Arequipa

¡DESCANSE EN PAZ, ÍDOLO!

3 de agosto de 2020
Eduardo “Patato” Márquez falleció este lunes

Eduardo Márquez Obando, campeón de la Copa Perú de 1971 y figura histórica del F.B.C. Melgar pasará a la historia por su amor al club de la calle Consuelo y por aquella frase que lo decía todo: «Cuando me pongo esta gloriosa rojinegra, me siento más orgulloso que el mismo Misti».

Por: Orlando Mazeyra Guillén

En el perfil periodístico «Patato: el goleador humilde que miraba al frente» (Quimera Editores, 2018) de Jorge Malpartida Tabuchi, Eduardo «Patato» Márquez (1944-2020), quizá ganado por la nostalgia y anhelando volver a vivir aquellos años de gloria futbolística, le pide a su interlocutor que le haga llegar un mensaje a los hinchas: «Me gustaría que siempre que me vean por la calle me pasen la voz, que nunca me olviden porque a veces sucede eso con los futbolistas, pasa el tiempo y ya nadie te conoce».

Y, ¿por qué lo recordaremos todos los hinchas rojinegros (inclusive los que, como yo, nunca lo vieron jugar) ahora que el ídolo ya descansa en paz? Malpartida intenta dar una respuesta: «Si Patato Márquez no entrará en la historia del fútbol por la cantidad de goles que hizo, existe un rasgo en su personalidad como futbolista que le puede asegurar la inmortalidad entre los hinchas: su tenacidad por atacar […] “Era distinto al resto de delanteros porque nunca agachaba la cabeza ni renunciaba a su labor ofensiva”, dijo el periodista Óscar Soto Solís».

Jamás olvidaré la noche en que por fin lo pude conocer. Era el sábado 26 de setiembre del año 2015. Roberto Challe había tomado, una vez más, el mando del club crema que llegaba a Arequipa invicto y en alza —aunque inflado como siempre por los medios deportivos de Lima—, amenazando con aguarnos la fiesta del centenario. Melgar no había perdido ningún partido en Arequipa. Había ansiedad, quizá un poco de temor por parte del hincha, pues el título en los cien años del club no se nos podía ir de las manos. Y no se nos fue. Dimos un paso enorme ganando con goles de dos extranjeros que armaron una sociedad irrepetible: Omar Fernández Frasica y Bernardo Cuesta que ahora volvieron a juntarse en el club mexicano Puebla. Primero, anotó el colombiano; y luego el argentino. 

Yo, luego de la victoria, salía eufórico del estadio de la UNSA y me moría de hambre. En la avenida Dolores pude por fin divisar una pollería. Ni bien puse un pie dentro del establecimiento, reconocí a «Patato» sonriendo a sus anchas. Al parecer él había decidido comer un rico pollo a la brasa luego de ganarle con autoridad a Universitario.  

Mi timidez casi me impide aproximarme. No quería importunarlo. Me acerqué a su mesa despacio y, haciendo acopio de valor, le hice la pregunta de rigor, por si acaso, pues uno nunca sabe: 

—Usted es Patato, ¿no es cierto?

Uno de sus familiares, quizá un nieto o uno de sus hijos, me dijo orgulloso: 

—Claro que sí, es Patato Márquez, ídolo del Melgar. 

A él, esto que narro a vuelapluma, le debió de haber pasado incontables veces, tantas que quizá no se habrá imaginado el valor sentimental que tiene para un hincha rojinegro. Por eso todavía recuerdo mi emoción cuando le pedí permiso para sentarme en su mesa, apenas un instante, e inmortalizar aquel encuentro. 

—¡Claro! —me dijo con la mayor amabilidad del mundo y me senté a su lado. 

Cuando uno de sus familiares estaba listo para fotografiarnos justo llegaron todas las piernas de pollo que habían pedido y a él se le ocurrió hacernos la instantánea con las piernas de pollo a la brasa: 

—Hoy hemos comido gallina —me dijo y celebramos la ocurrencia. 

