Arequipa

El tercero en discordia

15 de marzo de 2020

El lector, como destinatario final de la obra, es la persona que en sentido figurado se disputa el autor para atrapar su atención.

Por: Mario Rommel Arce Espinoza

El autor, el libro y el lector forman parte de una trilogía indisoluble, sobre la cual se ha escrito mucho, aunque no lo suficiente. En un primer momento, el autor mereció todo el crédito de los investigadores. Los estudiosos ocuparon su tiempo en conocer la vida de los escritores. El género biográfico contó historias fascinantes acerca de ellos. En otro momento, el libro se volvió protagónico. Las investigaciones giraron en torno a la obra literaria, a los criterios de interpretación. Se utiliza la semiótica para el análisis del discurso literario. Y la hermenéutica, como metodología de interpretación.
El crítico y teórico literario francés Gérard Genette (1930 – 2018), en el libro “Umbrales” (Siglo XXI Editores, 2001), una obra clave para el estudio crítico del libro, abrió el debate académico sobre el paratexto. Que, en palabras del autor, era el texto convertido en libro. Y, a su vez, se dividía en dos tipos: el peritexto y el epitexto. Ambos términos fueron acuñados por Genette. El primero responde al criterio editorial del libro, al trabajo del editor; por ejemplo, si exhibe ilustraciones o lleva epígrafes, prefacios, epílogos, dedicatorias y notas. En cambio, el segundo concierne más a la discusión autoral y editorial en los medios escritos, radiales o televisivos, por medio de entrevistas, reseñas y cualquier otro tipo de opinión.
Según el estudioso francés, el peritexto comprendía la dedicatoria y las notas. En ese sentido, el autor dedicaba la obra a una persona, que podía ser un mecenas, a quien agradecía la publicación, o también a un grupo de personas, que podía ser un colectivo de académicos, a quien el autor debía tributo intelectual por haber compartido con ellos los borradores de la obra.
Los orígenes de la dedicatoria se remontan a la Roma antigua. Hay un sin número de ejemplos de dedicatorias alusivas a personajes históricos o también a personas de exclusivo interés del autor. Citaré el caso del escritor colombiano Gabriel García Márquez (1927 – 2014). El autor dedicó a su colega Mario Vargas Llosa un ejemplar de la segunda reimpresión de su novela “Cien años de soledad”, publicada en 1967, con el siguiente texto firmado en 1972: “Para Mario, de su descuartizado, desmenuzado y desenmascarado hermano”. El ejemplar único forma parte de la Biblioteca de Mario Vargas Llosa. Y se hizo público, a raíz de un reportaje dedicado a ambos personajes, ganadores del Premio Nobel de Literatura.
En cuanto a las notas, ya se hacían en los libros manuscritos, cuando el lector hacía anotaciones marginales en el propio texto, o al final de la obra. Fueron comentarios breves hechos en el margen del texto, para destacar un párrafo, establecer dudas, aclaraciones, puntos de interés, ideas clave o ideas principales del documento.
Subrayar sobre el libro propio es otra práctica muy común para hacer precisiones, destacar ideas. A eso llamo diseccionar el libro, para tenerlo muy bien mapeado.
Como lector en actividad puedo afirmar que las anotaciones son muy valiosas si se trata de hacer una lectura provechosa. En tal sentido, recuerdo lo dicho por el jurista y político español Ramón Salas (1753 – 1837) en el prólogo a la obra “Tratados de legislación civil y penal” del filósofo, economista, pensador y escritor inglés Jeremy Bentham (1748 – 1832), publicada en Burdeos, en 1829. Allí Ramón Salas expuso el principio de utilidad que debía ser característica de cualquier tipo de lectura, con la finalidad de aprovechar al máximo el tiempo invertido. Dijo entonces: “El hombre sabio que me dirigió en mis primeros estudios, me dio entre otros consejos muy importantes el de no leer jamás un libro en que quisiese instruirme, sin tener la pluma en la mano, y hacer sobre él anotaciones, comentarios, extractos o cualquiera otro trabajo, que, fijando mi atención, estorbase las distracciones incompatibles con la meditación tan importante en los estudios”.
La lectura como reflexión es otro proceso que el lector pone en marcha cuando se apropia del conocimiento de los libros. Es una práctica realizada en base a la intertextualidad, permitiéndole al lector elaborar su propio pensamiento. El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788 – 1860) ya se pronunció al respecto, cuando trató de la capacidad reflexiva de las personas.
El lector es el tercero en discordia, porque es él el encargado de apropiarse del contenido de la obra, cuyo contenido es capaz de producir un cambio en su pensamiento, llevándolo a asumir una actitud activa frente a la vida.
