Arequipa

Dejar de ser el niño Dios

8 de diciembre de 2019

Una nostalgia navideña .En el centro comercial una familia posa junto al enorme árbol de Navidad. De pronto asoma la figura de Papá Noel, sin sobrepeso y con una barba rala (es decir, un impostor desmesurado). Eso no impide que muchos infantes queden completamente encandilados. «La Navidad ya está aquí», piensa y no la soporta. Le agobia. En el último mes del año él quisiera vivir en cualquier parte menos en este planeta que lo ha visto crecer, es decir, dejar de ser niño.

Por: Orlando Mazeyra Guillén

Antes esperaba ilusionado el arribo de la Nochebuena. Su padre compraba pirotécnicos. Muchísimos cohetecillos. Las luces de bengala. Su madre hacía entrar a los niños pobres a la sala para adorar al Niño. Luego les daba chocolate, panetón y una propina. Él, instalado en esa ficción de tener al menos por una jornada una familia feliz, trataba de ayudar en todo. Ahora: nada. Dejó de ser niño (o como ese Niño del pesebre). ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? No fue algo brusco, se dio despacio.
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«Ya tienes dieciocho, loquito», le dijo removiéndole los cabellos antes de darle un fuerte abrazo. «¿Y eso de qué sirve?», le preguntó sabiendo que le iba a dar ideas perniciosas. «No oigas a las malas juntas», le decía su mamá. «Que puedes llegar a tu casa ebrio si quieres, por ejemplo —le informó—. Y a la hora que a ti te dé la gana».

—No creo —repuso—. Mi vieja dice que la casa no es un hotel. Además ella no duerme hasta que yo llegue… siempre piensa que algo malo me puede pasar.

—Mira, vamos a jugar al Jara y ahí te explico todo.

—Está bien, pero ya sabes que yo todavía soy un calichín —le dijo. El Jara era un viejo billar y quedaba cerca de la universidad. Con Julián pidieron una mesa y una chata de ron que mezclaron con gaseosa. Empezaron a jugar y a beber mientras Julián, cinco años mayor —a pesar de eso seguía en primer año de ingeniería—, le explicaba todas las cosas que podría hacer ahora que había alcanzado la mayoría de edad: «Vas a poder entrar a cualquier lugar, así que no te vuelvas a hacer paltas».

—¿Te refieres a los chongos?

—Eso no es nada, mano. Hasta a los locales donde hay mechas clandestinas de perros vas a poder ir.

—¿Tú vas a esos lugares, Julián?

—¡Para que veas que estás hablando con un varón! Si tienes buen ojo puedes hacerte un sueldo básico con un par de peleas de perros. Buena plata se hace ahí, te lo digo por experiencia.

—¿Y no te sientes mal viendo cómo los perros se matan entre ellos delante de sus propios amos?

—¡Carajo, sensible me habías resultado! Tienes que saber admirar la belleza de un buen combate. Hasta cuando dos forajidos se matan a golpes por un poco de droga hay belleza.

—Creo que me estás pasteando, Julián… igual como cuando venimos al billar.

—Oye, mi perro Caramelo era un pastor alemán con pedigrí. Carísimo me costó. Ese zamarro se bajó a siete perros al hilo y me sacó de misio el año pasado, por eso la universidad me llegó al huevo. ¡Un perrazo era! ¿Crees que no lo quería?

—No, ni de a vainas.

—Cuando me lo mató un perro chusco casi me desmayo y todavía luego tuve que ir a enterrarlo en una chacra. Ese Caramelo ha sido el mejor perro que he tenido: todavía puedo recordar esos ojazos. Me miraba como pidiéndome una nueva mecha, no arrugaba con nadie.

—Yo a mi perro no lo haría pelear ni cagando.

—Mano, lo que pasa es que los perros son como los dueños, pues. Y ahí no hay vuelta que darle. Además, ¿qué raza es tu perro?

—Es un pequinés.

—Ah, ¡no sirven! De adorno nomás. Esas mascotas son para hembritas. Yo te hablo de perros para hombres porque a los dieciocho uno ya es hombre, ¿entiendes?

