Arequipa

El Pueblo se avecina en las calles

16 de junio de 2020

Por Lucas Z. Granda

                Tomaron la única avenida de ingreso al puerto pesquero más importante del sur del Perú, eran pescadores con parte de la sociedad civil organizada, antes se encontraban en los piquetes que habían conformado hace algunas semanas, con el objetivo de “proteger al pueblo y el distrito” de las personas foráneas que venían de la capital del departamento, pasando informalmente en los vehículos de transporte de carga ancha. Era evidente que estaban enojados e indignados, las mascarillas iban impregnadas en su cuerpo y no necesariamente obedecía a la pandemia,  pensar que una medida institucional había desencadenado tal disturbio, como botar un cono o pedirles que se retiren de los puestos de vigilancia instalas por la población, significaba un vacío dentro del análisis de la gobernabilidad y la política del territorio. Gritan y reniegan, imposible impartir un dialogo o que se asome el consenso. Así inicia un conflicto, en medio de las contraposiciones de ideas, con intereses ambivalentes e irracionales, negando el derecho a escuchar para contestar y sobre todo pidiendo medidas radicales, sin interiorizar que vivimos en un país donde prima la igualdad ante la ley, la democracia y el Estado de derecho.

                Nos acercamos a las diez de la mañana y la vía está bloqueada, se empieza a aglomerar más pobladores, desde niños y niñas hasta adultos mayores desafiando a la muerte que asecha a la humanidad, pero su intención es saber lo que está pasando, más que sentar una posición a favor o en contra del conflicto. Se conforma la rotonda clásica popular, para socializar porque están en las calles, y conseguir la venia del puño cohesionado del pueblo. Entre gritos, aplausos y la transversal indignación se da la noticia afirmativa que quieren la presencia de las autoridades para solucionar el problema, más que una salida abierta al dialogo, es una exigencia con sabor a amenaza. Podríamos citar aquí las grandes revueltas que sucedieron en la revolución francesa de 1789, bajo la bandera de la igualdad, la fraternidad y la libertad. También a las protestas multitudinarias del movimiento agrario en el siglo pasado en nuestro país, exigiendo que la tierra le pertenezca a quien la trabaja no para quien la posea, pero en ambos ejemplos había una masa crítica, lo que Marx denominaba la consciencia de clase, hoy, categoría extinta o puesta en debate por la neo-colonialidad, y mucho menos presente en los disturbios sucedidos.

                Las autoridades están reunidas, esperándolos en un espacio para poder dialogar y llegar a un acuerdo razonable. Antes de que la población pueda escoger sus representantes, la institucionalidad de la localidad ya estaba coordinando y preparando las alternativas más propositivas para resolver el conflicto. Cabe mencionar lo atípico de esta respuesta del brazo del Estado, visto en su expresión local, porque mecer a la población es una práctica-cultural, no solamente de la política sino en la normalización de la ciudadanía. Ya eran las once de la mañana, cuando caminaron siete cabezas en la punta de la flecha de la sociedad civil organizada, preparándose para ingresar a un espacio que ya los estaba esperando. Algunos dirigentes varones se arrepintieron en la puerta de ingreso, dudando en su capacidad para transmitir lo que su pueblo le había encomendado, lo que su pueblo le había confiado, su voz y voto. La reunión siguió, y pudo iniciarse.

                Fueron cuatro horas de desahogo, no solamente de los puntos de agenda que se venían a tratar, llegando a asomarse las ideas independentistas y nacionalistas de no hacer caso a las medidas del gobierno central, criticando presupuestos que no se sabía si se tenía o como se fiscalizaban, mostrando decretos supremos a mano alzada que no se sabía para que servían y citar a la políglota e ilustrada televisión como argumento científico, validando su postura de la sociedad civil organizada, velar por el bien público y por el interés del pueblo. Es así como los sueños se rompen, es así cuando los charlatanes tienen el poder, es así cuando la ignorancia es atrevida y poco útil para resolver un conflicto, imperando el reino del populismo y las dádivas para que todo vuelva a la normalidad. No se debe cuestionar al pueblo cuando clame justicia, cuando luche contra las desigualdades, cuando fiscalice a sus autoridades, pero nosotros como pueblo debemos de informarnos, crear conocimiento, auto-educarnos y fiscalizar con conocimiento de causa, no quien grita más tiene la razón, sino quien sabe escuchar y debate sobre las ideas sin descalificar a las personas.

                Durante la reunión todo se sinceró, el miedo a morir en manos de la COVID-19 fue la motivación del disturbio, ese miedo de perder a un padre, a una madre o algún ser querido que es parte de la población riesgo, es lo que hizo marchar a las y los pobladores con los intereses más humildes y sinceros. Pero no siempre cuando partes rápido significa que vas a llegar primero a la meta. Y así fue, nadie representaba a nadie en la reunión por parte de la sociedad civil, entonces se tenía que salir a informar a la población que estaba afuera, cada uno y una es su propio representante. Y la culpa no solo le pertenece al pueblo, sino a la institucionalidad del Estado, ¡no confiamos en nada ni en nadie que no represente mi opinión personal! Así no se puede gobernar, así no podemos hablar. No señalemos con el dedo acusador al Estado o algún nivel de gobierno, sin antes haber respondido algunas contradicciones internas de cada individuo, porque no podemos ir a crear un consenso bajo la premisa de cortar cabezas.

                Al finalizar el día se tuvo un sabor agridulce de los acuerdos publicados, pero la población dejo la vía libre para el tránsito. Si masticamos una opinión, fue buena la respuesta inmediata de la institucionalidad del Estado, tuvo las mejores intenciones la sociedad civil organizada al momento de reunirse, pero en este espacio tan controversial y atípico, no sucede en todo el país, y esto se hará más frecuente a medida de los destrozos que deje la COVID-19.

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