Toda esta historia gloriosa del club más importante del fútbol arequipeño no hubiera podido erigirse sin el concurso de aquel muchacho despabilado que primero fue alcanzabolas y luego se transformó en el ariete del equipo (cuando era un niño en vez de decir zapato, decía Patato, así nació su apelativo). Acá encuentro un notorio parecido con la biografía de otro deportista mistiano de excepción: Alejandro Olmedo, el tenista arequipeño más grande la historia y el único peruano en ganar torneos de Grand Slam. Olmedo, al igual que Márquez, se inició como alcanzabolas: mirando, aprendiendo, escudriñando; es decir, anotando mentalmente para luego replicar y mejorar, pulir aquel juego que por entonces ejecutaban otros. Uno (Olmedo) como alcanzabolas en el club Internacional; y otro (Márquez) como recogepelotas en el estadio Melgar.  

Así fue germinando la carrera de Eduardo Márquez Obando, a quien muchos recuerdan como un jugador renegón dentro del terreno de juego, pues no le gustaba perder. Y es precisamente el capitán de aquellos años, Armando Palacios, quien recuerda a Patato como alguien con dos personalidades: una dentro del terreno de juego y otra, la contracara, fuera de él. El propio Palacios hace una comparación que viene de perillas: Patato dentro de la cancha era un ganador nato con la actitud y el coraje de Cristiano Ronaldo. Sin embargo, cuando acababa el partido, él cambiaba el chip y se transformaba en un humilde mortal que nunca tuvo vocación por el relumbrón, una mansa paloma a la espera de un nuevo partido (un nuevo portero al cual había que batir).

La gente que ignora la biografía de Patato Márquez se sorprenderá cuando sepa que Melgar lo compró al club Estrella Mistiana a cambio de un juego de sillas y una mesa. Eran otros tiempos, sin ápice de duda, se jugaba por amor a la camiseta. A propósito de esto, creo que vale la pena subrayar lo que mi maestro de primaria, Benigno Pérez Valverde (campeón nacional en 1981), confesó en una entrevista: él como profesor de educación física en el colegio La Salle ganaba más que como jugador de Melgar. 

—¡Nosotros jugábamos por amor a Arequipa y a Melgar! —afirmaba orgulloso. 

Con Patato ocurría lo mismo. Me dirán romántico, pero es preciso rescatar a la gente que ama a su tierra y antepone el cariño por los colores del club antes que el exacerbado culto al dinero. Sobre todo, sabiendo que muchos futbolistas de élite ganan cantidades de dinero que resultan «obscenas» en palabras de Marcelo Bielsa. 

El desaparecido y eximio arequipeñista Juan Guillermo Carpio Muñoz sentenciaba que había tres formas formidables de arequipeñizar al foráneo y también de generar espíritu de pertenencia en el arequipeño. El historiador hablaba del FBC Melgar, de la picantería mistiana y de las famosas peleas de toros. 

Como arequipeño inflo el pecho cuando veo al cerebral Joel Sánchez construir paredes o hacer centros precisos que se convierten en gol; y también cuando Paolo Fuentes, aguerrido defensor rojinegro, se barre y recupera el balón. ¡Son arequipeños! Tan arequipeños como Patato, aquel mítico goleador al que no vi ni siquiera por registro fílmico pero que enfrentó al considerado por muchos expertos en la materia el más grande portero de la historia del fútbol argentino: Amadeo Raúl Carrizo, quien no supo aceptar el gol que le marcó Patato y, a pesar de que los argentinos vencieron, arguyó que fue por el mal estado del campo de juego que no pudo dejar su valla invicta.

Mi padre y mi abuelo sí tuvieron el privilegio de disfrutarlo. Y siempre me narraban, quizá cayendo en el exceso, los golazos de Patato. Él mismo reconoce en las páginas del libro de Malpartida que exageran: «Cuando me narran mis goles, goles que ya no recuerdo, les pregunto si en verdad están hablando de mí». Y siempre estaremos hablando de él porque a través de Cuesta —arequipeño por adopción—, Joel Sánchez o Paolo Fuentes su recuerdo y su legado permanecen más vivos que nunca. Pues, como reza el himno de Arequipa: siempre tendremos juventudes que renueven laureles de ayer. 

Humildad y don de gente. Espíritu ganador. Amor volcánico por Arequipa. Me lo imagino amarrándose una vez más los machuchos antes de saltar al césped del estadio Melgar y colocándose esa camiseta que lo hacía sentirse más orgulloso que el mismo Misti. ¡Siga, Patato! Siga mirando el arco rival y listo para renovar el grito de gol. Luego de traernos la Copa Perú y de darnos tantas alegrías tiene todo el derecho del mundo de descansar en paz. ¡Gracias, maestro! El Misti está orgullosísimo de usted.

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