Arequipa

El mármol, la piedra y el bronce no se pintan

23 de agosto de 2020

En Arequipa muchos han protestado por el salvaje atentado que ha sido el pintar los pedestales y ánforas de mármol blanco de Carrara, de la Plaza Mayor.

Por: César Coloma Porcari

Presidente del Instituto Latinoamericano de Cultura y Desarrollo

Nos llama profundamente la atención, porque en nuestro país, el Perú, el lumpen todo lo pinta. Pinta la piedra, el bronce y el mármol. Y también, por supuesto, pinta las fachadas de los edificios de piedra sillar e inclusive los que lucen un fino y costoso acabado que asemeja la piedra natural y los que tienen enchape de mármol o granito.

PINTADO DE MÁRMOLES Y BRONCES

En Lima, por ejemplo, las autoridades municipales, desde hace muchísimos años, se dedicaron a pintar los monumentos escultóricos de bronce, mármol y piedra, con esmaltes de ferretería, especialmente para las Fiestas Patrias o el aniversario de algún héroe.

Así tenemos que la otrora bellísima columna del Dos de Mayo, de mármol y bronce, este cubierta con varias capas de pintura. Lo mismo sucede con el monumento a don Francisco Bolognesi y hasta con el de San Martín, en la plaza de su nombre.

En este último caso el pedestal pétreo ha sido totalmente cubierto con un liso enlucido, el cual, por supuesto, siempre está pintado de algún color “de moda”. La gran escultura ecuestre que se encuentra sobre éste, también ha recibido incontables capas de esmalte de color verde obscuro.

El resultado es que todas esas otrora obras de arte escultórico hoy lucen como pastiches de yeso o de plástico, con una cobertura brillante y vulgar, y resultan ser una demostración del arte y cultura de una “república bananera”, en donde los gustos del lumpen son los que se imponen.

PINTADO DE FACHADAS QUE NO SE PINTAN

Los edificios de la plaza San Martín, de Lima, hace unos lustros, también fueron afectados por la decisión de unas autoridades municipales que hicieron pintar de rojo y blanco todas las elegantes fachadas que lucían un acabado de imitación piedra, convirtiendo esa plaza en un gran muladar. El único edificio que se salvó de ese capricho excéntrico fue el del Club Nacional, el cual, jamás, permitió que se pintara su fachada de fina imitación piedra.

Y Arequipa, lamentablemente, no se queda atrás, en esta tarea por destruir el patrimonio histórico monumental, porque algunas autoridades desinformadas han insistido (e insisten) que las fachadas de las casonas e iglesias mistianas, originalmente de bellísimo sillar cara vista, que jamás fueron enlucidas ni pintadas, sean tarrajeadas y pintarrajeadas con los colores más extravagantes, “para que parezcan de adobe y quincha”.

Encontrarán abundante información documentada sobre las fachadas de sillar “cara vista” en nuestra página Sillar de Arequipa: https://sites.google.com/site/sillardearequipa/sillar-de-arequipa

LAS CONSTRUCCIONES DE ADOBE

Es muy económico levantar una construcción de adobe. Los adobes se elaboran mezclando tierra con paja o algo semejante, se les agrega agua y luego de un batido se moldean. Cuando están secos ya se pueden utilizar en la construcción. Estos adobes se pueden hacer en un lugar cercano a la nueva edificación, e inclusive, junto a ésta, y no requieren mayores esfuerzos.

Las paredes de quincha también son muy económicas. Se plantan unas columnas de madera y se rellenan los espacios libres con un trenzado de caña brava, que después son cubiertos con una capa de barro. Todos los muros de adobe y quincha deben ser enlucidos y pintados, para ocultar su extrema pobreza.

Lo barato del adobe y de la quincha han permitido que las personas de escasos recursos (o sea la mayoría de la población) hayan podido acceder a una vivienda digna. Aunque en las ciudades de la costa y la sierra peruana se prefirió el uso del adobe y de la quincha, inclusive en las grandes casas, seguramente por razones económicas. La costosa piedra labrada era empleada solamente en algunas portadas, como un adorno de lujo, especialmente de iglesias, las cuales lucían todo su grandioso esplendor pétreo sobre los pobres muros de adobe enlucidos y generalmente encalados.

