Especiales

Los regalos de Mario Vargas Llosa

9 de abril de 2019

Mario Vargas Llosa halagó el español de Arequipa para anunciarle un nuevo regalo. Dijo que en esta ciudad se habla el mejor español. El elogio lo soltó al final del Hay festival del 2018 donde llegó invitado y participó en tres ponencias. En aquella clausura propuso que la ciudad sea considerada como sede del próximo Congreso de la Lengua Española a realizarse en el 2022.

Cuatro meses después, el mismo escritor anunció que la ciudad fue escogida para este importante evento. “Anunciarles con enorme alegría que la próxima reunión de las Academias tendrá lugar en mi pueblo natal en la ciudad de Arequipa (Perú), que estoy seguro va a recibirlos a todos ustedes con los brazos abiertos”, confirmó el escritor ante los asistentes a este encuentro.

Aunque se adelantó, porque la organización pensaba hacer el anuncio en una fecha prudente. “En la ASALE (la asociación que agrupa a las 23 Academias de la Lengua Española que existen) no hemos deliberado sobre eso”, señaló director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, al agregar que “va a haber que hacer lo que ha dicho” el nobel peruano. “Pero eso no quita que haya anticipado la decisión”, agregando también que Arequipa había sido elegida para la sede.

La reunión de Martin Vizcarra con el rey de España, Felipe, un viaje criticado por políticos y opinólogos, también sirvió para tomar esta decisión.

Así un día antes de su cumpleaños, Vargas Llosa cumplía una nueva promesa. Como lo hizo cuando anunció el Hay Festival, un exitoso evento cultural desarrollado hace tres años en la ciudad. O cuando prometió donar sus libros a la ciudad. Al 2018 sumaron 24 mil 

textos albergados en una biblioteca de la calle San Francisco, textos con anotaciones personales del Nobel de Literatura. Y habría más por llegar a la ciudad.

UNA RELACIÓN ESTRECHA

Desde que Mario Vargas Llosa ganó el Nobel de la Literatura en el 2010, la relación con el escritor se estrechó más. Incluso pasó su cumpleaños con su entonces esposa, hoy divorciados, Patricia Llosa, hijos y amigos en conocidas picanterías de la ciudad. Luego llegaría con su nueva pareja, Isabel Preysler.

Un año después de ganar el premio Nobel visitó Arequipa para recibir los homenajes correspondientes encabezados por autoridades. Visitó la casa donde nació, el salón consistorial y el teatro municipal. Su paso por la calle Mercaderes fue de contacto directo con los arequipeños. Le daban la mano, lo felicitaban. En la ceremonia frente a su casa le pasaban cuadernos para que firmara autógrafos, lo mismo hicieron cuando izó la bandera de Arequipa en la plaza mayor. Probablemente sea un acto inolvidable para el escritor quien plasmó esa experiencia en un artículo escrito para el diario El País de España en el 2011 titulado “La casa de Arequipa”.

“El cielo es de un azul impresionista y hasta el desvencijado caserón del Boulevard Parra parece contagiado del regocijo general. El alcalde de Arequipa acaba de decir unas cosas muy bonitas sobre mis libros y si mi madre hubiera estado aquí habría soltado algunos lagrimones”, escribió.

LA POLÍTICA

Pero Vargas Llosa siempre ha tenido cariño por esta tierra. El 4 de junio de 1989 lanzó su candidatura presidencial en la plaza mayor, y el 5 de abril de 1990 cerró su campaña en ese mismo espacio. Hizo varios viajes a Arequipa cuando aspiraba a la presidencia de la república. Incluso le ocurrió una anécdota graciosa que la relata en su libro “El pez en el agua”.

“Durante uno de esos recorridos en Arequipa, me ocurrió una de las más bonitas anécdotas de esos años. Una señora joven se acercó a la camioneta, me alcanzó un niño de pocos meses para que lo besara, y me gritó: “¡Si ganas, tendré otro hijo, Mario!” (qué nombre la habrán puesto a ese niño), en otro pasaje confiesa que se durmió durante una reunión de dirigentes en Cayma. Nadie se dio cuenta.

No obstante se llevó una decepción cuando reparó en los resultados electorales. Si bien ganó en Arequipa, fue por un estrecho margen. “Aunque, como ya indiqué, casi todo mi esfuerzo de la segunda vuelta se concentró en recorrer la periferia de Lima —los pueblos jóvenes y barrios marginales que habían avanzado por los desiertos y los cerros hasta convertirse en un gigantesco cinturón de pobreza y miseria que apretaba cada vez más a la vieja Lima—, hice también dos viajes al interior, a los dos departamentos a los que más visité en aquellos tres años y a los que me sentía más ligado: Arequipa y Piura.

