Arequipa

El repartidor de dones

10 de noviembre de 2019

Una frase que siempre le escuchó pronunciar a su madre parece explicarlo todo: las cosas ocurren sólo si Dios quiere.

Por Orlando Mazeyra Guillén

El día de tu cumpleaños te recogió del trabajo a las seis y treinta de la tarde —puntualísima como siempre— y te invitó a comer una sabrosa parrillada. Luego te regaló un polo azul oscuro y un reloj. Te entregó una carta muy breve y te pidió que la leyeras en ese mismo momento:
«Nadie cree en ti, a veces pienso que ni siquiera tú mismo. Pero sí: vas a ser escritor. No sé adónde llegaremos juntos, tengo muchas dudas al respecto, déjame decírtelo en esta fecha tan importante. Y eso no importa porque vas a ser escritor. Créeme. Y sobre todas las cosas cree en ti por el amor de Dios».

—Tú sabes cómo hacerme llorar —le dices con el corazón abierto a más no poder y conteniendo las lágrimas—. Gracias por todo lo que haces por mí. Creo que no me lo merezco.

—Sólo te dije lo que siento. No lo vayas a olvidar.

—No podría. Nunca —le prometes mientras guardas la carta en tu mochila.

—¡Vas a irte de acá! ¡Ya verás!

—¿Cómo sabes que postulé a la beca?

—Porque te conozco bastante y sé que ese es uno de tus grandes sueños. Yo nunca seré un obstáculo, sólo quiero tu felicidad.

—Si se da, cosa que dudo, serían tres años en el extranjero… es mucho tiempo para mí.

—Se dará: tienes que irte. Y, cuando lo hagas, no mires atrás.

—Fácil es decirlo…

—¿Y tú crees que para mí es fácil hacerme a la idea de que ya no estaremos juntos?

Por la noche una habitación de hotel. Dos cuerpos desnudos. Después de hacer el amor ella pone tu mano izquierda sobre su pecho:

—¿Lo sientes? —te pregunta.

—Sí.

—Late por ti.

Sólo tres palabras para dejarlo en claro todo: «late por ti». Es suficiente. Le besas los pies, las rodillas, los muslos, el vientre, el cuello, la boca, la frente, el cabello y —si pudieras— también le abrirías el pecho para besarle aquello que late por ti. Luego al revés: empiezas arriba y terminas abajo.

Ella se aferra a tu cuerpo y te pide que no olvides ese momento.

—¿Por qué demoraste tanto en aparecer? —te pregunta y tú, absorto, la contemplas en silencio. Enciende un cigarrillo, le da dos caladas y te lo alcanza. Tú abres la ventana y respiras el aire nocturno antes de empezar a fumar. Tratas de entender su pregunta. ¿A quién recordará? ¿A quién demonios buscará cuando ya no estemos juntos? ¿Será acaso un buen momento para que te cuente todo lo que ignoras sobre su pasado?

—No voy a poder estar sin ti —le confiesas—. Lo único que me hace bien eres tú.

—Dios te ha dado un don —te dice—. Tienes que saber aprovecharlo.

—Ni siquiera sé inglés. La verdad es que tú dominas ese idioma mucho mejor que yo.

—No vas a escribir en inglés sino en español.

Tu madre, desde que tienes memoria, siempre insistía con ese asunto: «tienes que aprender inglés para que seas un gran profesional». Profesional, decía ella. Es decir: un gran abogado o ingeniero. Todos los veranos en el centro cultural aprendiendo ese idioma. El tedio, los verbos que uno tenía que conjugar, las canciones horrendas, las estaciones del año —winter, summer, spring, fall—, los ejercicios de traducción. Tú, mirando de rato en rato el reloj, esperando que suene la campana para irte de una vez: bajando a toda prisa por la calle Melgar, cruzar la plaza San Francisco —por aquel entonces al pasar por la iglesia San Francisco aún te persignabas—llegar a la calle Ayacucho; y cruzando el puente Grau a trancazos para llegar al club y pasar dos horas en la academia de fútbol del Inter que conducía el profesor Chochos.