Cuando el lector se apropia de las ideas contenidas en el libro, las acomoda de acuerdo a sus creencias o ideologías. Es decir, hay más de un criterio de valoración del texto. De modo que el lector hace una lectura propia de la obra del autor, operándose un intercambio entre el autor y el lector de su obra. Ya para entonces el autor ha perdido competencia sobre el contenido de su libro, porque ahora el lector es quien asume la competencia de juzgar la obra, en la medida que dispone de cierta preparación, o cuenta con algunas herramientas de interpretación de obras literarias. O simplemente el lector hace una lectura llana de la obra. En ambos casos, hay un ejercicio de comprensión, que posiblemente difiera de lector a lector. Razón por la cual, se dice que el libro una vez publicado pasa a consideración del lector, quien decide leerlo o no. Si la obra no satisface sus expectativas es muy probable que el lector abandone la lectura. Si por el contrario cautiva su interés, quedará atrapado de principio a fin.
Ya que hablamos de inversión de tiempo, no se puede perder de vista que la lectura requiere constancia y disciplina. Leer es un hábito provechoso, pero se necesita de mucha perseverancia para avanzar en la lectura de los libros.
Leer es un ejercicio solitario. Y aquí recuerdo un pasaje del escritor francés Marcel Proust (1871 – 1922) en su ensayo sobre la lectura cuando contaba que para leer buscaba la comodidad del comedor de la casa. Solo en ese lugar encontraba tranquilidad para leer, hasta que aparecía alguien del personal de servicio para interrumpir su concentración. Esta relación entre el lector y el libro establece un tipo singular de comunicación, según la cual el lector procesa la información del texto haciendo uso de las notas en el propio libro o también en la libreta de notas.
Esta última herramienta es imprescindible del investigador, el mismo que levanta información relevante en su libreta de notas, para uso personal.
El lector tiene la potestad de castigar el contenido de una obra con algún tipo de valoración personal, un juicio crítico, por ejemplo, materializado en las anotaciones a la obra. Es sabido que el escritor peruano, nacido en Arequipa, en 1936, Mario Vargas Llosa tiene la costumbre de hacer anotaciones y comentarios en los libros que lee, incluso de colocar una calificación vigesimal como prueba de su apreciación personal por una obra. Es una valoración personal, respetable desde todo punto de vista. Cualquier otro lector podría hacer lo mismo con el libro leído. Es muy subjetivo el criterio de evaluación, pues depende de los gustos e intereses personales que busca el lector en una obra. En ese sentido, el lector ostenta un poder sobre el libro, que se pone de manifiesto en las recensiones y comentarios hechos en público o en privado.
Esto corresponde al ámbito del epitexto, del cual se ocupa Genette para referirse al impacto mediático de una obra. Así, por ejemplo, la publicación de la novela “La ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa en su tiempo provocó el rechazo de sectores de la sociedad peruana. Algunos militares en retiro, como el General Felipe de la Barra, se pronunciaron en contra de la obra, a la cual calificaron de infame, porque supuestamente agraviaba el honor del colegio militar “Leoncio Prado”. La censura recayó sobre una obra literaria fundada en el pacto ficcional, es decir, en la convención establecida entre el lector y la obra, al asumir que la fantasía es realidad, y la realidad es fantasía.
Como se sabe, en épocas pasadas los libros eran censurados por el Estado y la Iglesia si atentaban contra el orden temporal o espiritual. Pero también se practicó la censura personal. Es más: la Iglesia recomendaba la censura voluntaria del lector en contra de textos, citas o palabras que pusieran en riesgo su fe católica. Con ese motivo, se recurrió a la consciencia de cada persona para que en pleno uso de sus facultades aplique la autocensura, a fin de evitar leer textos considerados perniciosos a la conciencia moral de un buen cristiano.
¿Quién decidía qué leer? A pesar de la censura institucional y de la autocensura personal, predominaron los criterios comerciales de publicación, sobre todo a partir de la invención de la imprenta en el siglo XV. Con la aparición del género literario de la novela (para unos desde el siglo XII, para otros desde el siglo XVII), la circulación del libro cobró mayor éxito comercial. Fueron los denominados best seller. Esta clase de libros se leían muchas veces en las sociedades literarias, cuando en Europa se hacía vida de salón, en los siglos XVII y XVIII. Y luego, entre los siglos XVIII y XIX, en los clubes literarios. Según cuenta la tradición, el anfitrión invitaba a leer a uno de los contertulios para que lo hiciera en voz alta. Acto seguido, se conversaba sobre lo leído. Este aprendizaje compartido será muy importante para la discusión política en los prolegómenos de la Revolución Francesa. Esta vez leyendo libros filosóficos, considerados subversivos.
El lector busca sus propios espacios de lectura y también establece por sí mismo un método de lectura que se acomode a sus necesidades. Lo más trascendente es perseverar. Se requiere disciplina para leer. Los lectores que han vivido la experiencia de la lectura lo saben.

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