Arequipa

De la peste, del Obispo, de Mostajo y otras cosas  – FOTOS

18 de abril de 2020
En lazareto se ubicaba a los contagiados para que hagan cuarentena.

Las condiciones sanitarias de la población, sin desagües establecidos por ejemplo, y los primitivos hábitos de higiene personal, hacía que los habitantes de Arequipa antigua –como los pobladores de otros lugares de la época – fuesen diezmadas por las pestes.

Situación que se agravaba con la inexistencia de remedios eficaces.

En Arequipa fueron frecuentes: la disentería, que era combatida con chocolate diluido en agua, pan quemado y hasta carbón en polvo; las fiebres intestinales o tifoideas, enfermedad producida por el Bacilo de Eberth y que muchas veces daba en la tumba con los que la sufrían, a pesar de las compresas de vinagre Boully o el conejo cuy negro, abierto y aderezado con incienso, alucema y “vinagre de los siete ladrones” que les emplastaban en el vientre desnudo a los tíficos; el sarampión que se divulgaba entre los niños y que era tratado con agüita de tilo o de borraja; la tuberculosis, la temible tisis o peste blanca, a quienes contraían se les aislaba, preferentemente en Cayma y se les daba a todo pasto caldo de ranas para fortalecerlos; la viruela, que se manifestaba en los pacientes por un calofrío intenso y la erupción de pústulas (que los arequipeños llamaban ñocos), a éstos les pasaban un anillo de plata por las pústulas, los encerraban en un cuarto oscuro, destinándoles una dieta básica de panatelas, a los sobrevivientes de la viruela por los pequeños cráteres que les quedaban en la piel les decían: borrados, la varicela o viruela loca; la influenza, conocida popularmente como dengue o trancazo y que generalmente terminaba en pulmonía fulminante. Aunque más raros, también se presentaban casos de difteria, producida por el Bacilo de Loeffler, aunque las autoridades eclesiásticas afirmaban en documentos públicos: “La peste es uno de los azotes con que la Justicia Divina castiga las iniquidades de los hombres” (Carta Pastoral L. B. 4. Mar. 87). Es de imaginarse los temores, malestares y desgracias que producían estas calamidades en nuestros antepasados.

Pero ninguna de las calamidades enunciadas fue tan temida como la peste bubónica.

Arequipa vivió varios periodos donde las epidemias pusieron en peligro la salud de las familias arequipeñas.

Cuando el bacillus pestis de Yersinky tasato o Pasteurella pestis se anidaba en un hombre, el pobre sufría de alta fiebre, delirio, vómitos, diarrea y hasta miraba que su cuerpo se deformaba, al salirle unos bubones en las regiones inguinal, cervical y axilar; casi irremediablemente el que contraía esta peste moría. La peste bubónica era transmitida por 2 las ratas, a través de las pulgas, y como generalmente estos animales abundaban en los barcos y los puertos, la peste siempre avanzó de Mollendo a Arequipa.

LA BUBÓNICA DE 1903

El 8 de agosto de 1903 los arequipeños se alarmaron al enterarse que en Mollendo había sido detectada una peste, que los médicos del puerto, Parodi y Reinoso, dividían sus opiniones en considerarla tifoidea o bubónica. La alarma se profundizó cuando el 9 de agosto, murió un niño en La Joya mientras venía en tren a esta ciudad. De inmediato la Junta de Sanidad, envió a Mollendo a los médicos Barrios, Vargas Ramírez de Villar, Tito Costas y Coz para que hagan el estudio sanitario del caso. El 11 de agosto, los médicos comisionados informaban que la peste que campeaba en el puerto era la bubónica, de la que habían detectado 7 casos, 2 de ellos mortales. La alarma en la población trocó en desesperación y la Junta de Sanidad hizo construir una barraca en La Joya, destinada para lazareto en el que todo viajero que venía de Mollendo tenía que pasar 12 días en cuarentena de observación. Pasada la cuarentena de rigor, los viajeros que venían en tren eran revisados en Tiabaya por una comisión interdisciplinaria: intendente de Policía, concejales, médicos, farmacéuticos y periodistas, que, si encontraban que algún pasajero tenía el menor síntoma de la peste, devolvía a La Joya al tren con todos sus ocupantes. En aquella ocasión se quemaron cerros de basura en las esquinas de la ciudad y sobre todo a los agentes etiológicos: ratas y ratones que se lograban cazar. Cuando los médicos desde Arequipa quisieron volver, se les ordenó que no lo hicieran por temor a que trajesen la peste. Esos días, los obreros de la ciudad hicieron una manifestación pidiendo a las autoridades se evite la llegada de la peste. El 12 de octubre, que había la seguridad de que la peste había sido definitivamente vencida en el puerto, se restableció el tráfico de trenes.

En lazareto se ubicaba a los contagiados para que hagan cuarentena.