De niño querías ser futbolista y no pudiste. De grande sueñas con ser escritor, ¿ocurrirá lo mismo? El día de tu cumpleaños tú mismo te pinchas el globo y crees que sí: fracasarás de nuevo. Ella, en cambio, te tiene una fe catedralicia, irracional, fanática. ¿Qué pasará? Tu madre decía siempre que las cosas ocurren sólo «si Dios quiere». En este aspecto ambas coinciden: son mujeres de Dios y tú un hombre sin fe. No crees en Dios… ni siquiera crees en ti mismo.

***

En Miami, solitario y ansioso, pasas por un vasto campo de golf y te mueres de sed. Buscas en Hollywood Beach infructuosamente algún local o gasolinera en donde atiendan latinos para pedir (sí, en español) un agua fría o una gaseosa. En fin, cualquier cosa para menguar la descomunal resaca que te asedia. Tu amigo, el que te aloja en su sala (en su sofá-cama para ser precisos) trabaja en Microsoft hasta las cinco de la tarde y recién es mediodía. Te ha dicho, prestándote un moderno y diminuto equipo de GPS, que pasees sin miedo por donde quieras.

Encuentras un local que pertenece a una cadena de restoranes llamada Taco Bell. Allí quizá encuentres mexicanos o latinos. Hay, qué más da, un par de cubanos discutiendo de beisbol mientras miran el televisor. Tratas de encontrarle la gracia a ese juego pero te parece soporífero (darías cualquier cosa por estar en el estadio Melgar). La comida intenta ser mexicana, pero hasta los tacos baratos que comes en el Perú son más ricos. Extrañas todo: hasta el desorden, los bocinazos, todo, todo. ¿Por qué será? ¿Otro ejercicio masoquista?

En la tarde por fin te encuentras con tu amigo y te nota desencajado, pues acabas de terminar de hablar con ella por vídeo-llamada.

—Te voy a hacer un gran regalo —te dice dándote un par de palmadas en la espalda—. No seas marica, Lando. Si te lo propones, acá vas a pasarla de putamadre.

—No creo —le respondes apenas subes a su camioneta—. La extraño como mierda.

—Ya veo —te dice y pega una acelerada.

Llegan a un club de chicas malas que funciona las veinticuatro horas.

Son unas mujeres deslumbrantes. Se te mueve el piso. Y algo más.

—Escoge la yegua que tú quieras —le dice levantando el pulgar de su mano derecha—. Yo pago: hoy por ti y mañana por mí.

Tú no vas hacia ellas, sino ellas hacia ti. Ah, qué espectáculo inolvidable.

Ahora sí te arrepientes de no saber una pizca de inglés. Una de ellas, quizá la más desenfadada, se sienta sobre tus piernas y te muestra el tatuaje que asoma por sus senos.

—Kiss me —te ordena.

—¿Qué me dijo? —le preguntas a tu amigo haciéndote el idiota. Sí, le entendiste. Sólo que no piensas traicionar a Micaela. No, de ninguna manera. A pesar de que en el aeropuerto te dijo: «eres libre y yo también».

—No te hagas el santurrón y aplica de una vez —te pone en tu sitio tu amigo

—. Acá simplemente debes pronunciar dos palabras: «How much?»… y lo demás se arregla sencillito, para eso estás con tu pata del alma.

Cierras los ojos y le besas los pechos. Ella te habla al oído y tú, ahora sí, no entiendes nada. «I don’t speak English», murmuras avergonzado y ella se ríe de ti. Y quizá también se ríe de la vida.

Tu amigo trae unas cervezas Presidente. Te dice que es chela dominicana y también te dice en buen peruano: «Bienvenido a Miami, doctor. Nadie se va a enterar».

¿Para esto me fui?, te preguntas antes de volver a la carga. Cada cerveza Presidente hará su tarea: la imagen de Micaela se irá desvaneciendo. Y, si Dios —el arbitrario repartidor de dones— quiere, ella nunca se enterará.

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