Arequipa

Así es el fútbol

5 de enero de 2020

A fines del siglo pasado, Martín decidió empezar de cero en Italia.

Por Orlando Mazeyra Guillén

Estos días, mientras tomaba el sol en la playa, he pensado mucho en Martín. En su historia tan particular. O no tanto. En todo lo que hizo para irse hace tiempo. Por eso le escribí un correo electrónico pidiéndole información detallada. Nació en Cajamarca, su padre trabajaba en una mina de Marcona. Su madre murió a los pocos meses del parto y él quedó bajo el cuidado de su tía (a la que siempre llama «mamá»).

Fue mi compañero en la universidad: se pasaba horas de horas en la biblioteca de ingenierías tratando de aprender cálculo —peleando con las integrales y las derivadas—, mientras yo perdía el tiempo en el billar del viejo Jara con mis amigos. Al poco tiempo, decepcionado, decidió abandonar la universidad. Y empezó a estudiar italiano.

—Le he pedido un anticipo de herencia a mi viejo —me informó mientras nos dirigíamos a una cantina.

—¿Anticipo? —pregunté sorprendido— ¿Y eso se puede hacer?

—Claro que sí, además me lo he trabajado… bien bonito…

—¿Cómo?

—Fui directo al sentimiento: le dije que me abandonó y armó una nueva familia, se deshizo de mí, a la mala, mandándome a Arequipa con mamá (o sea, mi tía, pero yo la quiero como si fuera mi mamá, ya tú sabes)… Le dije que quería una oportunidad, la oportunidad que él nunca me había dado…

—¿Oportunidad para qué?

—Para irme de acá: no puedo esperar cinco años para ser ingeniero de sistemas y luego conseguir un trabajo miserable. No soporto el conformismo de tantos peruanos. Mejor me voy a otro lado, además ya no quiero perder el tiempo. Eso le dije a mi viejo: ¡necesito plata y ya no te molestaré, no sabrás más de mí!

—¿Y atracó?

—Sí, al comienzo se puso duro… pero al final me soltó un sermón hasta el culo y aceptó.

Se trataba de nada más y nada menos que quince mil euros para poder irse a La Paz, sacarse un falso pasaporte (con otro nombre, claro) como boliviano y entrar a Italia. En Milán tenía un contacto —al que también había que darle una buena tajada del dinero— que le daría trabajo en un café-internet.

—¿Es más fácil irse a Italia como boliviano que como peruano? —pregunté alarmado, parecía una broma de mal gusto.

—Aunque no lo creas, sí, es más sencillo, así de devaluados estamos: no valemos nada —afirmaba, asqueado sobremanera—. Lo bueno es que es a lo seguro: nada puede fallar. Sólo es cuestión de prepararse bien.

Estuvo, en la capital boliviana durante dos semanas, haciendo los «papeleos» y aprendiendo el himno de Bolivia. Sí, tenía que estar listo para todo, inclusive para demostrar que era boliviano con todas las de la ley y, al parecer, «el himno es clave», según me contó.

Mientras esperaba que le dieran el «sí» chateábamos y yo no desaprovechaba la oportunidad de cargarlo: «boliche, ya te vas a las Europas», le decía y él se indignaba: «¿para eso te cuento mis cosas personales? No pareces mi amigo, carajo».

Llegó el día D, viajó a Italia como un boliviano —pretexto perfecto: conocer El Vaticano— y él recuerda con nitidez que un oficial de migraciones se percató de toda la patraña: lo llamó por su (falso) nombre y Martín fue tardo en responder. Luego le pidió que firmara (es decir, que copiara esa firma ajena que había en el pasaporte trucho). A pesar de haber practicado mucho, se puso nervioso. «Firmé mal, no se parecía en nada, ahí dije: perdí, ahorita me regresan».

—¿Y qué hizo el policía italiano?

—Me miró con lástima, creo que se apiadó de mí, además tú sabes que en ese país también hay harta corrupción, pendejadas… Yo sé que se dio cuenta pero por algo me dejó pasar.

Así Martín llegó a Europa a fines de los años noventa. Tenía una promesa que cumplir. Empezó a trabajar en la cabina de Milán (el negocio le pertenecía a un peruano que también tenía una cadena de pollerías) y, luego de medio año de ahorros y privaciones, se fue a Venecia a pasar un fin de semana.

—Ah, ¿te gustó la novela de Thomas Mann? —le pregunté, curioso.

