Arequipa

El señor que se hizo escritor por amor y que hoy vende cultura en los buses

1 de marzo de 2020

Con seguridad, todas aquellas personas que toman una cúster de transporte público para dirigirse a su casa, centro de estudios o trabajo, alguna vez se han topado con José Alvear Corimanya. Desde hace 20 años su trabajo es subir a estos automóviles para vender sus productos: libros de cuentos, poemas y novelas cortas. ¿Porque un hombre decide dedicarse a este oficio, no muy rentable, a sus 67 años?

Por: Gustavo Callapiña Díaz

Son las 11:00 horas en el óvalo ubicado en el sector de Mariscal Castilla, en el distrito de Miraflores. Uno de los puntos en los que se aglomeran muchas personas y refleja la realidad del Perú. Hombres buscando trabajo, señoras vendiendo comidas y bebidas de manera ambulante en las calles, vendedores de periódicos, comercios de artefactos electrónicos, combis y cúster que transitan abarrotadas de personas que buscan llegar a algún destino. De una de ellas, desciende José Alvear Corimanya. De estatura baja, vestido con una camisa holgada y un jean gastado. Lleva en su mano un maletín repleto de libros. Desde hace veinte años decidió cambiar su vida, que transcurría por otros trabajos: Ya sea como ayudante de construcción, profesor de arte en colegios, y demás, y decidió dedicarse a uno inusual: escritor, y vender sus propios libros.
En el mundo de hoy, y en el de ayer también, el objetivo de los padres siempre fue lograr que sus hijos tengan educación. Es una de las metas de las personas para superarse en todo sentido. Alvear Corimanya refleja esto en los discursos que da a sus potenciales clientes, quienes lo escuchan o ignoran en los buses que recorren la Ciudad Blanca de punta a punta. Alvear no se desanima, es su trabajo, y aunque cuando inició en este negocio en la década del 90 no fue fácil ahora lo asimila más rápido y no se hace problemas.
Está en otro vehículo. Hay poco más de 10 personas y el hombre que ya no cuenta con cabellera habla al público. Convencer a alguien para que decida comprar algo no es un trabajo sencillo. Pese al rostro adusto y en el que a primera vista pareciera que se encuentra molesto, el protagonista de esta historia se suelta y cuenta un poco de su vida a los demás.
“Señores, señoras, señoritas y jóvenes. Mi nombre es José Alvear Corimanya, y en el mes de mayo cumpliré 21 años realizando este trabajo. Son ya dos generaciones en las que a través de mis libros vengo generando el hábito de la lectura. Empiezan leyendo cuentos y deben de terminar con novelas y cuentos que tengan más de 400 páginas como ocurre en Chile, Argentina, Cuba”, narra a los pasajeros.
Luego de esas bonitas palabras inspiradoras, viene la parte autobiográfica. La parte dura de la historia de Alvear y de muchas otras personas. El reflejo de lo que somos y que tiene indudable conexión con lo que vivimos en la niñez. Ese también es el caso de Alvear Corimanya, arequipeño de nacimiento y de padres migrantes de Puno y Ayacucho, tuvo una infancia dura en el sentido económico. No se avergüenza de ello. Es lo que vivió y eso no se puede negar ni ocultar.
Su rebeldía por conocer más le fue generada antes de cumplir los 18 años. Sus padres, ya separados, lo dejaron al cuidado de su abuela materna. Ella analfabeta y trabajadora doméstica en las casas adineradas de la época, le dijo: “Cuando termines tus estudios vas a trabajar de obrero en el ferrocarril, o sino en la Sociedad Eléctrica”. Ese era el futuro que pensaba para él su «Ma», como él la llamaba, sin embargo se rebeló. No quería ser un simple obrero. Quería estudiar y ser profesional.
“Mi infancia la viví en un tugurio, en la calle Sucre. Allí jugaba con los demás niños que eran hijos de artesanos, pintores, relojeros y era básicamente un ambiente de clase media en la que hablaban de ser profesionales y allí me nace el interés de estudiar y escoger sociología, creo que inconscientemente con el interés de explicar el porqué de mi pobreza”, refiere sin pena ni melancolía.
Nadie puede conocer a las personas a simple vista. Se necesita conversar con ellos, escuchar sus historias. Allí recién se puede decir que se conoce a alguien. Mientras muchas personas que pasan los 60 años ya se sienten cansados y agotados por los años que llevan a cuestas. Y es lo normal en la sociedad en la que vivimos. Alvear Corimanya es un caso atípico. No solo decidió estudiar como un acto contestatario a su vida, sino hacer muchas más cosas: Se dedicó a la vida deportiva, ser atleta y ciclista para mantenerse vital. Incluso hoy a su edad, acude todas las semanas al Strong, un centro de entrenamiento, ubicado en la calle Octavio Muñoz Nájar.

LOS INICIOS DEL ESCRITOR
Distinto a la forma de enamorar hoy en día, en los años de 1950 la forma de enamorar era utilizando las cartas de amor. El niño Alvear, en ese entonces, también se enamoró, como todos. Vale decir un amor colegial. Cursaba el quinto año se primaria y se enamoró de Adelina, una hermosa niña camaneja, que vivía en la calle Cruz Verde.
“Le escribía poemas en papel rosado, con perfume y otros detalles. Ella vivía en un tugurio al igual que yo, y bueno, pues un día quedamos en vernos a una determinada hora, pero ella no llegaba. Así que decidí acercarme y la escucho conversar con su amiga. Estaban planeando un viaje a Yura en parejas y su amiga le dice: “Supongo que llevarás a José”, y ella le responde “No, él es pobre», me cuenta, mientras bajamos del tercer bus del día.
Dura como la vida. Así fueron sus inicios en el amor y en la escritura que practicaba de manera informal.
Sin embargo la decisión de escribir para vivir, la tomó años después, tras retornar de un viaje realizado a la sierra peruana, en la que conoció los pueblos de Puquio (Ayacucho) y Acarí (Puno) en los que nacieron sus padres.
“Empecé a escribir en 1999. Cuando regreso a Arequipa y mi primer lugar de venta era en el terrapuerto, en las que ofrecía mis escritos a las personas que esperaban sus buses para viajar”.
Alvear Corimanya inició vendiendo poemas y después incursionó en la narrativa. Cuenta que en los cuentos y relatos que escribe plasma su imaginación. No es un hombre de leer mucho, debido al poco tiempo con el que cuenta y prefiere usar su imaginación y las anécdotas que le cuentan para hacerlo.
Su inquietud por aprender siempre más lo llevó a incursionar en el mundo del mimo. Esos hombres pintados de blanco y negro que no hablan y solo se comunican con gestos. Hoy a sus 67 años toca hacer un cambio. El hombre que se ha subido a miles de cúster, tiene pensado dejar este oficio y viajar a la selva peruana para dedicarse a la labor de mimo. “En una actuación de mimo ganó 100 soles en una hora y tendría más tiempo para leer y escribir”, me dice mientras nos despedimos.
Como todos en la vida, necesita de trabajar y generar más ingresos. Dice que la decisión la tomará en los próximos días, mientras tanto seguirá subiendo al transporte urbano a vender un poco de conocimiento y tratar de cambiar el país incentivando la lectura.

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