en el colegio Nuestra Señora de Fátima (un colegio de monjas en donde se hablaba más del largo de la falda que del machismo y de la violencia contra la mujer). Ahora en esta época siento que todo va muy mal. La juventud está perdida. O yo soy la perdida.

No sé si todos nos hemos acostumbrado a hacernos año, no sé qué es lo que pasa por nuestra mente. Le cuento que tengo muchos amigos con problemas de depresión, ansiedad, con medicamentos y un sinfín de cosas. ¿Por qué no paramos de hacernos daño? En fin, antes de terminar estas líneas, quiero decirle que fue un gusto poder tenerlo a usted como profesor.

Muchos en la universidad lo odian y todos dicen que es un hijo de puta. Yo también lo decía, tengo que reconocerlo. Pero entienda que, al igual que mis compañeros, no podía dormir por hacer los informes de lectura, sus trabajos de redacción o por terminar de leer los libros. Pero fue el único profesor que me dejó huella en universidad. Aprendí demasiadas cosas, sus clases eran de lo mejor: las novelas, los cuentos, las películas, etc. Gracias, profesor Orlando, por absolutamente todo. Ya iré mejorando más en mi redacción y en mi ortografía. Me gusta mucho el hecho de escribir cartas y decirle lo que pienso a las demás personas y que sepan qué es lo que significan o significaron para mí. Y una vez más, gracias por todo. Lo recordaré por siempre, querido profesor. Que pase una hermosa Navidad junto a su familia y (aunque no crea en Dios) rezaré por usted y porque Jesús nazca en su corazón y en su hogar. Son los deseos de su estudiante C.»

*

Ahora recuerdo el inicio del discurso que dio Octavio Paz el 8 de diciembre de 1990 cuando recibió el premio Nobel: «Comienzo con una palabra que todos los hombres, desde que el hombre es hombre, han proferido: “gracias”. Es una palabra que tiene equivalentes en todas las lenguas. Y en todas es rica la gama de significados. En las lenguas romances va de lo espiritual a lo físico, de la gracia que concede Dios a los hombres para salvarlos del error y la muerte a la gracia corporal de la muchacha que baila o a la del felino que salta en la maleza. Gracia es perdón, indulto, favor, beneficio, nombre, inspiración, felicidad en el estilo de hablar o de pintar, ademán que revela las buenas maneras y, en fin, acto que expresa bondad de alma. La gracia es gratuita, es un don; aquel que lo recibe, el agraciado, si no es un mal nacido, lo agradece: da las gracias. Es lo que yo hago ahora con estas palabras de poco peso». ¡GRACIAS!

Compartir

Leer comentarios