Arequipa

“El arte de no leer”

9 de junio de 2019

Parece contradictorio promover el hábito de la lectura y al mismo tiempo establecer criterios de selección para leer libros que redunden en la formación integral de las personas. Los buenos libros serán los elegidos.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

En polémica afirmación, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788 – 1860) sostuvo la necesidad de ser más selectivo con los libros de lectura. Sobre todo en una época, como la presente, en que parece que el tiempo es insuficiente para hacer varias cosas a la vez. Además, nuestra corta existencia no alcanzaría para leer la infinidad de libros que atesoran las bibliotecas públicas. ¿Cómo hacer para leer de manera ordenada y provechosa? Es una pregunta que cualquiera de nosotros podría formularse para establecer una ruta del conocimiento.

Sobre el particular, el notable psiquiatra arequipeño Honorio Delgado Espinoza (1892 – 1969) en su libro “De la cultura y sus artífices” (Madrid: Aguilar, 1961) señalaba que el discipulado era muy importante para contar con los medios necesarios para seleccionar las lecturas más provechosas. Se requiere de un maestro que oriente al discípulo. Algo parecido hizo Virgilio con Dante, en la Divina Comedia, cuando juntos ascendieron los círculos del infierno y el purgatorio. Leer por intuición, sin seleccionar adecuadamente una lectura podría resultar un ejercicio poco beneficioso para el lector.

Honorio Delgado Espinoza no simpatizaba con la lectura autodidacta. Es decir, leer de manera intuitiva, sin una orientación. Esta práctica exponía al lector a no invertir bien su tiempo y tampoco a poder cultivar su ingenio. El diletante en sentido negativo, es aquel que, de acuerdo a lo dicho por el psiquiatra arequipeño, solo lee por el afán de acumular datos, “sin lograr la perfección de nada, por falta de base sólida, de método, de crítica; en una palabra, de formación”. En cambio, el diletante en sentido positivo, es el lector autodidacto, pero “perspicaz y desinteresado”.

¿Qué leer? Es otra pregunta muy común. Honorio Delgado recomienda la lectura de los clásicos, los autores grecorromanos, allí está la respuesta a muchas de las interrogantes del presente, y de todos los tiempos, porque son obras inmortales de la literatura universal y de la filosofía. En esas páginas, escritas como si fueran atemporales, hay pasajes que iluminan el pensamiento e invitan a la reflexión.

Casualmente, el profesor italiano Nuccio Ordine en su libro “Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal” (Acantilado, 2017), recomienda la lectura de los clásicos. Según sostiene, ese tipo de obras permite entendernos y entender el mundo que nos rodea. Sigue diciendo, que los clásicos pueden salvar la escuela y la universidad, “haciendo la enseñanza más auténtica”; pero también la escuela y la universidad es una garantía para la existencia de los clásicos.

Se trata de proponer la lectura de buenos libros. ¿Acaso no todos los libros son buenos? Es otra pregunta que nos hacemos en algún momento. El lector que es un consumidor de conocimiento puede optar entre un producto que lo satisface, pero que no le hace provecho, y otro que, además de satisfacerlo, lo potencia en su salud mental. Sin embargo, la industria editorial se encarga de posesionar ciertas obras con marcado interés comercial. Esto no garantiza que las obras más publicitadas sean necesariamente buenos libros, solo es marketing publicitario, para vender la obra. Nadie niega que cualquiera sea la naturaleza de la obra publicada haya sido producto del esfuerzo humano en su constante búsqueda y producción del conocimiento. Pero también es cierto que hay obras que han trascendido en el tiempo, porque encierran contenidos imperecederos. La mayoría de ellos son los clásicos antiguos y modernos. Alguien dijo, quién se acuerda de los políticos que gobernaron en la época de Cicerón o Séneca, nadie, excepto los estudiosos de aquellas épocas. Lo que verdaderamente trasciende en el tiempo es el pensamiento, las ideas, contenidas en los libros. Es cierto que no todas esas obras han merecido ser reimpresas, sobre todo de épocas posteriores a los clásicos de la antigüedad. Sin embargo, son un referente de la cultura y un elogio constante de la capacidad humana.
Volviendo al presente, es difícil acceder a tanta información. Solo las bibliotecas físicas, y sobre todo virtuales, son capaces de almacenar tanto contenido. Por eso, es preferible optar por los buenos libros. Al respecto, hay consenso pacífico en señalar que los clásicos de la literatura, la historia y la filosofía son los más recomendables para un lector ansioso de conocimiento.

