Arequipa

El libro y la imprenta en el siglo XIX

6 de octubre de 2019

La imprenta hizo posible la expansión del conocimiento y la cultura a través del libro, estableciendo con el autor y el editor el circuito de la comunicación.

Por: Mario Rommel Arce Espinoza

El editor es un personaje clave en la circulación del libro. En cierta forma, hubo editores desde la antigüedad, la Edad Media, el Antiguo Régimen y la época Contemporánea. De acuerdo a una afirmación del historiador francés Roger Chartier, en su libro “Las revoluciones de la cultura escrita” (Editorial Gedisa 1997), el editor, tal como lo conocemos hoy, existe desde la década de 1830. Su trabajo es de naturaleza intelectual y comercial. Su finalidad es buscar textos, descubrir autores, y vincularlos con la editora. En otras palabras, controlar el proceso desde la impresión de la obra hasta su difusión.

Hasta entonces existían las figuras del impresor – editor y el librero – editor, además del editor propiamente dicho. Sin embargo, en el caso del librero – editor, en los siglos XVI, XVII y XVIII, su trabajo estuvo condicionado a la lealtad con el régimen monárquico. Según Roger Chartier, por protección o por oposición se podía acceder al mercado del libro. En el primer caso, el Estado otorgó el privilegio a un librero – editor para la distribución de los libros. En el segundo caso, y a partir del siglo XVI, dependía de la posición política del librero para obtener el privilegio en la distribución del libro. En esa medida, los libreros de París tenían un cuasi monopolio en las novedades literarias, lo cual dio origen a la piratería de libros, por parte de los libreros – editores que no contaban con ese privilegio de exclusividad.

A diferencia del sistema estatal francés que otorgaba un privilegio en base a las lealtades políticas con el régimen monárquico, el sistema inglés estuvo organizado a través de la corporación de los libreros – impresores de Londres. Este gremio tenía poder de censura y también ejercía el control del monopolio de las ediciones.

¿Cuál fue la relación entre el autor y el editor? En la Edad Media el autor estuvo sujeto a un sistema de mecenazgo del Estado. Los nobles y miembros de la aristocracia fueron quienes apoyaron a los autores en la publicación de sus libros. Este modelo cambia en el siglo XVIII, cuando aparece el concepto del autor – propietario. Desde entonces, el nuevo concepto se aplica en el sistema corporativo inglés y también en el sistema estatal francés. Es así como aparece el derecho de autor, que ya no estaba sujeto a la benevolencia estatal ni tampoco a la decisión de un círculo cerrado de libreros, sino que ahora el autor puede decidir sobre su obra.

Sobre el particular, los filósofos franceses Voltaire y Rousseau representaron dos posiciones divergentes entre sí. El primero estuvo en contra de la dependencia del autor con privados, aristócratas y particulares, pero estuvo a favor del sistema de mecenazgo del Estado, tal como lo instituyó Luis XIV. En cambio, el segundo creyó que el autor debía tratar de vivir de la escritura. Él mismo fue un autor de mucho éxito en el siglo XVIII.

Su obra “Julia o La Nueva Eloísa” fue un best sellers de la época. Se publicó antes de la Revolución Francesa, en 1761. Según el historiador norteamericano Robert Darnton, en “Los best sellers prohibidos en Francia antes de la revolución” (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2008), la obra ejerció una enorme influencia en los lectores, que tomaron a los personajes de la novela como modelos para sus propias vidas.

Uno de esos lectores se llamó Jean Ranson, “un rousseauniano apasionado”, como dice Darnton. A tal punto que, en su caso, lectura y vida corrieron paralelamente. Y agrega que la novela de Rousseau cautivó a toda una generación de lectores revolucionando la lectura misma.

La obra se publicó en francés en seis volúmenes, con dos prólogos. Hay una edición traducida al castellano a cargo de J. Marchena, publicada en Tolosa, en 1821, y otra reedición publicada en Barcelona, en 1836.

El autor dijo que no era propiamente una novela sino una colección de cartas. En su opinión, “disgustará su estilo a las personas de gusto sano; la materia asustará a los sujetos severos (…) Debe desagradar a los devotos, a los libertinos, a los filósofos; repugnar a las mujeres fáciles, y escandalizar a las honradas”. Esta obra fue pionera del romanticismo francés.

Es difícil saber qué leían las personas en los siglos pasados, hay pocos testimonios sobre el particular. Por eso, la correspondencia de Ranson con una importante casa editorial suiza de libros franceses en el periodo prerrevolucionario, permite conocer sus preferencias en materia de libros. Con su ensayo “Los lectores le responden a Rousseau: la creación de la sensibilidad romántica”, Robert Darnton ha contribuido a conocer qué se leía en Francia en el siglo XVIII. Lo que, a su vez, ayuda a comprender cómo pensaban en aquella época.