Tenía que meter la billa más fácil de todas. La última: la número quince. Si lo conseguía le ganaría por primera vez una mesa a Julián. Tomó el taco, le echó bastante tiza, calculó varias veces el tiro. Se acomodó con calma mientras su amigo se lo trabajaba con labia, diciendo groserías, prometiéndole que haría pelear a su pequinés detrás del camal: «Se lo van a comer de un solo bocado», le advertía con tono burlón.

—Ya, pues, carajo —se molestó—. Julián, déjame taquear tranquilo.

—Está bien, me quedo callado —le dijo—. Pero vas a ver cómo la fallas. Te demoraste mucho, ese ha sido tu peor error. Ya estás muñequeado.
Volvió a tomar el taco y, fastidiado más de la cuenta, sintió una presencia extraña. Alguien lo observaba. Era como una suerte de premonición o algo semejante.

—¡Taquea, pues! —le ordenó Julián.

—No puedo.

—¿Qué? ¿Arrugas? Habla, porque si no taqueas ésta es mi mesa.

—Siento algo extraño…

—¿Qué te has metido en el baño, Mazeyra? ¿No me digas que ya te rompiste la nariz con los polvitos blancos del tío Jara? Y yo creyendo que eras un santito, un hijito de mamá que cuida mucho a sus perritos mansos.
«Mamá», pensó y miró hacia la calle. Allí, en el paradero, estaba su madre con su hermano menor. Parecían llevar mucho tiempo sumidos en una tensa espera. Ambos no se atrevían a pisar el billar, pues era como contaminarse. Además su hermano apenas tenía trece años y había que protegerlo de esos ambientes, porque había escuchado que un vecino del barrio advertía que del billar a la cantina había un solo paso.

«Pero, ¿por qué al menos no me grita o me llama?», pensó contrariado. Soltó el taco y salió corriendo al encuentro de su madre. «¿Para esto te he intentado dar una buena educación? —le preguntó ella decepcionada—.

Estoy tirando la plata al agua».

—No. Claro que no, mamá.

—¿Entonces qué haces acá con esta gente ociosa y desperdiciada?

—Es sólo un juego. También viene mi primo Emiliano, lo vi la semana pasada.

—¿A mí qué me importa el imbécil del Emiliano? Te estoy hablando a ti, tú eres mi hijo. ¿Me vas a decepcionar?

—No.

—Júrame que no me vas a decepcionar, hijo mío.

—No, mamá. No lo haré.

—Mira que lo estoy poniendo a tu hermano de testigo.

—Lo sé.

—Entonces vámonos y no vuelvas a pisar ese hueco de malandrines.
Se fueron a pie hasta la casa. Cruzaron la avenida San Jerónimo. Su madre se persignó al pasar por el seminario (siempre quiso tener un hijo sacerdote). Luego cruzaron el puente Bolívar y llegaron a casa. Su perro los recibió moviendo la cola. Él ya tenía dieciocho. No para ella. Siempre sería su hijo («el engreído», le decía su hermana). Por eso cuando, a la semana siguiente, volvió a pisar el billar sintió otra vez que su madre lo observaba.

¿Estaba afuera? No. Ya no. Sin embargo, sabía que ella lo miraría siempre, sin necesidad de estar presente. ¿Así sería Dios? Se fue haciendo viejo: en las cantinas y en los billares siempre sentía cómo su madre lo observaba, decepcionada y trémula. Avergonzada del hijo que siempre la decepcionó.

«Lo siento», le dice a la noche y sigue haciendo lo que ya pueden hacer todos los adultos. Alguna vez, envalentonado por el licor, merodeó el canchón que quedaba detrás del camal: allí se organizaban peleas clandestinas de perros. No se atrevió a entrar. Para ciertas cosas no alcanzaba ni la mayoría de edad. «¿Soy sensible o cobarde?», se preguntó masticando una nueva sensación de fracaso. El DNI, en realidad, no servía para nada. Ojalá el Niño Dios pudiera volver a nacer en su corazón.

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