Arequipa

El diario de Nicolás

21 de julio de 2019


Oír voces interiores es apenas el punto de partida para macabras confesiones

Por Orlando Mazeyra Guillén

Los alcancé a oír por detrás de la puerta. Es esquizofrénico, le dijeron a mi madre, casi recitando el diagnóstico. Esas alucinaciones no son producto de ninguna droga, señora, su hijo está perdiendo la cordura y lo que usted ha visto hasta hoy es nada, algo insignificante; puede tener reacciones aún peores, estos pacientes adquieren una fuerza brutal cuando alcanzan el pico de sus estados alterados. Si le contáramos todo lo visto en casos similares al de su hijo sólo la alarmaríamos y con eso no ganamos nada, ¿comprende?

Ahora decidían mi futuro sin contar con mi anuencia: ¿no era ésa una total falta de respeto? Hablaban de no perder el tiempo, de ser prolijos, internarme lo más pronto posible. «Lo mejor para su salud mental será una terapia electro–convulsiva, entiéndalo bien. Los resultados son notorios en un plazo prudencial, aunque no todos responden de la misma manera.» Establecían los pasos a seguir, escribían mi destino, ¡mi destino! ¿existía ahora tal cosa, a quién le pertenecía? Lo hacían pausadamente y con cierta amabilidad que, por un instante, me resultó hipócrita, repulsiva. Fue el interés, la curiosidad, lo único que me contuvo, atornilló mi oreja a la puerta. Porque sentía unas ganas tremendas de entrar a la habitación y darle un escarmiento a ese par de sabandijas parlanchinas.

Cuando cuchichean a tus espaldas —con mala fe, sin el menor decoro—, sientes dolores agudos en la boca del abdomen, náuseas que apremian y echan a andar una desesperación sin piernas, sudores que aparecen como venidos del averno, te empapan todo: las manos, los sobacos, la frente, el sexo; y luego se van, abriéndose paso entre tu zozobra. Pero los sujetos que le llenaban la cabeza de ideas a mamá, no se iban, seguían hablando de mí y de un problema que yo creía resuelto. Sí, hace dos años, en Nochebuena, había querido ahorcar a papá por hacer sufrir a toda mi familia. Fue un ajuste de cuentas maquinado desde mi infancia: lo haría con su propio cinto, con el mismo con el que nos había golpeado hasta la súplica indigna del que se sabe maniatado. Y, mucho después, acosé a la esposa de mi hermano Víctor. Irrumpí en su baño mientras ella se duchaba y me puse a hacer «tontería y media», como decía mi primo Marco cuando recordaba que él mismo me había encontrado mostrándole el miembro y pidiéndole, como en el vals, un poco de «cariño bonito». Luego vinieron las cápsulas amargas, seguidas de inyecciones periódicas; las charlas con ese psiquiatra insolente que decía ser mi amigo (mi mejor amigo). Me atiborraron de medicamentos que me tenían adormecido, somnoliento, perdido en mi presente, tironeado por un pasado que siempre me había reprochado a mí mismo. Me quedaba dormido en las bancas del parque, en los asientos del metro. No sólo eso. Al despertar me encontraba con mis babas alargándose sobre mi camisa y humedeciendo todo mi cuello. La gente no sabía ocultar sus burlas. Viejos mirándome absortos y niños señalando mi ridículo a vista y paciencia de madres compasivas. Nunca reaccioné. Jamás ataqué a gente ajena a mi casa. Sólo atinaba a pasarme el pañuelo, con fuerza, palmoteándome la cara para espantar ese endemoniado sopor.

Antes de dejar los medicamentos me sometí a una última hipnosis de la que desperté algo sobresaltado: un tren había arrollado a toda mi familia. «Ese tren eres tú, Nicolás», me dijo. «No le entiendo, doctor», alegué atolondrado por esa experiencia que había tocado con mis propias manos: «¿cómo yo voy a ser un tren?».

—Es una metáfora —me aclaró convencido—, ¿entiendes lo que es una metáfora?

—Hágamelo saber usted —le ordené mientras me levantaba del diván—, ¿no dice que es mi mejor amigo? Los amigos siempre nos hacen entender las cosas…

—Nicolás, quédate sentado —me ordenó—. Tú sientes mucho odio, odias no sólo a tu padre sino a toda tu familia y estás buscando medios para deshacerte de ellos, inventando conflictos…

—¿Inventando conflictos? ¿Ha vivido usted en mi casa? ¿Ha sufrido usted los maltratos de mi padre?

—No —reconoció, mientras tomaba apresuradas notas en mi historia clínica—, pero eso no viene al caso. Ese tren eres tú, es el medio que has escogido para aplastar a lo que consideras ofensivo.

—Entonces el tratamiento no sirvió de nada.

—Lo que pasa es que no me hiciste caso, Nicolás, seguramente siempre estuviste despierto. Te resistes a colaborar, te resistes a recibir mi ayuda. Tienes que volver en un par de días.

—¿Para qué?

—Volveremos a intentarlo.

No volví. Le dije a mi madre que no volvería al psiquiatra y apoyó mi decisión sin meditarlo. La odié por eso. Sentí que ella era mi cómplice. Se había rendido tan rápido la infeliz, ¡qué sabía ella del dolor! Era una pobre mujer que nunca había descendido a los abismos, ahí en donde los dolores son ecos que profanan el vientre del pasado y escupen en la frente del futuro. Somos pocos los que sabemos de dónde viene y hacia dónde va la gente, o lo que yo llamo, la carne pútrida, esas hordas de individuos sin una pizca de sentido común, contagiados de lo mismo. Vaguedades, no eran más que vaguedades andantes que se estrellaban contra la rutina, la licuadora del alma.

