Arequipa

El guasón anda suelto

27 de octubre de 2019

A propósito de este icónico personaje surge una pregunta: ¿sabemos lo que hacen nuestros hijos en la escuela?

Por: Orlando Mazeyra Guillén

Como para entusiasmarme, mi hermano me dice que, para bien o para mal, la película sobre el Guasón está dando mucho que hablar. Yo finjo no prestarle atención, pero él insiste:

—Ha ganado el León de Oro en Venecia —me informa—. ¡Es un premiazo! No olvides que también reconocieron la obra de Almodóvar y tú admiras mucho a ese director español.

Sin embargo solo se trata de la punta del iceberg: el Buró Federal de Investigaciones (FBI) está monitoreando todas las publicaciones en las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, etcétera) que hablen sobre el personaje que encarna Joaquin Phoenix. Yo, con mi gesto más escéptico, argumento que el mismísimo Martin Scorsese ha dicho que esas películas —como «Los Vengadores» y otras megaproducciones de los Estudios Marvel— no son cine auténtico, apenas una suerte de parques temáticos que no abordan a profundidad el drama humano, la complejidad de la existencia.

—Pues, esta no es de Marvel. Todo lo contrario, Orlando. Es para adultos —me dice mi hermano y, para terminar de convencerme, añade—: Yo te pago la entrada. ¡No te vas a arrepentir!

—Está bien —le respondo—. Iremos a ver el Guasón pero si no pasa nada con la película también me compras la última novela de Vargas Llosa.

—¡No te pases!

Aprovechamos el feriado del martes ocho de octubre y vamos muy temprano para evitar al tumulto que tanto echa a perder el goce cinemero.

El cine, literalmente, es nuestro: no hay celulares encendidos, impertinentes hablando en medio de la película, ni gente haciendo demasiado ruido mientras come pop corn (o cualquier otra cosa que se le ocurra llevar a la sala).

El personaje, desde un inicio, te pide —parece rogarte y no exagero un ápice— que le tengas muchísima lástima. Arthur Fleck es un desecho social como tantos otros. Un payaso desastrado que, presa del desvarío y de un sistema que termina por magullarlo, intenta convertir su tragedia en comedia.
Las dos horas del largometraje se hacen muy largas y me siento absolutamente defraudado porque admiro a Phoenix (al notable actor de «Her», «The master» o «Two lovers», entre otros filmes); y creo que el personaje —el Guasón— se le fue de las manos. Alguien, no sin razón, comenta que le faltó un director que esté a la altura de las circunstancias.

No obstante el final —esa anarquía abyecta que no tiene nada de justiciera— me resulta peligroso, si cabe el término, y se lo comento a mi hermano apenas salimos de la sala de cine:

—¿Te acuerdas del Carrizales?

—El loquito de tu promoción. ¿Ese al que todos lo trataban como si fuera un monigote?

—Sí, él.

—Claro que lo recuerdo: hasta los de grados inferiores le metían la mano y lo agarraban de gil.

—Precisamente él ha jurado vengarse de la promoción —le informo con la mayor seriedad del caso.

—Pero al parecer ya está loco. Creo que inclusive en un centro psiquiátrico.

—Sí. Pero hay un detalle de la película que le cae a pelo…

—¿Cuál de todos?

—Recuerda lo que dice el Guasón: «Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras». El Carrizales tenía un problema muy fuerte, seguramente hereditario. La verdad es que en el colegio nosotros lo terminamos de hacer mierda. Decirle bullying a eso es quedarse recontra corto. Se trataba de una jungla y él era el más débil.

—¿Y él qué piensa hacer?

—No lo sé.

—¿Pero no se te ocurre algo?

—Muchas cosas…

—¿Por ejemplo?

—Me lo imagino viendo esta película y luego buscando un arma para hacer justicia por su propia cuenta.

—¿Tanto así?

—Sí. Un Guasón en potencia, un desquiciado a la peruana que mete bala a diestra y siniestra.

—Pero es ficción.

—No todos saben diferenciar la realidad de la ficción.

