Arequipa

EL ÚLTIMO ADIÓS…

18 de octubre de 2020
El violín la acompañó durante diez años de su vida.

Un relato para volver al colegio

Alphonse de Lamartine afirmó que a menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd.

Por: Valeria Zeballos Ponce (*)

Desde pequeña sentí una atracción inmensa por el violín. La verdad es que no recuerdo cómo comenzó mi interés por ello. Lo único de lo que estoy segura es que algo dentro de mí me decía que ese instrumento fue creado para mí. Tal vez es por eso que cuando entré al colegio y un maestro nos pidió escoger un taller deportivo o artístico como actividades complementarias a nuestra formación, no dudé ni dos segundos en inscribirme en el taller de violín.

Recuerdo sentirme muy emocionada y feliz aquel día. Hasta ese momento jamás había visto un instrumento real, a excepción de la vieja guitarra de mi papá, por lo que pensar que pronto podría incluso tener uno entre mis manos simplemente me aceleraba el corazón.

Al llegar a casa lo primero que hice fue contarle a mi mamá que en el colegio nos habían dicho que podíamos realizar una actividad todos los días después de clases y, que de aquella inmensa lista de opciones que nos habían propuesto, había escogido el taller de violín; sin embargo, no parecía muy contenta con mi decisión, y terminó persuadiéndome para cambiarme al de danza.

Mi mamá nunca se preocupó por crear un firme lazo de confianza entre nosotras, no me preguntaba muy a menudo cómo me iba en el colegio o si tenía algún problema. No se dio cuenta de la vez que regresé a casa con el cabello un poco más corto porque unas compañeras me pegaron un chicle (recuerdo que en aquella ocasión tampoco me preguntó por qué había elegido el violín, y mucho menos si estaba de acuerdo con cambiarlo).

Al año siguiente, cuando llegó el momento de inscribirse nuevamente en alguno de los talleres, mi decisión inicial no cambió; sin embargo, ahora era una decisión mucho más firme. Y yo estaba dispuesta a enfrentar a mi mamá, ya que de verdad quería aprender a tocar el violín. No era para menos, todo el año me lo había pasado torturándome mientras veía cómo mis compañeros de clase llegaban con sus estuches al salón y que, al tocar la campana de fin de clases, salían corriendo, cargando con él sobre sus hombros rumbo a mi tan añorado taller.

Así que aquel año, nada me detuvo:  mi mamá, al ver mi insistencia, esta vez no pudo oponerse. Mis papás tuvieron que comprarme mi primer violín, siguiendo las sugerencias de la maestra, ya que ellos, al igual que yo, jamás habían visto un violín más que en la televisión. Para su sorpresa, terminé siendo la mejor del taller, Miss Karen siempre me felicitaba y les decía a mis padres que tenía mucho talento por explotar. Cuando llegué a quinto de primaria, me encomendaron tocar una canción como solista en el recital de fin de año, debo admitir que no era una canción nada fácil: “La danza de las ninfas”, la cual terminó convirtiéndose en todo un reto para mí. Pero al ver la confianza y expectativa que mi maestra puso en mí, no podía defraudarla. Realmente me esforcé con esa canción: la practicaba constantemente, quería que fuera perfecta.

Llegó el día del recital, y a pesar de mis nervios todo salió perfecto; al término de éste, fui en busca de mis papás, que nunca se perdían ni una sola de mis actuaciones. Ambos me abrazaron y felicitaron. Mi mamá tenía los ojos llorosos y mi papá una enorme sonrisa en el rostro. Estaban orgullosos de mí. Y yo también.

Miss Karen se fue del colegio al año siguiente, nunca supimos la razón, pero sí tuvimos una muy emotiva despedida. Al fin y al cabo, ella había sido como una madre para todos los violinistas. Yo empecé la secundaria y mi conocido salón del taller de violín se volvió desconocido con la llegada de una nueva profesora, Miss Claudia, a quien al comienzo le tuvimos un poco de temor, pues desde el primer día nos corrigió muchos errores que ni sabíamos que habíamos estado cometiendo y que tal vez Miss Karen habría dejado pasar por el cariño que nos tenía; sin embargo, ella también terminó convirtiéndose en nuestra segunda mamá.

Mi violín me acompañó durante diez años de los doce que pasé en aquellas aulas. Aprendí cientos de melodías, estuve en la Orquesta de Cámara y la Big Band, y me presenté en distintos escenarios dentro y fuera del colegio. Sin embargo, llegar a quinto de secundaria siempre representa una gran emoción y tristeza a la vez. Ese año se realizaría mi último recital de violín, y tenía en claro también que, muy probablemente, esa sería la última vez que me pararía sobre un escenario con mi violín en mano; sin duda esa sería una fecha muy importante para mí, y vaya que lo fue.

Cada vez faltaba menos para el gran día, nos quedábamos horas extras después de clases para seguir ensayando, ¡todo tenía que ser perfecto! Durante aquellos días era muy feliz en el colegio: me gustaba estar ahí y, al ser consciente de que ese sería mi último año, trataba de apreciarlo y atesorarlo con todo mi corazón.

En casa era otro el panorama: mi abuela ya se encontraba muy enferma, lo normal debido a su avanzada edad, así que no podía evitar contagiarme de aquel ambiente tenso y de tristeza cada vez que regresaba después de clases.

En la madrugada del día previo al recital, en el cual también tendríamos el ensayo general, mi abuela falleció; los llantos en mi casa no pararon desde las tres de la mañana hasta que tuve que irme al colegio. Yo, por supuesto, le dije a mi mamá que podía faltar sin problemas. Pero ella insistió:

Es el ensayo de tu recital me dijo.

Fue sin duda un día duro. Aún no asimilaba la pérdida, pero a pesar del inmenso dolor por la muerte de mi abuela tuve que mantenerme fuerte durante las clases hasta que llegara la hora de volver a casa.

Al mediodía del día siguiente enterramos a mi abuela y por la tarde nos alistamos para asistir a mi recital. Yo esperaba que mi mamá se negara a ir, siempre fue muy conservadora y tradicional. Cuando fallecía algún familiar guardaba luto por meses y nos regañaba a mí y a mi hermano si acaso poníamos música a un volumen muy alto. Por eso me sorprendió cuando salió ya vestida y arreglada para acompañarme en ese día tan especial para mí, pero tan desgarrador.

Pasé diez años tocando violín, de los cuales mi madre no se perdió ni una sola de mis presentaciones. Si bien constantemente me quejo de todos los errores que pudo cometer al criarme, no puedo negar que me apoyaba y me apoya muchísimo. Me demuestra su amor a su manera.

DATO

Nunca olvidaré la noche de mi último recital de violín, donde toqué mi instrumento con muchos sentimientos encontrados: nostalgia, alegría y tristeza; dándole un último adiós a mi violín y a mi abuela, y esperando que, desde algún lugar, ella pudiera consolar a mi mamá, quien no paraba de derramar lágrimas desde su asiento entre el público. Lágrimas que, estoy segura, esa vez no fueron por orgullo al verme tocar mi tan amado instrumento.

(*) Estudiante del curso de Literatura Peruana de la Universidad La Salle y exalumna del colegio de La Salle.

Una afición que nació desde pequeña.

Uno de sus recitales coincidió con la partida de un ser muy querido.

Compartir

Leer comentarios