Arequipa

El lado oscuro del techo del mundo

20 de abril de 2015
El lado oscuro del techo del mundo
Hace un año 12 excursionistas y sherpas perecieron en una descomunal avalancha cuando intentaban escalar el Everest, la cumbre más alta del mundo con 8.848 metros sobre el nivel del mar. El ascenso a la montaña está regado de cadáveres, pero eso no detiene a los excursionistas, quienes en busca de llegar al techo del mundo arriesgan su vida al someter a su cuerpo a extremas condiciones climatológicas para alcanzar su objetivo, aunque muchos mueren en el intento. Entre los amantes del deporte extremo más puede la adrenalina que el sentido común. 
 
Por: Jhonny Pineda A.
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Para atacar la cima del Everest hay numerosas vías abiertas por los sherpas, pobladores de las regiones montañosas de Nepal, en el Himalaya. Todos los caminos tienen una cosa en común; a partir de los 8 mil metros hay que atravesar la denominada “zona de la muerte”.
Los montañistas deben partir a la medianoche del último campamento antes de coronar la montaña. En este último trecho se tarda entre 10 y 12 horas para ascender los últimos mil metros, considerándose las dos de la tarde como última hora segura para hacer cumbre. Si se llega más tarde, se corre el riesgo de perecer al frío de la noche o caer por la ladera al descender. 
En la cima tienen una media de -36 grados centígrados aunque pueden llegar a caer repentinamente hasta los -60 grados centígrados. Las temperaturas más cálidas rondan los -19 grados centígrados en julio. 
Los últimos 850 metros a la cima del Monte Everest es llamada “la zona de la muerte”, una zona donde la aclimatación es imposible. El oxígeno no se puede reemplazar tan rápido como se consume y si no se utiliza bombona de oxígeno, el cuerpo va perdiendo capacidad de respuesta hasta un punto de no retorno. 
El escalador pone su vida en serio peligro, de forma que si se viene abajo por el mal de altura, congelaciones, lesiones y no puede moverse por sí mismo, es casi imposible efectuar ningún rescate. Hay que tener en cuenta que a esa altura, por cada paso dado, un montañero experimentado puede necesitar realizar tres respiraciones, el corazón se acelera incluso en reposo para suministrar oxigeno con más frecuencia debido a su escasez. 
Al ser limitado el tiempo para permanecer en la zona de la muerte si el afectado no logra levantarse, hay un momento en el que sus compañeros o rescatadores se verán obligados a abandonarlo a su suerte sino todos perecerán.
LOS FALLECIDOS
Cuando alguien fallece, su cuerpo queda en el mismo punto donde cayó, y cuando se enfría, queda petrificado con el gesto y postura exacta que tenía cuando murió. Si estaba sentado, se queda allí mismo sentado. Este fue el caso de Peter Boardman, desaparecido en 1982 intentando la complicada ruta Nor-Noroeste.
Los restos del excursionista fueron encontrados 10 años después. El fallecido estaba sentado, como si estuviera durmiendo. Dos nepalíes trataron de rescatar el cuerpo y murieron en el intento. Finalmente, los vientos arrastraron los restos ladera abajo. 
Otro de los fallecidos los cuales los alpinistas hallan en el camino está el denominado “botas verdes”, llamado así por el vistoso color fosforito del calzado que llevaba. “Botas verdes” fue identificado como Tsewang Paljor, un aguacil indio, muerto por el frio el 11 de Mayo de 1996. 
Paljor ascendía junto a otros compañeros a 450 metros de la cumbre cuándo fueron sorprendidos por una fuerte ventisca. Seis miembros del equipo decidieron abortar mientras que Paljor siguió adelante con dos compañeros. Su cuerpo fue encontrado después postrado en la llamada “cueva de roca”. 
Junto al cadáver de Tsewang Paljor quedaron los restos de David Sharp, el montañista, el 15 de Mayo del 2006 realizaba su tercer ascenso a la cumbre. Había pagado solo 6.200$ por viajar con Asian Trekking hasta el campamento base y desde allí había lanzado varias acometidas en solitario, sin oxígeno, sin sherpa, sin guía, sin radio, sin medicamentos o ningún otro soporte vital. Al parecer buscaba batir algún record.
Se desconoce si David Sharp llegó a coronar la cima, pero en su descenso cayó rendido al lado del “Botas Verdes”. El hombre agonizaba y su lado cruzó una decena de escaladores de una expedición comercial sin prestarle ayuda. Después una expedición liderada por Mark Inglis, un especialista en alta montaña que había perdido las dos piernas por congelación en 1982 y que ahora subía el Everest con prótesis metálicas halló a Sharp. 
Inglis pidió instrucciones por radio a su director en el campamento base, que le ordenó continuar hacia la cumbre y en todo caso, prestarle ayuda al descender. Nueve horas después, se intentó rescatar David Sharp severamente dañado por las congelaciones dándole oxígeno pero como no lo consiguieron, se vieron obligados a abandonarlo. Los miembros de la expedición llevaban cámaras en sus cascos, recogiendo en vídeo una breve conversación con Sharp antes de morir.
En la montaña si un cliente contrata a un guía y unos sherpas para subir, está pagando por hacer cima y no por rescatar a terceras personas.
Hasta el día de hoy hay cerca de 250 cadáveres en el Everest de los cuales 150 nunca se han encontrado y los accesos a la cima están plagados de cadáveres visibles (más de 40) que han quedado en el punto exacto donde cayeron, por lo que los escaladores que suben, sortean cuerpos que han empezado a bautizar con nombres porque los usan como puntos de referencia en su ascensión.
SOBREVIVIENTE 
Una de los casos más sorprendentes de supervivencia en la montaña es el caso de Lincoln Hall, bautizado como el “muerto viviente” del Everest. El montañista el 25 mayo del 2006 descendía de la cumbre cuando aquejado de mal de altura, empezó a tener serias alucinaciones. 
Los sherpas intentaron atenderle hasta que se quedaron sin suministros y el director del equipo ordenó regresar abandonando a Hall. Cuando llegaron al campamento se comunicó a su familia de su fallecimiento. 
A la mañana del día siguiente, un equipo estadounidense encontraba a Hall a 8.700 metros, sentado con las piernas cruzadas, sin guantes y el torso desnudo. Estaba cambiándose de camiseta, no tenía ni gorro, ni gafas, ni máscara de oxígeno o botellas, ni saco de dormir, ni mantas, ni cantimplora de agua. Cuando llegaron hasta el tan solo dijo: “Les sorprenderá verme por aquí”. 
El equipo canceló su acometida a la montaña e inmediatamente iniciaron las labores de rescate. Enviaron a 12 sherpas que se unieron a los 4 componentes del grupo, consiguiendo que Lincoln bajase andando hasta el campamento, donde fue tratado de edema cerebral y se recuperó. 
Desde el campamento base pudo hablar con su esposa y sus hijos que todavía no se creían lo sucedido. En esta ocasión Lincoln Hall pudo escapar al tributo que a menudo se cobra la montaña y todavía hoy es un misterio saber cómo su cuerpo pudo resistir aquella terrible noche.
 
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