Arequipa

El único equipaje

15 de diciembre de 2019

Uno siempre recuerda a los autores que le cambiaron la vida.

Orlando Mazeyra Guillén

No sabía cuándo ni dónde pero se reiría de todo lo que le ocurría. Sí, se lo había jurado. Pasara lo que pasara, se reiría de todos, pues no hay experiencia mala, ¿no era cierto? Nunca más compadecerse de sí mismo u ocultar placeres íntimos. Era una promesa: debía evitar las mascaradas cotidianas y mostrarse tal cual era.

Entonces se les acercó y les dijo que estaba leyendo un libro titulado “El equipaje del viajero”. Todos dejaron de contar el dinero, colocaron las monedas y los billetes sobre la mesa y prestaron atención sin pronunciar una sola palabra.

–¿Alguno de ustedes quiere leerlo? –preguntó.

Y otra vez el silencio. Nadie conocía al autor. Él tampoco. Sin embargo, sentía que –casi, casi– lo conocía. Algo. Quizá bastante. Ese anciano portugués sabía muchas cosas del mundo: sus falencias, sus horrores pero también sus posibilidades, no todo estaba perdido. Eso era lo que quería explicarles a sus amigos: en qué consistía esa lectura de retazos de sabiduría, o reflexiones puntillosas que lo hacían sentirse distinto, realmente iluminado. No exageraba un ápice.

– ¿De qué trata? –preguntó Raúl como para romper el silencio.

– Son textos cortos: algunos se los dedica a sus seres queridos.

– ¿A quiénes? –volvió a preguntar algo inquieto.

Entonces siente que hay cierto interés, nadie lo amonestará por ocurrírsele hablar de libros (tremenda audacia) antes de pasar el Año Nuevo en las playas de Camaná.

– A sus abuelos. Es conmovedor.

– A ver, pásamelo: quiero ver si es cierto.

– Claro, cómo no.

Antes de entregárselo, abre el libro y selecciona el texto en donde el autor habla de su abuela:

– Lee éste: ¡es buenazo! –le indica.

Raúl le da una ojeada. Parece detenerse en un párrafo o alguna frase subrayada con alguna anotación al margen, pues el libro está atiborrado de sumillas. Sonríe. Reconoce sin demorar en el rostro de Raúl esa sonrisa burlona, despectiva, irritante.

– Cojudeces –afirma sin dudarlo–, pierdes el tiempo con estas vainas.

– Pero si ni siquiera has terminado de leerlo.

– Hagamos de una vez la chancha para las chelas y dejemos a este gil con su libro de huevones.

– No es ningún huevón –le replica–, es un tipo que sabe de la vida más que todos ustedes juntos.

Todos ríen tanto que lo hacen sentirse avergonzado e incómodo.

– Ya, mejor por tu parte –le ordena Raúl.

Él entendía que si ponía su parte de la chancha, entonces todos olvidarían la ridícula ocurrencia. Tenían que ir a la bodega de don Nato, comprar las cervezas, colocar todas las que cupieran en la maletera del Ford de Adolfo y partir rumbo a Camaná antes de que cayera la tarde.

Había que tomar una decisión: ¿desistir de viajar y quedarse en casa leyendo u olvidarse de José Saramago y de las historias de sus abuelos?

Eligió rápidamente lo segundo. Pasó el año nuevo en Camaná bebiendo, lanzándose al mar a medianoche, contando otra vez los mismos chistes estúpidos de siempre y tratando se afanarse a alguna flaca a la que le gustaran los poemas de Juan Gonzalo Rose o de Neruda… mientras mentalmente apilaba con prolijidad futuras lecturas, pues quería aprender todo, absolutamente todo sobre el arte de la escritura. Porque nadie se lo había dicho pero él lo fue descubriendo poco a poco: fueron ellos, y no sus amigos o sus padres, quienes lo ayudaron a conocerse a sí mismo y de paso a conocer a los demás: “Es más fácil llegar a Marte que a nuestro semejante”, decía el portugués y cuánta razón tenía, él lo había corroborado con creces. Brindaba a su salud y a la de sus infortunados abuelos que vivieron en medio de la extrema pobreza en Azinhaga, una localidad que él esperaba llegar a conocer algún día… así como esperaba burlarse de todos ellos –sus amigos– por dejarlo en ridículo.

***

Después de varios años –casi una década–, se encontró en Madrid con Raúl. Ambos habían cambiado mucho. Su amigo acababa de perder a su abuela y se sentía muy nostálgico, pues –dada su condición de ilegal– no había podido ir al entierro allá, en el lejano Perú.

– ¿Sabes una cosa, gil?

– Dime.

– Recuerdas esa vez del libro ese que nos quisiste hacer leer cuando nos alistábamos para viajar a Camaná en la casa del Negro Adolfo, ¿no?

– Claro que sí, ¿por?

– Eso que leí casi al vuelo me hizo sentirme identificado porque… mis abuelos fueron muy pobres, no quería que nadie lo supiera. Cuando leí eso sentí que me avergonzaba de ellos, ¿qué tonto, no? No quería que nadie se enterara que venía de una familia así, por eso obligaba a mis papás a comprarme buena ropa, buenas tabas…

– Vivir de apariencias…

– Sí, pero acá conseguí ese libro de Saramago y lo leí completo.

– Yo también he vivido de apariencias muchos años, Raúl. Los dos hemos sido un par de tontos.

– Unos giles.

– Sí, gilazos.

– ¿Quieres ir al Bernabéu o leer un libro?

Qué buena pregunta, pensó, consciente de que su único equipaje eran sus libros.

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