Arequipa

El valiente testimonio de jubilado de 72 años que venció al COVID-19

3 de abril de 2020
Foto: Andina/Difusión

“Cuando tosía se me desgarraban las entrañas», narró el jubilado peruano.

La Agencia de Noticias Andina accedió de manera exclusiva al testimonio de una persona que se contagió con coronavirus y tras una dura batalla, se encuentra ahora recuperado.

Su historia busca alertar sobre los síntomas de esta enfermedad y ofrecer además algunas claves de cómo superar esta difícil experiencia. “Soy un sobreviviente”, afirma y está dispuesto a contarlo todo.

Con 72 años, Guillermo -nombre ficticio que le asignaremos para proteger su identidad- vive en la ciudad de Lima acompañado solo por su esposa, también de la tercera edad. Es un hombre jubilado desde hace muchos años.

A través del hilo telefónico revela que en algún momento pensó en dejarse morir. Diabético e hipertenso, sabía que estaba en alto riesgo de fallecer a causa del coronavirus COVID-19. 

A 26 días de ser infectado con el covid-19, recuerda claramente la fecha en que esto ocurrió: El 6 de marzo. Había invitado a la cuñada de su esposa a tomar desayuno a casa. Ella había llegado de Europa -donde radica- para visitar a sus padres y prepararse para una gran fiesta que reuniría a ambas familias. 

Él se sentó a su lado y se encargó de atenderla con esmero como hace con todos quienes visitan su casa. Lo conocen justamente por ser excelente anfitrión, comenta. En el desayuno participaron también su esposa y la hermana de esta. Sin embargo, ellas se retiraron rápido. Su esposa salió camino a su trabajo y la hermana de esta se fue a descansar porque tenía dolor de cabeza. 

Así, don Guillermo se quedó solo con la visitante hasta casi la hora de almuerzo, conversando sobre los hijos y nietos, sobre la próxima reunión familiar que reuniría a numerosos parientes y que traería tanta felicidad. Abrazos, besos y una charla muy amena fueron el saldo de una visita que cambiaría su vida.

Perdiendo la capacidad del gusto

Cuatro días después (10 de marzo) ocurrió algo curioso. Fue al supermercado en busca de su café en polvo preferido. Ya en casa, la preparación no sabía igual. “Miré el frasco y era el mismo de siempre. Me molestó el sabor. Mi esposa destiló café pensando que el otro estaba malogrado, pero nada. Ese día la comida empezó a perder sabor. Nada me sabía bien, ni el pan”.

Esa sensación de comer algo que no podía distinguirse lo desesperaba y desesperanzaba. Toda su vida había sido un hombre de cocina. “No sentía el sabor del ajo, de nada. Tenía el plato como dos horas frente a mí. No sabía lo que comía pese a que lo tenía frente a mis ojos, la carne sabía amarga, comía porque tenía que comer”.

Luego llegaría un agotamiento desconocido, devastador. Eran días de limpieza general en su casa. Quería dejar todo listo para la llegada de los parientes que arribarían a Perú para la fiesta familiar. En eso trabajaba, junto a un pintor. «Pero de un momento a otro, ya no podía pasar el trapo a las cosas. Hasta me quedaba dormido sobre la mesa”, refiere.

El jueves 12 recogió a su esposa del trabajo y ya no cenó. Solo quería acostarse. Un hecho raro para este hombre que se cataloga de noctámbulo. Lo mismo ocurrió el viernes. Atrás quedó su fama de buen diente y vitalidad inagotable.

“El sábado (14 de marzo) ya tenía un cansancio enorme que no me permitía hacer nada. Ese día ya estaba preparado para ir a visitar a una compañera de promoción que padece de cáncer. Felizmente no fui. Hubiera sido terrible”, comenta.

Esa misma noche hizo un cuadro de fiebre. Pensó inmediatamente que tenía COVID-19, aunque su esposa dudada. “Estás llamando a la enfermedad”, le advertía. Pero él estaba seguro y decidió aislarse en otro cuarto. Desde ese día no dejaron entrar a nadie en su casa.

La fiebre duró cinco días. Siempre sudando y tiritando. Llegó hasta los 40 grados. Solo con ayuda del paracetamol conseguía frenar su avance. Se sentía desfallecer.

En busca de la prueba

Mientras eso ocurría, su esposa insistía en comunicarse, sin éxito, con el Ministerio de Salud (Minsa) y EsSalud. El martes 17, dos días después de haberse decretado el estado de emergencia para frenar el avance del covid-19 en el país, decidieron ir al hospital Rebagliati.

Les hicieron el hisopado faríngeo a él y a su esposa, ambos asegurados. Afirma que vio cerca de 50 profesionales de la salud esperando que les hicieran el mismo examen. Sintió desazón y miedo.

Por la tarde llegó un médico de EsSalud a su casa y le revisó los pulmones. Le dijo que los tenía como de un joven de 20 años. Se animó un poco.

Mientras esperaban el resultado de la muestra se enteró que su cuñada, la misma que vino de Europa y lo visitó para el desayuno, estaba muy mal en la casa de sus padres, donde había ya cuatro personas enfermas con síntomas similares: fiebre alta, tos y deterioro físico en aumento.

