Agricultura

Especial: En el campo también temen al enemigo invisible – FOTOS

18 de abril de 2020
Walter Arias cultiva maíz morado y espera venderlo a buen precio. Reclama bono del gobierno.

Por: Mariela Zuni M.

Los hombres del campo no son ajenos a la pandemia global COVID-19. El avance de la enfermedad también los mantiene en zozobra, no por temor al contagio, pues en las chacras y cerros viven apartados de la urbe donde el enemigo silencioso intruso ingresa a los hogares de más arequipeños. Ellos sufren el daño colateral de esta crisis. Aunque en los mercados los precios de los alimentos de primera necesidad se han disparado hasta en un 300 por ciento (en los mercadillos distritales), en el campo los mayoristas e intermediarios no quieren pagar lo suficiente para costear la producción.

En el crepúsculo los últimos rayos de sol se posan sobre la piel tostada de un hombre del campo. Desciende con pasos largos un sendero serpenteante que bordea las chacras y pastizales.

Lleva en brazos un atado de ramas verdes, y me antecede en el saludo extrañado por mi presencia en ese lugar y a esa hora del día.

Tras conocer mis intenciones y en confianza, inició el relato de cómo terminó en esa hermosa postal arequipeña, el negocio que quebró en Lima, el regreso a su terruño, el luto por la muerte de sus padres, la soledad y al final el reclamo por el abandono del Gobierno al agricultor.

Walter Arias cultiva maíz morado y espera venderlo a buen precio. Reclama bono del gobierno.

«Para el agricultor no hay nada. Ni bono ni canasta nos ha tocado. Seguimos olvidados», expresó Walter Arias Zeballos, nacido orgullosamente en el distrito de Sabandía ubicado en las afueras de la ciudad de Arequipa, desde donde se aprecian los volcanes Misti y Chachani.

La chacra de este hombre se ubica en Buenavista, nombre que hace honor al hermoso paisaje de la campiña arequipeña. Verdes andenerías, caminitos de piedra y pozos de agua que hacen de espejos donde se puede apreciar por partida doble al volcán tutelar.

En el sector de Buenavista, Walter, cultiva maíz morado. Esperaba vender a buen precio la cosecha, pero, los intermediarios solo quieren pagar 1.50 el kilogramo, cuando en el mercado cuesta unos 4 soles y hasta más el kilo.

«Ahora con el coronavirus los precios de varios alimentos como la papa y el choclo han caído por los suelos. ¿Quiénes se perjudican? los productores y los consumidores. Ganan los intermediarios y comerciantes».

Este chacarero de 56 años no pierde las esperanzas, espera que lleguen tiempos mejores y que el presidente Martín Vizcarra se acuerde de los que trabajan en el campo, quienes aseguran la provisión de alimentos en este tiempo de crisis.

Nicomedes pastorea sus ovejas con una mascarilla para protegerse del virus.

Aunque en su distrito no ha oído de algún caso positivo COVID-19, no está demás tomar precauciones. Al retornar a su hogar usa mascarilla y lleva un atado de eucalipto cosechado en los frondosos árboles del campo.

«Voy a quemar estas ramas para limpiar el aire de mi casa y haré un mate con las hojas. Mis abuelos se curaban de los resfriados con esto. Además, todo lo que da la naturaleza nos hace más fuertes», dijo, entregándome unas ramas verdes de fresco aroma.

Don Walter vive pasando un cerro desde su chacra, heredada de sus padres. Así nos despedimos a pocos minutos del inicio del toque de queda, con el compromiso de presentarme a sus vecinos también hombres del campo que tampoco recibieron bono ni canasta. “La vida en la chacra está dura, pero, al menos nos da para comer y respirar aire puro”.

En el caminito empinado y serpenteante, una longeva mujer bajaba presurosa. No portaba mascarilla y al intentar darle una contestó que sí tenía y que estaba apurada. Con la espalda encorvada, sostenía un tronco de árbol que usaba como bastón para andar mejor sobre las piedras. Su rapidez era sorprendente considerando lo agreste del camino.

Unos metros arriba una tonada taurina comenzó a sonar. Un agricultor se encontraba dentro de un canal de regadío y retiró una piedra para permitir el ingreso de agua hacia su chacra. También estaba apurado, su vecino Roger le pidió una gallina, pues su esposa había dado a luz.

«En el campo no tendremos ganancias en abundancia ni bonos del Estado. Podemos sobrevivir comiendo arroz con huevo, maíz y papa, pero respiramos aire puro lejos del coronavirus». La casa de este hombre está en medio de extensos terrenos de cultivo, y pastizales de la comunidad. Es como un ermitaño, aislado de la zona urbana.

PASTORES

Los verdes pastizales de Yumina, proporcionan alimento al ganado que se comercializa en los mercados de Arequipa. De esta forma dan continuidad a la cadena alimenticia que afortunadamente no se ha interrumpido durante el estado de emergencia por COVID-19.

Los grandes ganaderos podrían estar haciendo su agosto, pero los pequeños pastores como Nicomedes Mollesaca, afrontan una situación precaria, y sobreviven a la crisis económica.

Una anciana que no deja de ir a la chacra.

Nicomedes y su familia se dedican al pastoreo de ovejas y en ello radica sus principales ingresos. Todos los días se coloca su mascarilla y sale de su casa a las ocho de la mañana. Lleva desde Characato a sus cinco ovejas hasta los pastos altos en Yumina, ubicada frente a Buenavista, también en el distrito de Sabandía.

A sus 72 años de edad no puede darse el lujo de jubilarse pues siempre trabajó como independiente. Con su actividad tiene que mantener a su esposa, la hija que vive con ellos y nietos.

Este characato de corazón, a la edad de 20 años vino de visita a Arequipa, y nunca más se fue. Dejó su natal Arapa, distrito de la provincia de Azángaro en el departamento de Puno, para encontrar un futuro. Aquí hizo su familia, trabajó y envejeció.

Tiene siete hijos, tres varones y cuatro mujeres, algunos viven independientemente, y otros en su casa. No siempre pueden apoyarlo en su manutención, por eso debe continuar criando a sus ovejas.

Recuerda que hubo un tiempo de prosperidad y logró comprar varias vacas. En la crisis del 90 tuvo que vender uno por uno sus animales hasta quedarse sin nada. En la vejez consiguió a sus animalitos y hoy vive de la venta de su carne. Dice que tiene ingresos una vez al año, y eso debe distribuirlo para los meses siguientes.

Al preguntarle si accedió a una canasta de alimentos o un bono del Estado, dijo que no. Espera lo puedan considerar posteriormente, pues él y su familia viven una vida austera, y los ahorros se acaban.

DATO

Al caer la tarde, se fue caminando envuelto en una nubecilla de polvo elevado por el andar del ganado que respeta y protege al ser su medio de subsistencia.

Los agricultores mantienen sus chacras y los mercados abastecidos.

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