Como dice el profesor Ordine, el aprendizaje debe dejar de ser utilitarista, para volver a sus raíces humanistas. Ahora mismo en las escuelas y universidades se están formando técnicos y no profesionales, capaces de reflexionar, interpretar, contar con juicio crítico. El utilitarismo solo requiere operarios, que antes estaban en las fábricas, pero que ahora los podemos encontrar por todos lados, faltos de imaginación y creatividad, que solo produce el verdadero conocimiento.

Todo esto ha conllevado en las escuelas y universidades a la superficialidad en el conocimiento. Se extraña la capacidad de análisis Como afirma el profesor Ordine, lo que predomina es lo cuantitativo y no lo cualitativo. Urge revisar este tema desde diversas perspectivas, como planes de estudio, por ejemplo. Pero lo más importante es el profesor, como agente de cambio en la vida escolar del estudiante. La educación y la cultura son ejes claves para la sostenibilidad de cualquier sociedad, no pensando en el presente inmediato, de corto plazo, sino en el futuro responsable.

Considero que esta situación se puede interpretar como una reacción a los tiempos que vivimos. Recuerdo que en los años noventa del siglo pasado, cuando se hablaba de la globalización, aparecieron textos que abogaban por conservar lo peculiar, lo propio, lo autóctono. Ante la pretendida pérdida de los hábitos y costumbres, como efecto de la globalización, se propuso mantener las tradiciones, como parte de la identidad de los pueblos. Esa reacción produjo una revalorización de las mismas, y a gestionar el reconocimiento del patrimonio material e inmaterial de los pueblos. El pasado como legado que debemos conservar para el futuro. Como, por ejemplo, las bibliotecas patrimoniales, que atesoran joyas bibliográficas, obras que no son exclusivas de una ciudad sino de la humanidad.

El historiador global Yuval Noah Harari en su libro “21 lecciones para el siglo XXI” (Lima: Debate, 2018), reflexionando sobre la educación, apunta que en una época en que existe mucho conocimiento producido, y mayores posibilidades de acceder a ese conocimiento por la Internet, cabe ser más selectivo. Dice: “(…) la gente necesita la capacidad de dar sentido a la información, de señalar la diferencia entre lo que es y no es importante (…)”. ¿Cuál sería lo importante? En mi opinión, lo que beneficie a la persona en su formación integral y humanista. Esto también es una reacción contra el utilitarismo del aprendizaje. En la era digital, sin duda, se requieren otras habilidades y competencias, pero sin sacrificar los buenos libros, que también son patrimonio de la humanidad.

Yuval Noah Harari sostiene que, hoy, la persona necesita reinventarse una y otras vez, ¿de qué manera? En mi opinión, solo el conocimiento suministra esas herramientas para potenciar nuestra capacidad que permita reinventarnos con nuevos emprendimientos académicos. Sin el conocimiento siempre habrá limitaciones, con el conocimiento se abrirán nuevas oportunidades.

Según Harari, la educación de hoy no necesita potenciar las habilidades técnicas de los estudiantes, porque la tecnología está en constante cambio. Justamente, para no ser rebasados por la tecnología se requiere que en las escuelas se forme a los estudiantes con otro tipo de competencias. Como dice Harari, apoyándose en la opinión de varios pedagogos contemporáneos, lo que necesitan los estudiantes es “pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad”. Sobre todo esto último. Desde mi punto de vista, es notoria la ausencia de creatividad, para poder reinventarse en tiempos de permanente cambio. Digamos que el ingenio de muchos peruanos por adaptarse a las condiciones adversas del medio es una muestra de creatividad, aunque sea en la informalidad. Esto mismo debería replicarse en el ámbito académico. Ser creativos, para incursionar en otros campos del conocimiento, para proponer nuevos métodos de investigación.

A modo de ejemplo, el escritor arequipeño Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, alguna vez confesó en una entrevista que en la actualidad si una obra literaria no lo atrapaba desde un inicio, inmediatamente dejaba de leerla. Es por eso que Schopenhauer habló del “arte de no leer”, o sea la facultad de poder prescindir de los libros que no contribuyen a la formación académico, ni tampoco a fortalecer los valores y principios.

Un apunte final: para la selección de los buenos libros será necesario aplicar algunos criterios, que para algunos podrán ser muy subjetivos, pero que tienen la finalidad de salvaguarden la higiene mental de las personas.

 

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