Los resultados de la primera vuelta, en ambos, me habían apenado, pues, por el cariño que sentí siempre por ambos y por la dedicación que les presté en la campaña, daba por hecho que habría una suerte de reciprocidad y que el voto de piuranos y arequipeños me favorecería. Pero en Arequipa solo ganamos con 32,53 por ciento contra un altísimo 31,68 por ciento de Cambio 90, y en Piura el APRA se llevó la primera vuelta con 26,09 por ciento frente a un 25,91 por ciento”.

Pensó que en estas tierras, Arequipa, su ciudad natal, Piura, inspiración de varios libros, le darían un mayor respaldo, pero no fue así.

UNA LLEGADA ACCIDENTADA

En Arequipa no vivió. Nació. Aunque fue una llegada accidentada. Su madre, Dora, se enamoró de su padre, Ernesto, como una loca. Se casaron y concibieron a Mario. Dora vivía feliz hasta los cinco meses de gestación. Su madre estaba embarazada en Lima, su abuela se animó a viajar a la capital para asistir a la gestante, pero su padre sugirió que Dora vaya a Arequipa a traer al escritor al mundo.

“Un día, desde Arequipa, la abuelita Carmen anunció que vendría a estar al lado de mi madre durante el parto. Mi padre había sido encargado de ir a La Paz a abrir la oficina de Panagra. Como la cosa más natural del mundo dijo a su mujer: “Anda tú a tener el bebé a Arequipa, más bien.” Y arregló todo de tal manera que mi madre no pudo sospechar lo que tramaba. Aquella mañana de noviembre de 1935, se despidió como un marido cariñoso de su esposa embarazada de cinco meses”, escribió en El Pez en el agua.

Dora accedió y Ernesto no volvió a comunicarse con ella. La dejó sola.
Tuvo al pequeño Mario en una sesión dolorosa en la casa de la calle Parra y lo crió sola. Llamaron y buscaron a Ernesto, pero no hallaron razón. Dora no salía de casa, salvo para ir a misa, por las habladurías de los vecinos de esos años.

“Ese primer año de vida, el único que he pasado en la ciudad donde nací y del que nada recuerdo, fue un año infernal para mi madre así como para los abuelos y el resto de la familia”. Su abuelo logró un buen contrato en Cochabamba, Bolivia, y toda la familia se mudó. “ ‘Fue para mí un gran alivio ir a otro país, a otra ciudad, donde la gente me dejara en paz’”, dice mi madre de aquella mudanza”.

La familia no regresó, sino años después. Aunque a través de sus anécdotas iba conociendo esa ciudad a la que llegó al mundo y no conoció. “Crecí en Cochabamba, Bolivia, oyendo a mi madre, mis tíos y abuelos contar anécdotas de Arequipa, una ciudad que añoraban y querían con fervor místico, de modo que cuando vine por primera vez a la Ciudad Blanca -así llamada por sus hermosas iglesias, conventos y casas coloniales construidas con piedra sillar que destella con la luminosidad de las mañanas-, yo tuve la sensación de conocerla al dedillo, porque sabía los nombres de sus barrios, de su río Chili, de sus volcanes y de esas barricadas de adoquines que levantaban los arequipeños cada vez que se alzaban en revolución (lo hacían con frecuencia)”.

Lo mismo comentó en su discurso de aceptación del premio Nobel de la Literatura titulado “Elogio de la lectura y la ficción”. “El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia”.

A los 4 años regresaría a la ciudad con su abuela y madre por un Congreso Eucarístico. Se alojó en otra casa y tuvo su primera experiencia con el chupe de camarones. Dice que no le gustó, incluso que lloró, pero hoy es uno de sus platos favoritos. “Me asustaron las retorcidas pinzas de esos crustáceos del río Majes y hasta parece que lloré”, escribió en La casa de Arequipa.

Luego sus viajes serían esporádicos. Cada vez que venía se iba a la casa de la calle Parra. Degustaba del chupe y los guagüeros, otra debilidad del escritor. Hasta que después del Nobel empezó a estrechar más su relación.
El cariño por su ciudad está demostrado. Ojalá sea mutuo.

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