Arequipa

El mundo del lector

22 de septiembre de 2019

El lector abocado a los libros en sus tiempos libres o de manera disciplinada, es un agente pasivo, mientras se decide a pasar a la condición de autor de sus propios libros.

Por: Mario Rommel Arce Espinoza

La condición de lector requiere disciplina y constancia. No es un ejercicio pasajero o circunstancial, implica inversión de tiempo, para leer con provecho. Esta práctica de la lectura en silencio, requiere, además, de concentración para asimilar los conocimientos adquiridos, por medio del libro. Debe ser un acto de decisión personal, dedicar unas horas de tiempo a la lectura, motivados por el placer de leer. Aunque también forma parte del proceso de aprendizaje, con la finalidad de adquirir nuevos conocimientos, que el lector usará como insumo para algún emprendimiento académico.

El mundo del lector es el hábitat que lo rodea, el espacio donde el lector se sumerge en la lectura de los libros. El lugar destinado a la lectura es al mismo tiempo un refugio, donde el lector se aísla para entablar una comunicación con el libro. Se produce entonces un nivel de concentración que hace posible en el lector poner en práctica la reflexión sobre los contenidos del libro. Este escenario, sin embargo, corresponde a los libros de reconocido prestigio, no así de aquellos considerados poco virtuosos. En ese sentido, hay una jerarquía en la clasificación de los libros, para llegar a la conclusión de que existen buenos libros y, por oposición, otros que, por la naturaleza de su contenido, no serían útiles ni edificantes para el lector.

¿Quién juzga la calidad del libro? Es muy subjetivo encontrar una respuesta. Sin embargo, son los escritores e intelectuales quienes establecen criterios para determinar la calidad del libro. Así, por ejemplo, Mario Vargas Llosa dice que un gran libro es aquel capaz de producir un cambio personal. “Un requisito indispensable para que un libro me hechice, es que no sea demasiado simple, que exija de mí un esfuerzo intelectual para poder apreciarlo”. De acuerdo a esta opinión del Premio Nobel de Literatura 2010, un buen libro debería desarrollar en el lector su nivel de análisis, despertar su curiosidad hasta el final de la historia, atrapándolo de principio a fin.

Y, respecto a la otra condición de los libros, mayormente por razones ideológicas, fueron considerados poco o nada edificantes para la formación de las personas. Otra vez, quién juzgaba la calidad de los libros por su contenido. El libro es un producto final para la industria editorial, de ahí que puede haber una percepción engañosa con relación a los libros más o menos promocionados por el marketing editorial. En otro tiempo, la censura de la Inquisición y la ley de imprenta fueron los mecanismos de control de la lectura, marcando una diferencia entre los libros que estaban o no prohibidos.

La censura en la época colonial, y la ley de imprenta en la época republicana compartieron una representación que consideraba peligroso leer libros prohibidos por la Inquisición; pero también existió un nivel de censura con los periódicos que amenazaban la autoridad del gobernante, en los siglos XIX y XX, trayendo consigo el cierre del medio de comunicación. En la práctica, era la aplicación de la “mordaza” contra los denominados periódicos de combate.

Esta representación del “mundo del texto” ha creado en el imaginario social la idea de que existen buenos y malos libros, dependiendo de la naturaleza de su contenido. Si eran libros que atentaban contra el dogma religioso había que censurarlos, una práctica muy extendida en “el mundo del lector”, durante el antiguo régimen. En este caso, el inquisidor aconsejaba al lector llevar a cabo la autocensura, consistente en tachar él mismo el texto, la frase o palabra ofensiva a la moral cristiana. En el imaginario social, se creía necesario evitar ese tipo de lecturas para no extraviarse con ideas perniciosas. En el imaginario social gravitaba la idea del temor a Dios. Leer libros prohibidos era una actitud desafiante, de abierta rebeldía contra el pensamiento religioso predominante, hegemónico para aquella época.

Algo parecido sucedió con las ideas revolucionarias en el proceso de la independencia. A través de los libros se crearon verdaderos estados de opinión a favor de la causa patriota. Y, por el lado del lector, hubo un grado de apropiación de esos contenidos que cambiaron su visión de la historia, y lo decidieron a actuar.

El imaginario social es una corriente historiográfica desarrollada por los historiadores franceses Michel Vovelle (1933 – 2018), Jacques Le Goff (1924 – 2014), George Duby (1919 – 1996) y Roger Chartier (n. 1945). En esa línea se reconoce una diferencia entre la imagen y el imaginario. La primera es tangible, y está representada por un afiche, cartel o fotografía, mientras que los imaginarios no tienen realidad física.