Yo estaba por encima del resto, o sea, en la suela misma de sus zapatos. No toleraba tanta sabiduría. La locura es un peldaño peligroso, provoca violencia, desencadena sinsentidos atroces, por eso a veces rasguño mi pene con guijarros filosos. Y luego venía la paz, la liberación de todos mis deseos, en donde hasta entiendo a papá, o no necesito entenderlo. Nirvana, o algo que se le parezca.

Por eso me recosté al pie de la puerta y los dejé deliberando. Tomando las decisiones importantes. Porque siempre es mejor que otros decidan por uno mismo. Duele menos. Un suspiro es la antesala perfecta. Todo cuadra, se reduce, cabe en una baldosa y se exprime, desaparece.

Al poco rato, algo interrumpe la travesía onírica, siento los labios demasiado apretados, me arden. Freno por completo a mi mente y exploro el entorno: los libros de mi vida cimentando los rincones de la habitación, películas memorizadas y un póster rotoso de “Pulp Fiction”.

—Nicolás, ven a almorzar —grita mamá y ahora sé que estoy en casa. Las voces vuelven mientras me calzo las pantuflas. Ahora, piden permiso, me dejan tomar nota, anotar detalles, imaginar el nudo de la historia. Las voces, vienen y se van, a veces maleables, a veces rebeldes, discuten, luchan y estallan. Hay un cónclave fugaz, todo se decide aleatoriamente.

«Esquizofrenia», les digo y todas callan: «Voy a hacerme internar».

Abro la puerta despacio. Veo a viejos, niños y gente como yo, todos vestidos de la misma manera, parecemos reos de una cárcel elitista: indumentaria blanca, zapatillas impecables o pantuflas confortables. Uno de ellos lleva babero, se aproxima y me besa los labios hasta humedecerlos. Lo tolero, no reacciono, parece estar mal de la cabeza. Una señora con bata lo llama por su nombre y lo jala, apresurada, sin violencia: «No pasó nada, Nicolás, no pasó nada —me dice sonriente—. Sólo fue un beso».

—¿Y mi mamá? —le pregunto pasándome la mano sobre los labios. Quiero escupir pero me avergüenzo.

—Está allá —me dice señalando a una anciana fatigada, casi vencida por la adversidad y las malas horas que asediaron su vida—. Te trajo unas empanadas riquísimas, apúrate que hace rato te estuvo llamando. Todavía no has almorzado.

Corro y la abrazo, me aferro a ella. «¡Ay, Nicolás, qué cariñoso estás hoy!», me dice.

—Te escuché, mamá, te escuché detrás de la puerta.

—¿Qué te dije? ¿Cuéntame que te dije, hijito?

—Eso es lo peor de todo: no dijiste nada… no dijiste nada, ¡no me defendiste! Sólo hablaban ellos, tú no hacías más que escucharlos. No me defendiste, ni una sola palabra…

—Yo siempre te defiendo, siempre estoy contigo.

—¿Y papá? ¿Por qué papá no viene? —le pregunto. Y el silencio acusa, reclama. Todo parece tan real. Tengo el grueso cinto, se lo anudo al cuello mientras él duerme la siesta de la tarde. No hay nadie en casa. Lo estoy matando, zarandea, lucha, trata de zafarse pero soy fuerte. Ahora sí soy fuerte. Nunca tuve tanta fortaleza, me admiro de mí mismo. Disfruto.

«Estoy escribiendo todo lo que sueño, anoto todo, mamá».

—¿Quieres más libros?

—No, nada de eso. Quiero que venga papá.

—Ya vendrá, ya vendrá…

—Mamá, ¿quiero saber cuándo empecé a escribir? ¿Fue antes o después de lo de papá?

La pregunta la parte en dos. Echa a llorar y la misma mujer de hace un rato se le aproxima. Le entrega un pañuelo y la tranquiliza. Saca unas pastillas de su bata y pienso que son para mamá.

—Abre la boca, Nicolás —me dice. Y yo obedezco sorprendido. El viejo sabor amargo. Las trago con un poco de jugo de maracuyá. Corro a mi habitación y tiro la puerta. Las voces vuelven, se sostienen entre ellas, se confunden con mamá y sus empanadas. La enfermera, desde el otro lado de la puerta, me pregunta si me siento bien y llaman al doctor, a mi mejor amigo. Seguramente utilizará esa palabreja: «metáfora». Nunca me dice nada acerca de esta gran soledad, esta situación que no varía, que se repite a diario; que no me gusta y me persigue. Ya me lo imagino a mi gran amigo, desparramado en su gran sillón, llenando papeles con sus ideas acerca de metáforas de una situación existencial de insatisfacción. ¡Hay que salir del hueco, Nicolás!, me dirá, tú que eres tan vital y alegre. Y nunca lo que necesito escuchar, lo que yo mismo sé: me apena que te sientas tan solo o atormentado por algo, Nicolás, me gustaría ayudarte a sobrellevar esa locura. Te entiendo, a mí me suele pasar lo mismo…

No escucho a papá, nunca dice nada, sólo habla cuando sostiene el cinto. Ésa siempre fue su única manera de expresarse. Dejando todo en claro. Un animal infinito. Lo miro cuando me veo en el espejo. Y cuando no lo veo, siento su presencia, ahí: tras la puerta.

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