La película dirigida Todd Phillips —famoso por su desopilante y ligerísima saga «¿Qué pasó ayer?»— genera furor: hay muchos comentarios positivos y otros tantos negativos. Y no solo eso: ya empiezan a vaticinar cuál será el disfraz más buscado para el próximo jueves 31 de octubre: «El polémico Joker está destinado a triunfar en Halloween», anuncia Óscar Tévez del diario «El País» de Madrid. Más allá de toda controversia, nos informa el redactor del diario español, el aspecto del Guasón ya es icónico y aporta algunos datos al respecto: «Ese traje rojo de dos piezas junto al chaleco color oro y la camisa verde pasarán a la historia del cine y, seguro, a la de Halloween. Las tiendas online ya se han dado cuenta y han empezado a hacer caja. Un primer vistazo al apartado de compras en Google con los términos ‘joker red suit’ (traje rojo de Joker) arroja cuarenta resultados de tiendas online con el célebre traje que viste Joaquin Phoenix, que van desde los 24 euros a casi 300. En Amazon, va desde los 60 hasta los 120».

A una mente afiebrada y, sobre todo, sombría, no le será nada difícil imaginar todo lo que podría ocurrir en cualquier ciudad del mundo —empezando por Arequipa, pasando por Santiago de Chile o París o Ciudad de México, y terminando en Nueva York— con tantos guasones sueltos durante la Noche de las Brujas (o Noche del Diablo, como le llaman otros).

No son meras exageraciones. En centros psiquiátricos de Lima se han reportado casos de «sobreidentificación» con el Guasón. Obviamente la violencia es más proclive en ellos.

No se trata de zanjar el tema diciendo que se trata de una ficción, pues muchas veces se ignora a toda la gente que sufre problemas de salud mental en nuestro país y en el resto del mundo.

Irrumpe a medianoche un Guasón en medio de una fiesta juvenil y empieza a disparar a gente inocente. O digo mejor: aparece Carrizales en medio de un encuentro de exalumnos y lleva a cabo un ajuste de cuentas. ¿Quién lo llevó a ese extremo del que ya no hay un punto de retorno? Pues, nosotros. Y, como no se trata de ficción, nos corresponde hacernos cargo.

Por eso vale recordar una historia real que nos cuenta Arturo Pérez-Reverte. Carla, una muchachita que sufría bullying en la escuela debido a su estrabismo. El maltrato cotidiano fue tal que la criatura se terminó lanzando a un acantilado en España. Luego la sociedad entera, como suele ocurrir, se conmovió. No obstante, ya era tarde. ¿Qué nos pide Pérez-Reverte? «Pero hagan el favor. Vuelvan ustedes atrás y piensen. Imaginen.

Una chiquilla de catorce años, antipática para algunas compañeras, a la que insultaban a diario utilizando su estrabismo —“Carla, topacio, un ojo para acá y otro para el espacio”—, a la que alguna vez obligaron a refugiarse en los baños para escapar de agresiones, a la que llamaban bollera [lesbiana], a la que amenazaban con esa falta de piedad que ciertos hijos e hijas de la grandísima puta, a la espera de madurar en esplendorosos adultos, desarrollan ya desde bien jovencitos. Desde niños. Que se lo pregunten, si no, a los miles de homosexuales que todavía, pese al buen rollo que todos tenemos ahora, o decimos tener, aún sufren desprecio y acoso en el colegio.

O a los gorditos, a los torpes, a los tímidos, a los cuatro ojos que no tienen los medios o la entereza de hacerse respetar a hostia limpia. Y a eso, claro, a la crueldad de las que oficiaron de verdugos, añadamos la actitud miserable del resto: la cobardía, el lavarse las manos. La indiferencia de los compañeros de clase, testigos del acoso pero dejando —anuncio de los muy miserables ciudadanos que serán en el futuro— que las cosas siguieran su curso. El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos».

La pregunta final es pertinente: ¿sabemos lo que hacen (o lo que les hacen a) nuestros hijos en el colegio? Ojalá el traje del Guasón solo sea eso: un disfraz que de hecho marcará época; y no la coartada de alguien que necesita ayuda.

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