Cuando la fiebre menguó, alrededor del 20 de marzo, llegó la tos. Cuando tosía se me desgarraban las entrañas. Me dolía la parte izquierda el pulmón. Esos días tuve bastante flema. El acceso de tos me ahogaba. No podía dormir. Debía buscar una manera para no ahogarme”.

El 21 de marzo tocaron el timbre de su casa. Era un médico del Minsa, pero decidió no ingresar. Le dijo que hablarían solo a través del celular.

Después de hacerle muchísimas preguntas sobre sus síntomas y averiguar los nombres y apellidos de quienes se habían reunido con él los días previos, don Guillermo le dijo que todavía no sabía los resultados de su prueba. “Señor, ¿qué, no lo sabe? Usted es positivo y es el contagiado número… Solo debe cuidarse y seguir haciendo lo que ya hace. No se le puede hospitalizar a menos que no pueda respirar”, le contestó el galeno y cortó.

Recuerda que no se alarmó porque ya había pasado lo más difícil: la fiebre y la pérdida de fuerzas. A su esposa ya le habían enviado un mensaje de texto con el resultado de su prueba: negativo. Solo faltaba él y ahora ya no quedaba duda alguna: tenía COVID-19. Las autoridades del Ministerio de Salud monitorearon su caso por teléfono hasta el 25 de marzo.

Solo, muy solo

Fuera de los dolores, comenta que lo más difícil de esta experiencia fue el aislamiento. “Sentía el rechazo y miedo de mi esposa. Yo quería salir y ella se alejaba. Siempre la veía con guantes y mascarilla. Eso me afectó mucho. Tener que salir a hurtadillas a recoger la comida de la mesita que estaba en mi puerta. Me sentí un apestado, pero ella hizo lo correcto. Eso nos ha ayudado a ambos. Ha sido una lucha interna muy dura”.

Tuvo que trabajar mentalmente para encontrarle sentido a la vida. Comía sin hambre, sin ganas, solo alentado por sus hijos y nietas que se comunicaban con él a diario, aunque sea para verlo un ratito por la cámara de su celular para decirle que va a salir de esto, que claro que se puede, que debe ser muy fuerte, que no tenga miedo, que él es fuerte.

Sin hablar, solo mirándolos. Mientras tanto, no dejaba de tomar sus infusiones de kión y sus limonadas calientes. Su esposa le daba estas cosas con la esperanza de mantenerlo fuerte para resistir el ataque del virus. Hacía sus gárgaras con bicarbonato y comía a diario un poco de ajo. Todo con fe. Todo con el objetivo de no dejarse vencer.

“Sufrí mucho y llegué a pensar para qué seguir viviendo en esas condiciones, si no me voy a curar. Lo he logrado gracias a la intención. La fuerza de la intención. Porque necesito darle más cariño a mi gente, a mis hijos, a mis nietas, a mi esposa. Estoy vivo gracias a sus cuidados extremos”.Dijo haberse sorprendido por el gran afecto recibido durante estos días y que eso fue un motor más para no dejarse morir.

“Estoy convencido de que esto es un antes y un después en mi vida. Cambió todo. Soy un sobreviviente de este mal que no se lo deseo a nadie. La gente que hasta ahora no se toma en serio esta infección es una inconsciente. Debe entender que hay personas que no tienen síntomas, pero contagian, como me pasó a mí. Todos deben quedarse en casa.” Hacer un aislamiento no es nada fácil y encima enfermo, afirma, pero su esposa y él siempre pensaron en los demás. “En que nadie se enfermara, por eso no dejamos entrar a nadie a la casa. Ni a mi hija. Fue muy triste. Hicimos el aislamiento sin tener el resultado de la prueba, porque eso es lo que se debía hacer. Mi esposa tuvo que atenderme en todo”.

Claro que hay esperanza

Tras dos semanas de aislamiento, recuerda el primer día que pudo salir de su cuarto. Con su mascarilla en el rostro (la usa hasta ahora por prevención) se dirigió al pequeño jardín que tiene en casa y vio su billetera sobre el césped. Su esposa la había dejado allí, junto a otras prendas “para matar el virus”.

“Allí estaban mis documentos, mi dinero, mis tarjetas, mis lentes. Y me puse a pensar qué importaba todo esto si me moría, no importaba nada. Creo que Dios me ha elegido junto a mi esposa para algo mejor. Todo tiene ahora otro sentido. El gran mérito de mi recuperación es de ella. Espero que la vida me dé tiempo para darle mi gratitud y cariño. A eso se suma el amor de mis hijos y nietas, que me alentaban siempre. De tanta gente que con sus llamadas y mensajes me dieron aliento. A veces uno cree que está solo en este mundo, pero esta experiencia me ha demostrado que no es así. Claro que hay esperanza”.

Refiere que aún no sabe qué hará cuando pueda finalmente reunirse con toda su familia, piensa en el gran abrazo que les dará a todos cuando termine el estado de emergencia decretado en el país. Solo espera. Ya es un campeón en eso. Sabe que lo que venga a partir de ahora será bueno, porque está vivo y eso ya es suficiente.

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