Un ejemplo de impresor – editor en Arequipa, durante el siglo XIX, fue Francisco Ibáñez Delgado, propietario y fundador del diario “La Bolsa” (1860 – 1915). Se trató de un reconocido intelectual arequipeño, que a su faceta de escritor, sumó su condición de empresario, dueño de la imprenta “La Bolsa”, ubicada primero en la calle Santa Catalina, antes Clavel, y luego en la calle Rivero, antes Guañamarca.

Su padre Jacinto Ibáñez también fue impresor. En su imprenta se publicó “La Primavera de Arequipa”, el primer periódico que circuló en la ciudad, en 1825. Su hijo, Francisco Ibáñez, fundó una imprenta con su nombre. En aquella época también existió la imprenta de Mariano Nicolás Madueño. Allí se imprimió “El Pabellón Nacional” (1848), y a partir del número 8 hasta el 60 inclusive, en la imprenta de Francisco Ibáñez. Este fue un periódico de oposición al gobierno de Ramón Castilla.

En 1849, salió de la misma imprenta “El Elector” y después “El Porvenir”. El primero apoyó la candidatura presidencial del general Manuel Ignacio de Vivanco. Se prolongó hasta 1850. Al lado de “El Elector”, y defendiendo a Vivanco en su campaña electoral, salió “El Porvenir”.

A la muerte de su padre, junto con su hermano Valentín logró formar una modernizada imprenta y, a pesar, que poco después, su hermano abandonaba la empresa, la siguió perfeccionando a lo largo de su vida, hasta su muerte en 1899.

En la imprenta de “La Bolsa”, Francisco Ibáñez publicó su libro “Tradiciones de mi tierra, escritas en ratos de ocio” (1884). Su autor perteneció al “Club Literario” de Arequipa, fundado en 1879. Formó parte de la República de las Letras, durante la segunda mitad del siglo XIX.
Según Roger Chartier, la República de las Letras es una “comunidad en la cual los autores se asocian, intercambian y se comunican correspondencia, manuscritos e informaciones”. Hasta el siglo XVIII, los cafés y los salones fueron los espacios de socialización del conocimiento. Desde el siglo XVIII, se dio otro fenómeno, sobre todo en Inglaterra y Alemania, el del club literario o sociedad de lectura, cuyo fin último era transmitir la cultura a un público lo más amplio posible y siempre bajo el signo de la ilustración.
La impronta de la vida de salón y del club literario en Perú, y particularmente en Arequipa, se dio en el siglo XIX, en que se instala la República de las Letras en la ciudad letrada del país, por el rol gravitante que jugó en la producción de obras jurídicas, literarias y científicas.

Los intelectuales arequipeños de la primera mitad del siglo XIX formaron parte de la Academia Lauretana de Ciencias y Artes, fundada en 1821. El viajero francés Paúl Marcoy en su libro “Viaje a través de la América del Sur” (París 1869) menciona que la biblioteca pública existió en la ciudad, desde 1821, gracias al celo de Evaristo Gómez Sánchez, “amigo de las luces”. Hasta entonces contaba con 1995 volúmenes. Es casi seguro que se refería a la biblioteca de Evaristo Gómez Sánchez, donada a la Academia Lauretana, de la cual fue fundador.

En su segunda etapa, la Academia Lauretana fue un foro de debate de las ideas, a través de las disertaciones de sus socios.

Los intelectuales arequipeños de la segunda mitad del siglo XIX estuvieron reunidos en torno a sociedades científicas y literarias, como la Academia Lauretana, la Sociedad Amigos del Estudio, la Sociedad Literaria de Arequipa (1875), la Sociedad Ilustración y Progreso (1876), la Sociedad Científica Literaria y el “Club Literario”.

A este grupo pertenecieron personajes locales como Diego Masías y Calle (abogado, político y poeta), María Nieves y Bustamante (escritora y periodista arequipeña), Mariano Ambrosio Cateriano (historiador, abogado y magistrado), Felisa Moscoso Vda. de Chávez (poeta), Samuel Velarde (poeta), Francisco Ibáñez Delgado (periodista y escritor) y Jorge Polar Vargas (abogado, político y escritor), entre otros.

Estos intelectuales arequipeños estuvieron ligados por lazos de amistad y de pertenencia a una élite ilustrada. Esta comunidad letrada de poetas figura en una antología local publicada con el nombre de “Lira Arequipeña”, editada en 1889 por Manuel Pío Chávez y Manuel Rafael Valdivia.

Se advierte la presencia de una comunidad letrada en Arequipa, en el siglo XIX, que en el imaginario social de hoy, formaron parte de la República de las Letras.



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