Columna

Domingo: silencio árido y sepulcral

18 de agosto de 2020
“Last fourth” Hope Gangloff 2017

Por: Adrián Manrique Rojas

Un brusco ladrido de algún perro madrugador irrumpe mi sueño caótico y me hace despertar con un sobresalto diferente, pues hoy es domingo, el día más extraño de la semana desde hace algunos meses.

Mi mano divaga entre los libros de la mesa de noche para encontrar el celular y anotar en mi bitácora mental la hora en que desperté, un ejercicio que vengo aplicando con increíble constancia desde que empezó esta terrible pandemia. Cuando lo tomo, me doy con la sorpresa que está sin batería. Intento conectarlo a cargar, pero fracaso al descubrir que no hay luz.

¡Han cortado la luz! Digo para mis interiores maldiciendo a la empresa que administra este servicio, lamentando no poder darme mi dosis matutina de noticias, mismo adicto al móvil como fuente de placer. Me levanto de mal humor y siento como va creciendo la ansiedad por afrontar el día más silencioso de la semana con el doble de silencio. No quiero imaginar tener que aguantar tantas horas sin oír algo de ruido, en la radio, la televisión o en el refrigerador.

Esta misma sensación es replicada en mi madre, que acostumbrada al crujir de la licuadora y la pastosa voz del locutor radial de las mañanas me pega una mirada de desazón.

– Cortaron la luz desde temprano, ¿qué habrá pasado? Me dice con un tono bastante apagado.

Dubitativo levanto los hombros en señal de desconocimiento. Subo al techo y contemplo que el incendio forestal en las faldas del Misti continúa. Toda la noche ha ardido. Me apoyo en una pared y desvío mi mirada hacia la ciudad, la observo limpia, con poca o nula presencia de esa nube de contaminación que lastimosamente nos acompaña en nuestro día a día.

El silencio resulta sobrecogedor; ni los pájaros cantan, solo se alcanza a percibir el eco de la nada, el árido y sepulcral silencio del temor que nos mantiene en vilo, producto de esta epidemia, en el peor año de nuestras vidas.

Ese mismo silencio me hace recordar a todos aquellos que se han ido, a todos aquellos que han sufrido el dolor de la derrota, a aquellos que teniendo aún más por decir han sido silenciados por un enemigo invisible y a aquellos que hablan demasiado y deberían ser silenciados para evitar mayores vergüenzas. El silencio, a pesar de personificar a la nada es también irónico como un cuchillo de doble hoja que corta el sonido para bien o para mal. El silencio es lacerante y en este contexto se vuelve en un terrible recuerdo de los tiempos tan desgraciados que vivimos, de la voz de mis familiares que ya no oigo, de las risas de mis amigos que no celebro y de los sollozos de mis penas que prefiero – irónicamente- silenciar.

El silencio en tiempos de coronavirus nos quita la vida, nos resquebraja, nos aqueja y nos disminuye.

Quizá la acelerada vida que vivíamos antes de la pandemia nos quitó la gracia de valorar el silencio, y nos acostumbró a vivir así, entre ruidos; o quizá el silencio solo nos hace caer en la realidad actual, añorando las épocas cuando el sonido de la música de los vecinos secundaba las risas de las reuniones familiares que alegraban las mañanas del domingo.

Lo cierto es que nuestra vida ha cambiado, y seguirá haciéndolo, pero el silencio no cambiará. No dejará de recordarnos estas tristes mañanas de agosto, sin celebraciones por Arequipa y sin luz por culpa de la empresa que se encarga de administrar este servicio.

Entre tanto siento a mi madre llamarme con una voz renovada para tomar el desayuno, sonrió y bajo pausadamente las gradas.

Será un domingo difícil de digerir, pero la voz de mi madre, serena y entrañable se encargará de romper este silencio que por lo menos hoy no deseo escuchar.

Mañana será un nuevo día, y de seguro el ruido volverá. Sí, felizmente volverá.

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Massive Attack caminando en mis zapatos

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