Arequipa

En el cementerio

9 de junio de 2019


Es paradójico que algunos precisemos de un camposanto para encontrar un poco de sosiego.

Por Orlando Mazeyra Guillén
Siempre que me siento superado, es decir, en medio de ese estado crítico donde ya ni los abrazos o los ansiolíticos funcionan (o no menguan ni un ápice la angustia), voy a visitar a mi abuela. Nunca lo hago el día de todos los muertos —o de «todos los santos», qué más da—, pues las multitudes suelen gatillar otra de mis fobias.

Los cementerios de ahora son enormes sábanas de bien cuidado césped que te hacen sentir menos (a veces, casi nada) la presencia de la muerte que cuando estás (estabas) en medio de esas añosas torres de nichos de cemento de otros tiempos.

Todos mis familiares muertos antes del año 2000 fueron enterrados en los cementerios obsoletos (y que son tan grandes que uno tiene que visitarlos con mapa o con el apoyo de un guía que luego pide una «colaboración»). Mi abuela, en cambio, descansa —«duerme», dicen los amantes de los eufemismos— en un jardín. Así les ponen a las novísimas moradas de los muertos: jardín de paz, de esperanza, de cielo, etcétera. También son parques, cómo no. Savater hablaba del desmesurado deseo de sus congéneres de quitarle el tono mortecino a la muerte y hacerla algo menos dramático (el objetivo final es desaparecerla, llegar a un punto paradójico: hacer como si ella no existiera).

«No es lo mismo», me digo, no es lo mismo ir a un camposanto como los de antes que ir a un parque o jardín. Con la abuela hablo en silencio, le cuento todas mis tribulaciones y le pido perdón por hacer sufrir a su hija: mi madre. Recuerdo que, cuando ella murió, mi hermana le cortó un mechón de pelo entrecano y lo guardó para luego armar un pequeño altar junto a una ventana alta que comunicaba con el techo de nuestra antigua casa: todos desfilábamos por ese altar y tocábamos aquellos pelos con mucho respeto y cariño.

La última vez que fui a visitar a mi mamá María también le recordé que era bueno ir a su casa porque, en los almuerzos que ella nos ofrecía, la sopa sí traía una sabrosa presa. Luego, todos a dormir, menos yo, que no me cansaba de explorar su casa con alguno de mis hermanos.

Ahora lo que queda de esa mujer tan vigorosa es una lápida más o menos limpia en medio del enorme césped de este parque moderno. Mientras trato de calcular la cantidad de muertos descubro la mirada de una joven —unos lentes de montura gruesa que le dan un relente intelectual y una vestimenta totalmente obscura— que parece llorar a un muerto reciente.

Decido ir por una regadera para limpiar la lápida de mi abuela y de paso echarle un poco de agua a las rosas que le traje. La chica del costado hace lo mismo. Me alcanza. Tomamos casi a la par las regaderas. «¿Te sientes bien?», le pregunto mientras la veo secarse los ojos.

—Es mi hermana —se lamenta.
—¿Cuándo falleció?
—Hace tres semanas.
—¿Puedo saber la causa?
—Cáncer de cuello uterino —dice y llenamos las regaderas mientras ella me explica cómo ocurrió todo.

Hay un culpable: el esposo de Carmen —así se llama la fallecida— que, al parecer, llevaba una vida disoluta. «Él la enfermó», me dice con un incontenible asco que clama venganza.

—El cáncer no se contagia teniendo relaciones —le digo sin dudarlo.
—¿Me crees tan idiota?
—No.
—¿Con quién crees que estás hablando? —irritadísima.
—Mejor me voy —y acelero el paso.
—¡Hombre tenías que ser!

Llego a donde mi abuela: echo el agua con parsimonia. Retorno a los caños y vuelvo a llenar la regadera. Erika me sigue mirando de reojo (una mirada inquisitiva pareciera reprocharme algo). Yo le clavo los ojos hasta que decida rendirse. Hay muy poca gente en el camposanto.

Algo, venido de no sé dónde, me invita a una insólita solidaridad hacia el esposo de su hermana: «Él no tiene la culpa, nadie tiene la culpa». Pierde. Me quita la mirada y ensaya una respuesta digna: «A mí nadie me toca».

—¿Y crees que eso te protege de cualquier enfermedad?
—Ahora eres ginecólogo —con sorna.
—No, simplemente alguien con dos dedos de frente —respondo y me detengo, pienso en lo absurdo, en cómo lo imprevisible me seduce, me envuelve. ¿En verdad tengo dos dedos de frente? No. Y eso poco importa. Me han pasado muchas cosas raras pero discutir con una extraña en un cementerio ya es algo exagerado. ¿Azar? ¿Lo busco? ¿Qué me llevó a hablarle? ¿Curiosidad u otra cosa que me cuesta reconocer?

«Creo que me gusta», le digo a la abuela y ambos sabemos que si ella estuviera viva jamás se lo comentaría. ¿Qué me diría la mamá María? Que este no es un lugar adecuado para conversar con desconocidas. Venir a gilear a un cementerio: ¡qué bajo ha caído tu nieto, abuela!

Decido irme, toco la lápida que todavía está húmeda, me persigno. Cuando me pongo de pie, Erika vuelve a la carga: «Tú eres el que no está bien».

—¿Perdón?
—¿Estás borracho o qué te has metido?
—No tengo por qué responderte, ubícate un poquito… y respeta al menos a los muertos si no puedes respetar a los vivos.
—Tú qué sabes —me reprocha—. Nada.
—Ya sé bastante —le advierto—, y no creo que a Carmen le agrade que andes divulgando su vida marital.
Me mira como diciéndome idiota o algo peor. Mucho peor.
—Hablas como si ella estuviera viva —se ofusca—, o como si la conocieras.
—Tú me has abierto la puerta…
—Yo sólo te usé para echar un poco de mi rabia.
—¿Te gusta su esposo?
—¿Perdón? —pregunta ofendida hasta el cielo.
—Creo que sí, él te gusta.
—Una te da la mano y tú te vas hasta el codo.
Corro el riesgo de sentarme a su lado. Le alcanzo mi pañuelo pero ella, autosuficiente, lo rechaza. «Tengo kleenex, gracias», y saca unos pañuelos desechables de su cartera.
—¿Y tienes enamorado? —insisto.
—A ti qué te importa —y cambia: sonríe nerviosamente. La inseguridad amistosa que desvanece la timidez inicial. Le digo que deje de llorar a su hermana. Le explico que no estoy ebrio ni drogado (de la manera que ella lo entiende), sino que he tomado unas pastillas para la «cabeza». Sí, un eufemismo que no la espante.
—¿Te duele la cabeza?
—Algo así.
—A mí me duele el corazón —y se pone de pie. Yo largo una risa estentórea que hace que los extraños nos amonesten con la mirada. Le digo algo que considero obvio: «Y te va a doler hasta que estés muerta». Y de pronto toda la ansiedad se va. Desaparece. Erika camina deprisa como yo. Pienso que está apurada y se lo pregunto. Lo niega. Esos lentes esconden unos ojos color miel. Y ella esconde algo terriblemente hermoso como la muerte.

Habla rápido, es intolerante pero, no sé, quizá la abuela me la puso allí. O es el destino. Nadie lo sabe. ¿Dios? Tampoco. Muchas dudas en medio de una profunda seguridad: «Si terminamos mal, como suele ocurrirme, dejaré de visitar a la abuela… al menos por un tiempo».

 

Compartir

Leer comentarios