Arequipa

El mayordomo en la época colonial

11 de abril de 2015
El mayordomo en la época colonial
El oficio de mayordomo durante la época colonial tenía otra connotación social, asumiendo funciones importantísimas.
 
 
Por: Hélard André Fuentes Pastor
Historiador y escritor
 
Partimos de una aclaración. Si bien el término “mayordomo” muchas veces nos remite a otra dimensión que emerge en la vida colectiva de las comunidades como cuando se alude en las fiestas populares a una persona que patrocina y preside el festejo, también conocido como carguero o cófrade. En esta oportunidad, abordamos la “mayordomía” en el sentido administrativo de la organización hispana del siglo XVI, por lo tanto, distamos de las funciones que cumple el mayordomo en las tradiciones y costumbres locales, pues el hecho de realizar ciertos rezos y cambiar las flores del santo todo el año o cubrir los gastos de la celebración, pagar a los músicos, alimentar a los danzantes, proporcionar los juegos pirotécnicos, etcétera, corresponde a un estudio de diferente carácter.
El cabildo o ayuntamiento colonial –que en la actualidad equivale al Concejo Municipal–, surgió inmediatamente después de la fundación de las ciudades con la finalidad de regir los pueblos que tenían la categoría de villa o ciudad. Una vez originada dicha institución, evidentemente, se nombraron alcaldes ordinarios, regidores, escribanos, alguaciles, entre otros cargos importantes como el de mayordomo o tesorero, que era quien manejaba los fondos del municipio.
Tratándose de una institución civil es propio que dicho cargo se elija entre los cabildantes de la localidad. En Arequipa, según consta en el primer libro de cabildo existente, pero segundo por registro, la primera referencia de mayordomo data del año de 1546, cuando uno de los numerosos fundadores que tuvo la ciudad fue nombrado como Procurador Síndico y Mayordomo, nos estamos refiriendo a Pedro Godínez. Una de las funciones que desempeñó este español, fue recoger los pesos de oro que financiaban el aderezamiento y/o limpieza de los caminos. Es curioso que el cobro de dinero, su administración, haya estado a responsabilidad del mayordomo, implicando grandes obligaciones y sugiriendo a la vez, un lugar de suma jerarquía del cual no se ha comentado mucho.
La mayordomía como oficio fundamental de la institución más trascendental de todos los tiempos: el Cabildo; fortificó y ayudó a regular, controlar, administrar y ejercer el sistema económico hispano en los pueblos del territorio americano. Regulaba y controlaba, pues en un documento que data de junio de 1547, según sesión de cabildo ordinario, se autoriza a Pedro Godínez para entregar la cantidad de doscientos pesos de oro a Alonso Ruíz, procurador de la ciudad, a fin de cubrir los gastos que realizó en España “en vn [un] pendón de esta çibdad e otras cosas que [testado: convie] fueran necesarias”.
Ciertamente, la mayordomía no solo existía en el Cabildo; también en las iglesias solía nombrarse a alguien, y no faltaban algunas otras gestiones que requerían de dicho menester. Como prueba, tenemos que en 1546 se eligió a un mayordomo para la Iglesia Mayor que debía dar cuenta de las limosnas. Según nombramiento, uno de los primeros mayordomos que tuvo la iglesia principal fue el clérigo Diego de Medina, nombrado por el vicario Rodrigo Bravo; al parecer no duró mucho en el cargo, después de algunos meses (en octubre del mismo año) juramentó el regidor Juan Flores. Asimismo, en otras situaciones –como lo acontecido en 1550–, hubo la necesidad de nombrar a un español para que tenga a su cuenta el coste generado por construir una ermita (capilla o santuario) en advocación a Santa Marta, ejerciendo tal función, Miguel Cornejo.
En dicho ámbito religioso, cabe mencionar que como existían varias cofradías y ermitas en la ciudad, en diciembre de 1550, se estableció a un “Mayordomo General” sobre los otros que manejaban el aspecto administrativo en su respectiva competencia. Uno de los iniciales fue Nicolás de Almazán, y el documento reza: “(…) elegían e eligieron por Mayordomo de la dicha santa Yglesia de esta çibdad e tenga su libro e quenta de lo que se diere de limosna a la dicha santa Yglesia e rentas que la Fábrica de ella toviere [tuviere] e las gaste e destribuya [distribuya] en aquellas cosas que fueren nesçesarias e cunplideras a la dicha santa Yglesia (…)”. Almazán, debía dar cuenta anualmente al cabildo sobre el tema económico de la Iglesia.
Volviendo al medio civil, en otros documentos apreciamos con mayor atención el significado de esta obligación para la ciudad. En 1550, Antonio de Aranda se comprometió a pagar ciento cincuenta y cinco pesos de oro al Cabildo “de arrendamiento de la dicha Corredoría [correduría] de Lonja por los dichos dos años que en él a sydo rematadas por sus merçedes e los pagará de quatro en quatro meses (…)”. Para percibir este monto, Aranda hipotecó unas tiendas que quedaban cerca de la iglesia principal. Durante este trámite, participó un mayordomo, también procurador de la ciudad.
Este último año, encontramos como mayordomo a Francisco Madueño, que según se menciona en su nombramiento, cumplía con determinado perfil: “es persona honrrada e abonada e tal que terná [tendrá] toda quenta e razón e hará lo que debe y es obligado”. Dicha mención, nos está advirtiendo que el cargo era de confianza pues tenía bastante injerencia en las finanzas de la ciudad, el cabildo e instituciones.
Pasaron los días y en abril de 1550, el mayordomo comenzó a cumplir su oficio, teniendo de cometido –dados los acuerdos– adquirir enseres para el cabildo, tales como: sillas o bancos, mesa y una caja para colocar las escrituras “e merçedes tocantes a esta çibdad”. Además, debía comprar madera y otras herramientas, puesto que la “Casa de Cabildo” –como se denomina en esta época– se encontraba descubierta y mal reparada; también se habla de colocar puertas, ventanas y cerraduras. Un año después, se nombró a Diego Bravo. 
Para 1552 hallamos un aporte singular. Mientras en años anteriores el cargo de procurador y mayordomo, recaía en una sola persona; en enero del 52 se nombra como Procurador Síndico al referido Diego Bravo, y, como Mayordomo a Hernando Rodríguez de Huelva. La modalidad en dicha elección entre los cabildantes acompañó a los siguientes años. 
A mediados del siglo XVI, también se elige un Mayordomo para el hospital, siendo nombrado el español Francisco Noguerol de Ulloa en noviembre de 1553. Obviamente que se le encomendó la función económica y administrativa de dicha institución. Hacia 1555, tenemos al capitán Francisco de Grado, quien debía tener registro del acogimiento de los pobres, así como de la medicina y alimentación que requerían. Igualmente, era quien realizaba el inventario del sanatorio y el puesto tenía la vigencia de un año.
Hay muchos personajes que obraron en este cargo, algunos como Diego Gutiérrez (en 1555), se les confiaba las limosnas; a otros como Diego Bravo (en 1556), se les delegaba el hospital; y no falta, quienes eran acreditados para el bien común de la ciudad o de la iglesia en general.
 
 
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