Columna

El Funcionario después del COVID-19

28 de junio de 2020

Por Lucas Z Granda

               El día empieza temprano, junto al inicio de semana, se configura un trabajo arduo y poco reconocido en el sector público, lleno de reuniones de trabajo, tocando temas desde el color que deben ser la lista de asistencia, hasta los cabildos abiertos de fiscalización de la sociedad civil organizada. El día marcha, las preguntas y respuestas que buscas dentro del sistema gubernamental son utópicas, inexplorables y burocráticas, claro, para quien hace el ejercicio de repensar las estructuras que guían nuestra sociedad, que no ha de ser muchas personas o funcionarios, nos gusta sentirnos un engranaje de la máquina que avanza. Y si incursionamos por primera vez en la gestión pública, tienes que saber que no hay lugar para la academia, para hacer investigación, ni pensar en armar una estrategia planificada que rompa esquemas mentales, al menos no en la configuración del gobierno local, provincial y regional, pero si pagando consultorías o asesorías externas que ayuden a analizar y mejorar la calidad del gasto que los funcionarios públicos lo han mecanizado, es una práctica que debe romperse, y estamos empezando por recalcar el problema. Lo deseable hoy en día es ser técnico, político y académico si queremos aportar con ideas estructuradas, reales y consistentes que solucionen problemas de nuestra sociedad, manteniéndose en el tiempo. Así es un lunes.

                Entre menos reuniones con la población tengas mejor, es sobresaliente pasar desapercibido para que no hable la gente, la población no se informa por eso no hay que perder el tiempo explicándoles en que hemos gastado o implementado dentro del distrito, yo me dedico a mi trabajo y cumplo un horario dentro de mi institución, culminándolo me retiro de inmediato. Solo es una muestra de migajas de escusas que usan las y los funcionarios para poder evitar algo que va a llegar, el mar humano pidiendo cuentas y saldándolas a través de la opinión pública, las explicaciones y los pagos por los errores serán evidentes. ¿Por qué el temor de decir lo que está pasando? ¿Por qué no tener las agallas para sentar una posición, como persona o institución respecto a un tema?  Son parte de varias preguntas que cohesionan en la frase: “mientras menos reuniones con la población tengamos será mucho mejor”. Y es justamente este dogma que ronda como un fantasma en los gobiernos locales, sin importar la persona o las cualidades que vengan con ella, esta forma de pensar, hacer y hablar se impregna en el self del funcionario como actor crucial, en esta estructura que le pertenece al Estado. Dictándole mecanismos de hacer las cosas sin aplicar la razón de porque se hacen.

                Por otro lado, contraponiéndose a la frase expuesta anteriormente, se muestra: “la voz del pueblo es la voz de Dios”. Prácticamente es una carta de libre de hacer y deshacer lo que sea, cuando te organizas (aglomeras gente), quien grita más hasta ponerse morado, no sedes a la razón, no consideras los puntos técnicos o científicos de expertos, abunda la desinformación, primando la intuición (valen las brujerías o la necromancia), se consolida la especulación y se concluye en la toma de decisiones de manera impulsiva. Sería ironía si decimos que esto no pasa en el Perú, porque hay dirigentes, políticos y corruptos que viven de esto. Pero estas afirmaciones no deben de opacar las necesidades reales que tiene la población, como de accesibilidad, servicios básicos, cierre de brechas y construcción de infraestructura. Bueno, es aquí que nos damos cuenta que los problemas son estructuras y vienen de décadas pasadas, con problemas no resueltos, como la educación, la política, la democracia, la migración, el racismo, etc.

                 Nadie es inocente ni tampoco culpable a la hora de iniciar un dialogo entre actores distintos y con diferentes caracterizas propias. Entonces el Estado a través de sus funcionarios y la sociedad civil organizada a través del pueblo no conversan, no caminan juntos, si se ven o se encuentran solo es para resolver o crear un conflicto, y lo peor de todo es que acá no se descubre la pólvora sino esto sucede con conocimiento de causa. Entonces la visión que tenían los movimientos reivindicativos por parte de las y los ciudadanos que exigen derechos legítimos a la vida y  mejores condiciones laborales en el siglo pasado, hoy en día surgen preguntas: ¿Cuál es el país que deseo? o ¿Cuál es el distrito que sueñas? Es un ejercicio poco usual en el sentido común que tenemos, no ahora, sino desde siempre.

                El problema del indio y la propiedad de la tierra fue un gran debate hace 50 años, cuestión fundamental para el Perú oprimido e invisible desde que se fundó la república, ¿Cuál es la lucha de hoy? ¿Cuál es la cuerda que tiramos todas y todos los peruanos? Me atrevería a decir que no sabemos lo que queremos, cada uno se representa así mismo, no respetamos los acuerdos porque no podemos entender el concepto de colectivo o de interés común. La relación entre funcionario y ciudadano debe ser estrecha, cohesionada, participativa y con fiscalización. Las comunidades campesinas del distrito de Capacmarca, provincia de Chumbivilcas y departamento de Cusco, solucionan sus problemas hablando por horas y cuando se cansaban salían los acuerdos, se invierte tiempo, pero se previene crisis y se ejecuta acciones. Hay maneras para llegar acuerdos, hay conflictos que están esperando que sean resueltos y consensos que podrían generar un desarrollo mayor del que podemos imaginar. El funcionario viene para servir, no viene para servirse. 

                 Como diría el viejo Pepe Mujica: “derrotados son solo aquellos que bajan los brazos y se entregan”. Ya va a empezar la tercera etapa de la reactivación económica y debemos estar con los brazos listos para caminar en una dirección, el Perú.

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