Arequipa

El gato celestial

1 de diciembre de 2019

¿Qué seríamos capaces de hacer por nuestras mascotas?

Por Orlando Mazeyra Guillén

Un sábado, al mediodía, mi padre llegó como de sólito del mercado con las talegas repletas de alimentos para toda la semana: «Les traje una mascota —anunció y era rarísimo que él tuviera esos gestos de sorpresa, sobre todo porque no era el cumpleaños de nadie ni se trataba de una fecha especial como Navidad y el día de los Santos Reyes Magos—. Tienen que cuidarlo mucho y de paso demostrarme que son responsables».

—¡Un perro, un perrito! —exclamó mi hermano exultante—. Yo sabía que mi papá algún día nos iba a regalar un perro.

—No. No es un perro —replicó de inmediato papá—. Ya sabes que tu madre no quiere perros, dice que la casa es muy pequeña. No quiero tener problemas con ella.

—¿Y qué es entonces? —le pregunté.

—Vayan, abran la puerta trasera de la izquierda y lo verán en el suelo. Por favor, sáquenlo con cuidado.

Mi hermano corrió deprisa y abrió la puerta del coche. «¿Lo puedo sacar de la jaula?», preguntó. «Claro que no. Tiene que permanecer allí, ¿o quieres que se escape?». Por un instante pensé en un hámster o en un loro como el del formidable cuento de Ribeyro: «Tristes querellas en la vieja quinta», o quizá un canario como el que tenía mi abuelo. No acerté. Se trataba de un hermoso perico: su plumaje era verde y tenía algunas plumas amarillas y blancas en las alas. Nunca habíamos tenido un ave en casa y, de arranque, no me agradó la idea de que el animal estuviera enjaulado.

Durante el día colocábamos su jaula en el patio y al caer la noche nos turnábamos para entrarlo a la cocina, pues si dormía afuera podía morir de frío. Una vez olvidé ingresarlo a la cocina y, al despertar, corrí sobresaltado al patio y lo encontré moribundo. Por suerte un veterinario logró reanimarlo y me juré nunca más fallarle de esa manera: «Te voy a cuidar mucho, Lorenzo», le prometí. Así lo habíamos bautizado. Lorenzo podía acabarse un choclo entero durante el día y disfrutaba comiendo, con mucho estilo, uvas y pedazos de plátano. Cuando tenía hambre parecía cantar para avisarnos. A veces, cuando papá no estaba en casa, lo sacábamos de la jaula.

—Mira —me dijo mi hermano—: tiene las alas recortadas.

—Seguro se lo hicieron en el mercado para que no se escape.

—¿Entonces no se puede escapar?

—No creo. Y podemos acondicionar una casita al aire libre.

—¿Cómo?

—Debajo de la terma hay espacio. Allí colocamos el palo de la escoba vieja y así dejaría de vivir encerrado. ¿Hacemos la prueba?

—Sí —me dijo entusiasmado.

No tardamos más de una hora en alistar su nueva casa. Yo lo coloqué en el palo de la escoba y empezó a pasear por debajo de la terma (que le hacía sombra). «No se irá», le dije a mi hermano y él me creyó. Nos fuimos a ver televisión. Volvimos al poco rato y no lo encontramos. Mi hermano rompió en llanto: «Se fue el Lorenzo, ¡tú tienes la culpa, mentiroso!».

—No te preocupes —le dije—.Ya volverá.

—No. No debiste dejarlo libre.

—Mira. Ponemos un choclo debajo de la terma y verás que cuando tenga hambre volverá a casa. Ya vas a ver.

Coloqué un enorme choclo en el palo de madera y esperé a que volviera. Pasaron varias horas y nada. Mi hermano decía que íbamos a tener un problemón con papá. De pronto, a la hora del almuerzo lo sentimos cantar. Parecía decirnos: ya estoy de vuelta, no se preocupen. Lo devolvimos a su jaula y, más tarde, le comentamos a papá que Lorenzo podía vivir fuera de esa horrible cárcel. Él nos miró desconfiado, pensando que el perico se escaparía. Mi hermano le explicó que había vuelto para comer, el animal ya sabía que la nuestra era su casa. «Hagan lo que ustedes quieran —nos dijo de mala gana—. Pero si se va, entonces olvídense de las mascotas, no les compraré otro animal».