Todo resulta muy diferente cuando nos referimos a las construcciones de ladrillo y piedra. El ladrillo, luego de elaborado, debe ser cocido a una temperatura adecuada, y para las construcciones se debe unir con un costoso mortero, antiguamente hecho con cal y arena. Y la piedra debía ser extraída de una cantera, cortada en bloques y transportada al lejano lugar de la construcción, es decir, es un material sumamente costoso y apreciado, y fuera del alcance de las grandes mayorías.

LA PIEDRA NO SE PINTA

Esta es una de las razones que siempre han existido para no revocar ni pintar la piedra, y además, por la propia belleza natural de los bloques pétreos, con su diversidad de colores y texturas. Porque la caliza, la arenisca y el sillar son diferentes al granito. Cada tipo de piedra luce de manera distinta; algunas más claras (la caliza, arenisca y sillar), otras más oscuras (el granito); algunas muy duras (como este último), y otras, más bien, blandas (como el sillar, la arenisca y la caliza). Pero todas muestran una belleza particular e impresionan por su gran solidez y reciedumbre, que no se puede ocultar con un enlucido y pintado. 

En Arequipa, algunos “expertos” un poco desinformados, inventaron, hace unos años, que las fachadas de sillar eran pintadas con polvos de ocre de varios colores, mezclados con “jugo de cactus”. Y de esa manera, según ellos, pintaban, en los tiempos virreinales, todas las paredes exteriores de rojo, azul, anaranjado, etc.

Pero estos entusiastas aprendices de decoradores seguramente creían que una pintura de ocre con “jugo de cactus” se comportaría igual, en un aguacero, a una pintura de látex o esmalte de ferretería, actuales, que obviamente no existían en la época colonial y ni siquiera en el siglo XIX.

No se podían imaginar, esos alegres inventores, que en el primer aguacero, todos los colorines de la pintura con “jugo de cactus” de sus fachadas se iban a lavar, a “chorrear”, e iban a terminar en el piso, formando un grande y colorido charco.

Entonces, en las temporadas de lluvias, los antiguos arequipeños hubieran tenido que estar pintando permanentemente sus fachadas, que también, permanentemente, iban a ser lavadas y despintadas por las lluvias.

Obviamente eso jamás ocurrió porque esa pintura de ocre con “jugo de cactus” para exteriores nunca existió y es fruto de la imaginación de personas que siempre han querido convertir a una ciudad de piedra, como Arequipa, en una de adobe y quincha como Lima.

Será por ello que actualmente esos “decoradores” hacen pintar las venerables fachadas de sillar con todos los colores del arco iris, pero no con su “jugo de cactus” sino con resistentes esmaltes y pinturas de látex a prueba de agua. Como resultado de esa “hazaña” han convertido a la otrora Ciudad Blanca en un “Gigantesco Chifa al Aire Libre”.

Cabe recordar que el Colegio de Arquitectos del Perú, en un pronunciamiento (por el frustrado intento de pintar las fachadas de concreto expuesto del ex Ministerio de Pesquería de Lima, posteriormente Museo de la Nación y hoy Ministerio de Cultura), manifestaba que “Demandamos el cese de estos atentados de lesa cultura, antes de que a alguna autoridad se le ocurra pintar los muros de Sacsayhuamán o de Machu Picchu o las fachadas de piedra de la Catedral de Lima o de sillar en Arequipa” (“El Comercio”, Lima, 4 de febrero de 2011, página a-17).

DATO

Por dicha razón es que, continuando con el lamentable furor por pintarrajear todo,  que prima actualmente en el Perú, algunos pintores entusiastas también quisieron afectar el mármol de Carrara arequipense, pintándolo, como lo hace el lumpen en Lima. Porque si importantes casonas arequipeñas de piedra sillar han sido pintadas, hace unos años, de espantosos colorines, e inclusive la otrora bella torre de concreto caravista y sillar de la Recoleta recibió una cobertura de pintura de látex roja y blanca, para convertirse en la “pagoda” del “Gigantesco Chifa al Aire Libre” que mencionamos, la destrucción tenía que continuar y ahora había que atacar las ánforas y pedestales de la Plaza Mayor. ¡Dios nos coja confesados!

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