—No. No la he leído todavía. Lo que pasa es que cuando yo era niño, mi abuelo Amador, el papá de mi viejita linda, siempre me hablaba de Venecia, de una ciudad hermosa en medio del agua. Él nunca conoció Europa pero soñaba siempre con Venecia, tenía una foto de Venecia en su sala: una ciudad flotante, me decía, tú sabes, pues, no tenía mucha preparación, trabajaba de mecánico, pero era bueno. Ya debe de estar al lado de mi viejita allá arriba —y se persignó mirando al cielo.

—Debe de ser una ciudad espectacular, ¿no?

—¡Claro! Y no quiero que te burles como siempre lo haces pero cuando llegué a Venecia me puse a llorar, acordándome de mi abuelo y sentí que yo solito era más que todos los ingenieros de la promoción, más que todos, tú no sabes lo que es vivir solo en otro país.

Ya no era Martín sino Martino. Lo que provocó otra clase de chanzas. Los fines de semana dictaba clases particulares de matemática e inglés. También hizo limpieza, aunque fue algo fugaz: «una vez, a varios peruanos ilegales, nos contrataron para limpiar una casa enorme, parecía un castillo, nos pasamos todo un sábado limpiándola… al final hubo un tremendo problema».

—¿Qué ocurrió?

—Se había perdido un reloj de oro. Nos insultaron: “ladri peruviani”, nos decían: “peruviani di merda”. Nos revisaron, nos obligaron a quedarnos en ropa interior hasta que por fin uno habló. Era un charapa, no sabes la vergüenza que sentí, por culpa de gente como él los peruanos tenemos la peor de las imágenes en Europa. ¡No te digo que son mejor vistos los bolivianos o los ecuatorianos!

¿Sería capaz de hacer lo mismo que mi amigo? Conseguir dinero para un pasaporte falso. Llegar al viejo continente y matarme trabajando para luego volver, como Martín, con atuendos estrambóticos.

—Esta camisa es Dolce&Gabbana —orgulloso.

—Y qué carajo me importa: igual te queda horrible —disparaba en primera.

Un ignorante, eso yo era para él. Alguien que no sabía cómo se movía el mundo, quién era Christian Dior y cuál era el último grito de la moda. Martín (ahora, Martino) hasta se había cruzado con grandes jugadores.

—Lo pude ver al Nene.

—¿A Cubillas?

—No seas idiota, ¿acaso Cubillas vive en Italia? Me estoy refiriendo a Mario Balotelli. Estaba en un Ferrari: un fierro que jamás verías en el Perú, el negro andaba con una italiana guapaza. Entró a una tienda y se compró un champán de miles de dólares. Me indigné, ¡putamadre!, cómo un futbolista podía gastar en una botella lo que a mí me hubiera costado tres años en la cabina.

—Así es el fútbol —le dije por decir algo.

—Yo también pude ser futbolista, fui el capitán de mi equipo en la Gran Unidad Escolar Mariano Melgar: volante creativo. Llegué a jugar la final inter-escolar nacional en el Telmo Carbajo del Callao: me enfrenté al «Cóndor» Mendoza y al «Burrito» Ascoy. ¡Para que veas! Me saqué la mierda por llegar a ser profesional pero… había algo que me jodía.

—¿Qué cosa?

—La boquilla. Siempre perdía en la boquilla. Si alguien me bajaba la moral me apagaba: ése siempre ha sido mi problema. Creo que todo empieza porque nunca tuve el cariño de mi mamá. No tengo autoestima.

—Pero, hermano, te has ido a Italia a lucharla. No cualquiera hace eso. No te subestimes.

Martín nunca se quiso mucho (en algo nos parecemos, creo). Por eso un día, encerrado en su habitación, ingirió raticida —ya no importaban Venecia, Dior, ni nada— y terminó en emergencias del Hospital General. Le hicieron un lavado gástrico que le salvó la vida. Sentí mucha pena por él. Martín fue quien me cambió el apellido cuando éramos cachimbos. Y, entre juego y juego, me dejó una herida abierta. Qué sé yo. Se anticipó a muchas cosas, sin querer:

—Orlando Miseria —me decía en la universidad para vengarse de mis puyas—. Siempre con las mismas tabas: tus Converse viejas. No eres Mazeyra, sino Miseria.

Sus miserias le resultaron más insoportables. Es jodido quererse poco. O nada. Cuando lo visité en el hospital me dijo una cosa (que le provocaba orgullo): «¿Sabes qué me dijo la enfermera?».

—Qué…

—Cómo te quieres matar, guapetón, si eres igualito a Ernesto Pimentel.
Me reí con ganas. Fuerte. Desde aquella vez le digo «Chola Chabuca» y él no se molesta. Goza. Ahora pensará que lo estoy jodiendo si le digo que quiero, como él, ponerme la camiseta de Bolivia e ir a guerrearla a Italia. A ver qué pasa: así es el fútbol.

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