LA BUBÓNICA DE 1905

La peste de 1903 fue benigna, en comparación a la que aconteció en 1905. Apareció en Mollendo el 2 de marzo y con 8 casos. Dos días después la Alcaldía cablegrafiaba al Presidente de la República pidiendo el envío de suero antipestoso y 2,000 libras (de dinero

se entiende) para destinarlas al saneamiento de la ciudad. Se practicaron visitas domiciliarias para controlar el estado de higiene doméstico. Se cortó el servicio de trenes de  Mollendo. El 11 de marzo, un individuo sospechoso de tener bubónica, fue llevado al

Hospital San Juan de Dios, lo aislaron y le suministraron altas dosis de suero antipestoso, pero falleció tres días después. La noticia de este caso fatal en Arequipa, conmocionó a los mistianos que sentían extinguirse ante el flagelo. Como un acto humanitario, pero previo el examen médico correspondiente, se permitió el ingreso de un tren de Mejía; repleto de gente que de aquella localidad venían a Arequipa en busca de protección. Día a día crecía la peste en Mollendo, el 27 de marzo se habían detectado 38 pestosos en el puerto entre los que se contaba al propietario del hotel 4 de julio: Adolfo Martineti y a la nieta del Alcalde mollendino: una niñita Martínez.

Como la ciudad de Arequipa no tenía lazareto, un grupo de vecinos pidió al Supremo Gobierno que se destine para el efecto la propiedad que el obispado tenía en el Buen retiro.

El Gobierno dictó la Resolución que destinaba el Buen Retiro para lazareto. El obispo Manuel Segundo Ballón se negó a entregar el Buen Retiro, aduciendo que “él sólo era administrador de ese fundo que para entregarlo necesitaba licencia pontificia” (An. P. 351).

Mostajo, entregado ya a su tarea de “propaganda social”, junto con otros liberales y teniendo como vocero a El Ariete, armó todo un escándalo ante la torpe negativa del obispado y terminó convocando a un “Mitin Anticlerical” que se realizó el domingo 9 de abril en la Plaza de Armas y donde Mostajo, en violento discurso anti – católico pidió: La derogatoria del artículo cuarto de la Constitución vigente (protección del Estado a la Religión Católica), la suspensión de las temporalidades, la libertad de cultos, la laicalización de la enseñanza pública y hasta el rechazo “a los tonsurados expulsados de otras naciones”. Después del mitin, la multitud liberal convocada, paseó en manifestaciones por las principales calles dando mueras al obispo y a los frailes, condenado la insensibilidad de la iglesia y exigiendo al Gobierno de la República se hiciese respetar con los frailes. En el ínterin de la negativa eclesiástica, la Junta de Sanidad improvisó un lazareto en la “capilla del Señor San José de La Pampilla” con la consiguiente protesta del vecindario. El 14 de abril, por una orden emanada de Lima, un piquete prefectural, utilizando la fuerza, tomó el fundo del Buen Retiro, hizo un inventario y lo destinó a lazareto.

A la noticia de los muertos en Mollendo, se vino a agregar la de los muertos en Arequipa.

El obispo, Manuel Segundo Ballón, se opuso que una propiedad del arzobispado sea convertida en lazareto.

El caso más dramático lo protagonizó un “muchacho” llamado Aniceto Salinas, quien atacado de la bubónica vino de Mollendo y al no encontrar quién lo aloje, deambuló por las calles de la ciudad toda una noche preso del mal que le minaba la existencia. Cuando amaneció el 1 de abril se presentó al Hospital de San Juan de Dios, donde un médico verificó que estaba atacado por la bubónica, lo condujeron al lazareto de La Pampilla, donde 2 días después falleció. También murió la señora Josefa Obando y una media docena más de personas. En Mollendo se presentaron más de cien casos, de los que aproximadamente 40 fueron fatales.

Con ocasión de esta terrible peste, la Filarmónica dio un concierto a beneficio de la construcción del lazareto, también hubo colectas públicas. En Mollendo, para evitar la propagación del mal, se quemó el edificio de la Capitanía del Puerto. Igualmente se incineraron muchas casas de los apestados en Mollendo, Mejía y La Ensenada. ¡Se quemarían tantas en Mollendo! que los que perdían sus propiedades – sin creer en las promesas gubernamentales de indemnización – armaron un motín el 27 de abril, “grupos subversivos de gente del pueblo” quisieron linchar a los incineradores. El mes de agosto – vencida ya la peste bubónica – renunció el obispo Ballón. La Santa Sede aceptó la renuncia y nombró en su reemplazo a Fr. Mariano Holguín. Es posible que el cambio de obispo se debiera al caso del Buen Retiro, que como se ve resultó un mal retiro para el titular del Obispado Arequipeño.

Así se vestían los médicos para atender a los enfermos de peste bubónica.

*Juan Guillermo Carpio Muñoz

Texao, Arequipa y Mostajo. La Historia de un Pueblo y un Hombre.

Capítulo IX. Páginas 145 y 146

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