Hay una imagen del “mundo del lector”, para los siglos XVIII y XIX. La iconografía lo muestra leyendo en voz alta, para un grupo de amigos. Asimismo, el lector aparece retratado poniendo en práctica la lectura silenciosa, solo en su gabinete de trabajo, concentrado en sus libros. La mujer lectora también fue retratada leyendo en el campo, en voz alta, para un grupo de amigas, en una actitud más liberada. Pero también hay pinturas que la muestran leyendo sola en la intimidad del hogar. Según la historiadora francesa Michelle Perrot, en el siglo XIX, la bulimia de la mujer lectora fue motivo de sospechas, por parte de clérigos y moralistas, que estimaban esa conducta como peligrosa. En el siglo XIX, algunos profesionales o intelectuales se fotografiaban junto a un libro en señal de cultura. En el siglo XX, es común para muchos profesionales hacerse fotografiar rodeado de libros, queriendo transmitir con ello un mensaje de intelectualidad o de amplia cultura.

En cuanto a los imaginarios sociales, en el siglo XVIII, el lector de libros era considerado “sospechoso” y “peligroso”, para el inspector de policía francés. En el siglo XIX, se creyó que no era recomendable leer novelas, para las mujeres casadas, porque ponían en riesgo la estabilidad del hogar. También existió la creencia de que leer mucho era un vicio poco recomendable, porque generaba algún tipo de taras en la persona. Incluso, hoy, existe la creencia de que leer mucho, o estudiar mucho, puede degenerar en locura.

Un mito para justificar el poco aprecio por la lectura. Una cita literaria de la inmortal obra de Miguel de Cervantes, tal vez contribuyó a esa idea, cuando contó que su personaje el Quijote, por mucho leer y poco comer se le secó el cerebro, cayendo en estado de locura. De ahí que el ama y el cura se empeñaban en alejarlo de los libros de caballería por haber sido la perdición del Quijote. A ellos se atribuía la locura del caballero andante, por eso hicieron todo lo posible por alejarlo de sus libros. Asimismo, existe la creencia de que la literatura de ficción aleja de la realidad a las personas, cuando sabemos, por el contrario, que la literatura supera la realidad.

Ambos términos: “el mundo del texto” y “el mundo del lector” fueron acuñados por el filósofo de la historia Paul Ricoeur (1913 – 2005). Citado, a su vez, por Roger Chartier en su libro “El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural” (Gedisa, 1992), considera que en “el mundo del lector” el texto adquiere un significado especial cuando una palabra cobra sentido para el lector, se apropia de su contenido y le atribuye un significado en función del pensamiento predominante.

Este planteamiento guarda relación con lo dicho por la antropóloga y novelista Michèle Petit en su libro “Lecturas: del espacio íntimo al espacio público” (México: FCE, 2001). Allí sostiene que la lectura siempre produce sentido para los lectores. Sabe que hallar una frase puede influir en el rumbo de una vida. De modo que en “el mundo del lector” también está presente la posibilidad de operar un cambio en su forma de pensar, que si bien es cierto está influenciada por el pensamiento predominante, por la mentalidad de su época; sin embargo, el lector es capaz de transformar su propio universo mental, logrando reinterpretar los saberes aprendidos para producir un cambio en su propia comunidad. Así lo hicieron en su momento algunos escritores y filósofos, quienes insatisfechos con su tiempo desarrollaron ideas que lograron producir un cambio en las estructuras sociales. La vigencia de un nuevo paradigma en las ideas políticas conllevó al rediseño del modelo político en el siglo XVIII, con filósofos franceses, ingleses y norteamericanos, cuyas obras fueron la consecuencia de años de reflexión, a fin de encontrar respuestas a las urgencias de su presente.

Es “el mundo del lector” el que hizo posible gestar esos cambios, de ahí que leer no es solo un ejercicio para satisfacer el ansia de conocimiento, sino que la construcción de ese conocimiento sobre la base de un conocimiento previo constituye una operación de importancia para la concepción de una sociedad.

Pero no necesariamente la lectura en el universo del lector involucra una creación heroica de conocimiento, también es una realización personal, de ribetes más modestos, pero igualmente relevantes.

En cualquiera de los dos casos, hay una voluntad de cambio a través de la palabra escrita, creando situaciones de realidad o ficción que solo prueban la enorme capacidad creativa de la persona.

Si en el imaginario social el lector está representado como una persona con enorme potencial para cambiar la realidad a través de sus obras, dispone de un enorme poder que solo él podrá administrar para sí mismo o también para la comunidad que lo rodea. No hay opciones, solo un íntimo deseo de realización, para tal vez probar de lo que somos capaces.

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