Arequipa

Elecciones en Ariadna

13 de octubre de 2019

¿Cómo será la vida del hombre cuando deje la Tierra? ¿Qué podría ocurrir dentro de cincuenta años? ¿Votaríamos por un robot o algo semejante?

Por Orlando Mazeyra

Quisiera decir que nosotros, los habitantes de Ariadna, dejamos a nuestro viejo planeta atrás hace muchísimo tiempo. Pero no es verdad, ni por asomo. La Tierra, para que lo sepan todos, siempre vuelve a mí en forma de pesadillas que me turban por las noches, interrumpiendo mi sueño, como ahora… que escribo estas líneas.

Todo empezó en el verano del año 2070 cuando una miríada de meteoritos cayó por todo el mundo. Uno, desapareció Ciudad de México; y otro casi todo el estado de Utah, fue el inicio del fin. Y menciono a México y Utah porque mi hijo mayor, Bill, de apenas diecinueve años, estaba de vacaciones en la capital azteca cuando ocurrió aquella desgracia y mis padres, William y Sarah, vivían en Orem… ellos no tuvieron tiempo de enviarme un mensaje de texto de despedida o de auxilio. ¿Qué habrán sentido? ¿Pánico? ¿Habrían tenido tiempo para darse cuenta de que el fin se avecinaba? ¿Habrán al menos conseguido persignarse y ponerse así en las manos de Dios? Nunca lo sabré… en el fin de la Tierra: el fuego pudo más que el agua y, sí, el planeta no era de Tierra sino de agua.

Como es por todos sabido, los Carontes Inteligentes X300 nos ayudaron a escapar: había puesto a prueba a un millar de ellos en un laboratorio secreto y su inteligencia era tal que pasaron todas las pruebas (interacción humana, socialización multiplataforma, tolerancia a fallos, retroalimentación inmediata, entre otras). No diré qué «sentían» como los hombres y las mujeres pero podían entender el porqué de las cosas, emocionarse con una melodía de Beethoven o con un atardecer en Santa Bárbara. Los había dotado de esa sensibilidad especial que, creo yo, nos hace proclives al suspiro, la esperanza y, lamentablemente, también a la locura.

Mi labor como científico de la más alta envergadura se vio sacudida por la muerte de más de la tercera parte de la población del planeta. Hoy, en Ariadna, el planeta más puro que nadie podría imaginar, la población de Carontes duplica a la de hombres. Pero, para el hombre común y corriente, esto no representa mayor problema, pues el grado de fidelidad de mi hechura es casi perfecto. ¿Cómo lo podría explicar mejor? El único inconveniente que todavía no he resuelto es el de la procreación. Puedo crear Carontes Inteligentes (CI) cada vez más perfectibles, pero ellos son incapaces de procrear o de quedar en gravidez (tanto los Carontes hombres como las mujeres son estériles, al menos por ahora). Allí es cuando los humanos se espantan, se atribulan y se sienten estafados por este nuevo Orden Establecido en Ariadna —«La casa de los tiempos modernos», le llaman—, en donde todos aparentamos ser de carne y hueso hasta que el deseo humano en conjunción con el amor, como es natural, busca perennizar la especie.

En la Tierra no sólo perdí a mis hijos y a mis padres. También a mi mujer. Ocurre que a Alice la había estudiado a tal detalle que mi versión femenina de los Carontes había sido dotada de su forma de «entender» la vida… y digo «entender» porque no todos somos capaces de entender de qué va la vida.

Alice era una mujer única, había sido mi asistente de viaje en el reconocimiento de casi cuarenta planetas y nos habíamos enamorado durante un Proyecto Innovador denominado Decamerón en homenaje a Boccaccio. Sin embargo, esa es otra historia que me demandaría mayor tiempo y quiero centrarme en lo que ocurrirá en apenas un par de días.

En Ariadna las elecciones son únicas y ya no le llamamos “presidente” sino “líder de las nuevas generaciones”. Habíamos decidido que el líder permanezca en el cargo hasta la muerte porque sabíamos que estábamos en un permanente peligro. Los Carontes estaban en condiciones de percibir sus limitaciones que, aunque no humanas, dejaban en claro que ellos nunca podrían pasar por el milagro divino de la procreación. Fingen estar conformes, pero no lo están y quieren tomar el poder… ¿con quién? Con Alice, la mujer-robot que es idéntica a mi extinta esposa. Es y no es. En realidad, lo es, porque ella es mi pareja. Los Carontes lo saben. ¿Ella se los dijo? Su evolución autogenerada ha hecho que yo sea incapaz de cuantificar en qué medida sus conocimientos pueden hacerlos caer en la cuenta de que ellos están a un paso de gobernar este nuevo mundo. Dije que por cada hombre hay dos Carontes y más de la mitad de ellos son mujeres que, sin duda alguna, votarán por Alice.

—¿Qué harás cuando sea la Líder de las Nuevas Generaciones? —le pregunté anoche a Alice.

—Pase lo que pase, no me olvidaré de ti.

—¿Sabes en quién me inspiré para crearte, no?

—Me lo has repetido tantas veces que hasta siento un poco de envidia, ¿sabes?

—Ella era terrícola, tú no.

—Sólo importa una cosa: Alice será la que decida si los hombres tienen derecho a seguir a nuestro lado.

—No eres humana. ¡Nunca lo serás! Apenas eres una pretenciosa imitación…

—No necesito ser humana para hacerte feliz. Eso lo sabes muy bien.
Dijo la verdad: en manos de Alice —de mi creatura desmesurada— está el destino de los hombres. Y lo peor de todo es que yo la amo. Pero tengo que decidir entre ella y la humanidad.

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