—Está bien —le dije. Lorenzo vivió fuera de su jaula durante un poco más de medio año. A veces incluso él solito entraba a la cocina cuando caía la noche y se escondía detrás del refrigerador. Él era un perico muy inteligente y alegre. Lo queríamos mucho, pues ya era parte de la familia.
Otro sábado, por la tarde, sentimos que algo extraño ocurría en el patio.

Lorenzo desapareció y había restos de sangre debajo de la terma. En nuestra desesperación subimos al techo y, espantados, encontramos más restos ensangrentados de sus plumas. A lo lejos, llegué a ver a un gato negro que se llevaba a mi perico inerme en su hocico.

—¡Ese diablo maldito es del hijo del General Urioste!

—¿Estás seguro?

—Sí. Ya lo había visto rondando el patio, pero no pensé que atacaría al Lorenzo.

—¿No pensaste? ¿Por qué eres lento? Me hubieras avisado. ¡Lo haré pagar!

—Pero es el gato del hijo del General —me dijo sollozando mientras recogía los restos de las plumas de Lorenzo—. Si mi papá se entera nos corta los huevos…

—Hablando de mi papá, ¿sabes en dónde él esconde el Campeón?

—Sí. Ese veneno lo tiene con llave, pero la llave la oculta en las matrioskas que le regalaron el año pasado los oficiales rusos.

—Ya. Entonces tráeme el veneno. Yo voy por un pedazo de bistec.

—¿Para qué?

—Voy a poner a ese gato como Campeón —le respondí. Freí el bistec. Después agarré un plato desportillado y coloqué la carne, eché un poco de veneno, lo mezclé y fui a dejar el plato en el techo. Sin embargo, el gato no apareció. «¿Por qué no pruebas con pollo o con atún?», me dijo mi hermano al día siguiente y me dio su presa a la hora del almuerzo. Le echamos veneno a una crocante pierna de pollo y también a la lata de atún. Dejamos el suculento preparado en el techo.

Mi padre todavía no sabía que Lorenzo había sido ultimado por el felino. Creímos que era mejor no decírselo. Fue precisamente él quien llegó a casa a avisarnos que habían encontrado al gato del General Urioste («como drogado», dijo) cerca de la caseta de los avioneros. «¿Drogado?», le pregunté fingiendo sorpresa.

—El gato está como tonto. Algo le han dado, el hijo del General está desesperado.

—Es bocado, papá —le dije sin el menor asomo de miedo.

—¿Cómo sabes que le han dado bocado?

—Porque ese gato se comió al Lorenzo —le informó mi hermano, llorando quizá con la misma pena del hijo del General.

—¿Quién fue? —dijo tomándose la cabeza mientras deformaba su rostro.

—Yo, papá —dije—. Me he vengado: el Lorenzo era parte de nuestra familia.
Miró la jaula vacía y se quedó pensando. Tal vez nos daría una paliza y luego nos castigaría. Además no se trataba de cualquier gato techero, sino de la mascota del hijo de su jefe. La reprimenda, de seguro, sería ejemplar.

—Ni una sola palabra a nadie —nos advirtió—. Ni siquiera a su madre. ¿Entendido?

—Entendido —dijimos los dos a la vez.

—Yo hubiera hecho lo mismo. No te sientas mal, pero que sea la última vez.

—No me siento mal, papá. Lo hice por nuestro perico.

—Se acabó. Vayan a su cuarto… Creo que lo mejor será conseguir un perro.
Al llegar a la habitación, mi hermano y yo nos abrazamos. «Un perro», me dijo ilusionado. «Será como un regalo del Lorenzo. ¿Acaso los gatos pueden matar a un perro?». «No, ni de a vainas», le respondí. «¿Tú crees, Orlando, que mi papá lo hubiera envenenado?».

—No, él no —le dije y mi hermano se sintió mejor, como aliviado. Le había quitado un peso de encima. Sin embargo, en mi fuero íntimo me dije: «de tal palo, tal astilla».

—¿Y ese gato malvado se irá al infierno? Dime la verdad… porque yo sé que el Lorenzo sí está en el cielo.

—Deja de hacer preguntas y enciende el televisor.

Nos pusimos a ver nuestra serie favorita: Los Picapiedra. No obstante, yo seguía pensando en la pregunta de mi hermano. ¿El cielo? ¿Cómo sería, no? Entretanto, asomó otra interrogante: ¿Le confesaría al cura lo que había hecho? No. Además Dios ya lo sabía, con eso era suficiente.

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