Arequipa

El libro jurídico como fuente histórica

26 de mayo de 2019

La circulación del libro jurídico en Arequipa, de autores franceses y alemanes, sirvió de fuente de consulta para los estudiantes de derecho, durante la primera mitad del siglo XIX.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

Sea un libro de soporte impreso o digital, lo más importante es poder acceder al conocimiento. Desde el punto de vista histórico-jurídico, cabe preguntarse cuáles fueron esas fuentes de conocimiento, de las cuales se nutrieron los abogados en su formación universitaria, y posteriormente en la vida profesional.

Un factor interno de la cultura jurídica es conocer qué libros sirvieron de textos de enseñanza a los estudiantes de derecho en la primera mitad del siglo XIX. De esta manera se podrá saber las ideas jurídicas que circularon en nuestro medio y también influyeron en la formación jurídica de los estudiantes de la Universidad Nacional de San Agustín.

Uno de esos autores fue el jurista suizo Jean-Jacques Burlamaqui (1694-1748). Escribió el libro “Elementos del derecho natural”, obra póstuma impresa por primera vez en 1774. La traducción al castellano correspondió a una nueva edición publicada en Burdeos en 1834.

Este libro fue consultado y estudiado por los estudiantes de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de San Agustín. En materia de derecho natural, la obra de Burlamaqui sirvió de base para obtener los grados de bachiller, licenciado y doctor en derecho. De qué trató la obra para ser considerado un texto guía en la formación profesional de los abogados. En primer lugar, mencionaremos que el derecho natural era un curso importante en el programa de las materias cursadas en el Colegio de la Independencia Americana. Como se sabe, el Colegio impartió los cursos de instrucción superior hasta 1866, mientras que la Universidad redujo sus actividades a otorgar grados académicos.

El derecho natural fue una disciplina cuyo origen se remonta al siglo XVI con Hugo Grocio. Este jurista separó la ciencia jurídica de la religión. En su opinión, el derecho nace de la naturaleza íntima del hombre, y se desenvuelve independientemente de la existencia o no de Dios. Seguidores de Grocio fueron Thomas Hobbes y Samuel Puffendorf. De este último, Burlamaqui fue un continuador de sus ideas.

Si el libro es fuente de conocimiento, la obra del jurista y escritor suizo fue una fuente de consulta que contribuyó a la formación profesional de los estudiantes de derecho en Arequipa, durante la primera mitad del siglo XIX. Así, por ejemplo, sostenía que los hombres están por su naturaleza sujetos a la razón. “La libertad misma no es un derecho si no está sujeto a la razón”, decía. De ahí que el hombre no podía disponer de su vida, sino era de acuerdo con las leyes de Dios. Estas leyes estaban regidas por Dios, como creador del universo. En ese sentido, la libertad del hombre estaba condicionada a la razón, a la sociedad y a las leyes naturales. Concluía diciendo que era criminal abusar de la libertad.

En esa línea de pensamiento, el estudiante José Manuel Flores en su disertación para optar el grado de bachiller en los cuatro derechos, pronunciada el 27 de mayo de 1848, sostuvo la siguiente proposición: “Son criminales los suicidas, es decir, los que contra la prohibición de la ley natural se quitan voluntariamente la vida”. De igual manera, el estudiante Gabriel Barrionuevo para optar el grado de bachiller en los cuatro derechos, con fecha 1º de agosto de 1848, pronunció la siguiente disertación: “El suicidio es opuesto al derecho natural”.

En la obra de Burlamaqui también se planteó como tema la necesidad de contar con una Constitución Política. En el siglo XVIII abordó un tema de enorme interés en el siglo XIX, cuando se constituyan las nuevas repúblicas en Hispanoamérica. Según el autor, la Constitución no constituye derechos, o mejor dicho no creaba derechos. Como, por ejemplo, el derecho a la propiedad. Lo que hacía la Constitución era reconocer derechos preexistentes, propios de la naturaleza del hombre. El objeto de la Constitución era proteger y garantizar el derecho de propiedad, no crearlo, porque existe antes de la ley escrita.

Para Burlamaqui, la Constitución no hacía libre al hombre, él ya era libre desde antes, por ley natural, sólo que a partir de la Constitución Política, el hombre ya no sería esclavo de otro hombre sino de la ley. A propósito de este hecho, el estudiante agustino Domingo Núñez sustentó, con fecha 4 de febrero de 1846, para el grado de bachiller en derecho, la siguiente disertación: “El hombre es libre por ley natural”. Por su parte, la disertación de Julián Zúñiga para el grado de bachiller en los cuatro derechos, sustentada con fecha 6 de agosto de 1847, titulaba: “El hombre es libre naturalmente”. Se aprecia el pensamiento jurídico predominante en aquella época. Como ya dije, el jurista Burlamaqui gozó de prestigio académico en nuestro medio, al punto de ser considerada su obra como texto base para optar los grados de bachiller, licenciado y doctor en la Universidad de San Agustín. Se advierte, además, una fuerte relación entre las ideas del jurista y los textos de los graduados. Este nexo sería consecuencia de dos factores: 1) la recepción de las ideas jurídicas del derecho natural, por medio del libro jurídico; en este caso, la obra “Elementos del derecho natural” de Burlamaqui; y, 2) la apropiación de las ideas del libro jurídico sobre derecho natural.

El libro jurídico fue una fuente de conocimiento doctrinario que contribuyó a la formación de los estudiantes de jurisprudencia en San Agustín. No fue, por cierto, el único texto que circuló entre los estudiantes y profesores del claustro. Otro autor que gozó de reputación en nuestro medio fue el jurista alemán Enrique Ahrens. Su obra “Curso de Derecho Natural o de Filosofía del Derecho” (Bruselas, 1839), fue traducida al castellano en 1841, por el abogado español Ruperto Navarro Zamora. Allí expuso sobre la autoridad de la razón. “El destino de la soberanía de la voluntad (ha dicho), es el de hacerse racional, sometiéndose a la autoridad de la razón”. Dijo además que el hombre debe reconocer a la razón como guía de sus acciones.

En el “Programa de las materias cursadas en el Colegio de la Independencia Americana de Arequipa”, correspondiente a 1861, figura citado el jurista Ahrens. Lo propio ocurrió con el jurista alemán Juan Heinecio, autor del libro “Elementos del Derecho Natural y de Gentes”, propuesto como texto de evaluación para graduarse de bachiller en los cuatro derechos. Así sucedió con el estudiante José Sebastián Barreda, el 15 de febrero de 1847.

Al año siguiente, en Francia, se produjo la revolución de la comuna de París, que puso en debate el derecho de propiedad. Sin embargo, no pasó de un arrebato comunista, contra un derecho regulado por la ley natural. Fue entonces que juristas, como Enrique Ahrens, fundamentaron el origen de la propiedad en el derecho natural. En su “Curso de Derecho Natural o de Filosofía del Derecho” (Madrid, 1841) explicó la diferencia entre reconocer y constituir un derecho. “El derecho de propiedad (decía) no puede darlo la ley (…)”, es un derecho propio de la naturaleza del hombre, anterior a la ley positiva. De modo que la ley solo reconoce el derecho de propiedad. A semejanza de Burlamaqui, cuando trató de la necesidad de contar con una Constitución Política, aclaró que la ley positiva tenía como finalidad garantizar los derechos preexistentes, no crearlos.

La propiedad siempre fue un tema polémico, desde el punto de vista de las ideologías. El notable sociólogo francés Raymond Aron recordaba en su libro “El opio de los intelectuales” que la revolución francesa ni siquiera puso en cuestión la propiedad, porque seguramente hubiera generado reacciones de todos los sectores sociales. Sin embargo, en el siglo XIX, el programa comunista propuso establecer la propiedad colectiva de la tierra, en tanto los socialistas platearon la abolición de la propiedad. Esto dio origen a un arduo debate entre los juristas de la época en Europa. Uno de ellos fue el jurista y político francés Luis Adolfo Thiers. En su libro “De la propiedad” (edición traducida al castellano en 1848) planteó que el trabajo era la fuente, el fundamento de la propiedad, que a la vez era su medida y límite. Dijo que ni siquiera la revolución francesa atacó ese derecho, consagrado por el Code Napoleón de 1804.

La réplica de esas ideas en Lima, motivaron la reacción del sacerdote Pedro Gual en su obra “El Derecho de Propiedad” (Lima, 1872), donde afirmaba que “la propiedad no es un derecho; la propiedad es un hecho fundado en un derecho”. Por su parte, el jurista arequipeño Toribio Pacheco en su “Tratado de Derecho Civil” (Tomo II, Lima 1872) sostuvo que la propiedad “es un derecho primitivo y absoluto, y no un derecho derivado o hipotético”.

La idea de que la propiedad era un derecho natural, se aprecia en la disertación del estudiante agustino Ricardo Barrionuevo, leída con fecha 4 de mayo de 1850, para obtener el grado de bachiller en los cuatro derechos. Se tituló: “La propiedad de las cosas es de derecho natural”. Dijo entonces: “siendo la propiedad necesaria para la industria, para la fácil comunicación de los hombres entre sí (…) y para mantener el orden y buena armonía de la sociedad: se sigue que la propiedad es de derecho natural”.

Las ideas jurídicas de las disertaciones de los graduados en San Agustín, durante la primera mitad del siglo XIX, son básicas para ponderar la importancia del libro jurídico como fuente histórica.

 

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