Cultura

¡Feliz cumpleaños, profe Oswaldo!

13 de abril de 2020
Oswaldo Reynoso estuvo de cumpleaños.

Reynoso todavía no tiene en Arequipa los lectores que la dimensión de su obra amerita.

Por Orlando Mazeyra Guillén

Un 10 de abril, hace 89 años, nació en Arequipa Oswaldo Reynoso. Muchas imágenes parecen confundir la realidad con la ficción, como en toda la obra del Profe: mi hermana, asustadísima y pudibunda, cerrando la peligrosa novela “En octubre no hay milagros” que viene con dos epígrafes que dicen mucho sobre los tiempos actuales. Uno es de Howard Fast e intenta responder a la pregunta: ¿qué es el infierno? La respuesta parece hablarnos de estos días de la pandemia a causa del COVID-19: “El infierno comienza cuando los actos sencillos de la vida se tornan monstruosos… Ahora es temible caminar, respirar, ver, pensar”. Y el otro procura explicarnos que “la patria no es un término geográfico o literario, sino la imagen de hombres vivos” y pertenece al poeta ruso Yevgueni Yevtushenko.

A propósito del cumpleaños del Profe, le hago una consulta a José Caro, escritor y amigo íntimo del creador arequipeño, sobre el libro que recomendaría a quienes todavía no hayan leído su obra y escoge la novela experimental “El escarabajo y el hombre” por ser “una joya de alto contenido lírico, donde se combina un lenguaje depurado con uno popular: haciendo que dos historias diferentes se amalgamen en la cotidianeidad”. Aprovecho para preguntarle en dónde cree que esté (pues Reynoso era ateo) y señala “Oswaldo era marxista, de la vieja escuela, por lo tanto, era materialista. En mi opinión está difuminado en el universo”.

Uno de sus mejores libros.

Marcelo Pinto Zegarra, estudiante de la Universidad La Salle que pudo leerlo en Literatura Peruana, me indica que le gusta “cómo plasma en sus obras el lenguaje de la calle, la jerga de los jóvenes. Además, era un escritor al que no le importaba lo que los demás pensaran de él, por eso escribió libros como ‘Los Inocentes’, y siguió publicando a pesar de que le dijeron que su vida iba a ser un martirio en el Perú, precisamente por ese lenguaje y por los temas que toca, pues estamos en un país bastante pegado a la religión”, finaliza.

Si no me equivoco era el año 1995, estábamos en tercero de secundaria en el colegio de La Salle. Habíamos leído algo de Enrique López Albújar, las célebres “Tradiciones Peruanas” de Ricardo Palma y también “María” del colombiano Jorge Isaacs. A casi todos (me incluyo, sin dudarlo un instante) esos autores no nos llamaban la atención; es más, nos aburrían sobremanera. Sin embargo, una mañana el profesor Pedro Torres nos empezó a leer la historia de Carambola y todo el salón quedó extasiado, tanto así que sonó la campana del segundo recreo y nadie se movía de su carpeta, pues queríamos que el profesor nos terminase de leer el relato. Y así lo hizo, sorprendido y entusiasmado. Luego ocurrió algo inédito (que no se volvería a repetir), muchos de mis condiscípulos se acercaron al profesor Torres a hacerle preguntas, tenían un vivo interés por saber quién era ese escritor arequipeño que escribía sobre bares, cantinas y excesos (es decir, escribía sobre todo lo que nos interesaba). ¡La cagada, profe!, le dijo uno de mis compañeros sumamente satisfecho. ¡Ese Carambola es un gil!, exclamó otro echando una risotada. Fue una de las experiencias más portentosas de mi vida escolar y, voy más lejos, seguramente de toda mi vida como lector.

Cuando leí “Los inocentes” me emocioné tanto que terminé llorando con las últimas líneas de “El Rosquita”, la espléndida narración que, como un suspiro bienhechor, cierra el libro. Ese año no volví a llorar hasta que mi hermana María Úrsula trajo a casa una película que había alquilado de una especie de Blockbuster de nuestro vecindario La Arboleda: “Un mundo perfecto” de Clint Eastwood. Una “road movie” o película de carretera (ambientada en Texas, para ser más exactos) donde descubrimos cómo un convicto y un niño inocente (como los de Reynoso) entablan una relación entrañable e intensa. El final es un detonante que nos enseña que hasta los rufianes en el fondo pueden ser inocentes (muy a su manera), como los palomillas a los que Oswaldo Reynoso inmortalizó con su arte excelso. Ese es el arte que vale la pena, el que perdura, el que deja huella y te cambia para siempre. Oswaldo Reynoso y Clint Eastwood siguen vigentes y durante la cuarentena me volvieron a hacer llorar pero también a celebrar la vida y la libertad. A uno lo gocé como amigo, el otro le estrecharía la mano y guardaría silencio: ambos me permiten viajar en la máquina del tiempo y revisitar los parajes más inolvidables de mi vida. A continuación su texto inédito “Gloria in excelsis” porque Reynoso siempre lo dijo, la mejor forma de recordar (y celebrar) a un autor es leyéndolo.

Los Inocentes, otro buen texto del arequipeño.

GLORIA IN EXCELSIS

“Me incorporé al gentío nocturno que entraba a la Catedral de Arequipa por la puerta posterior de su fachada de columnas de sillar frente a la Plaza de Armas. De un momento a otro, la Orquesta Sinfónica ejecutaría La Misa Andina de Alejandro Núñez Allauca. Miré a la izquierda y ahí estaba Malte en la mañana de sol adolescente con sotana roja no talar y sobrepelliz blanco que me llamaba desde la puerta interior de la sacristía y entré a la nave central de la catedral. La orquesta y coros frente al órgano y el público de espaldas al altar mayor y Malte diría qué tal falta de respeto a Cristo Sacramentado.

El director esperó que hubiera un silencio absoluto para levantar la batuta y apresúrate que la Misa Mayor con Te Deum por Fiestas Patrias está por empezar y ya están todas las autoridades con traje de gala. Corrí hacia la sacristía. Vístete rápido me urgió Malte y el aroma frutal que despedía su cuerpo durazno-pera canela-manzana del huerto de su casa revoloteó por las paredes gruesas y bóveda altísima de sillar aniquilando los rancios olores de cenizas de incienso de flores marchitas de roperos antiguos de ornamentos sudados. Y sobre todo, el penetrante olor de azufre podrido que despiden los vejetes canónigos del cabildo obispal de Arequipa.

Entramos al presbiterio. Kyrie eleison de la Misa Andina retumbó en las tres naves de la catedral y cerré los ojos y de rodillas en el templo de San Francisco antes del descubrimiento del goce místico del sexo cuando en las playas de Mollendo joven y desnudo me enfrenté a la ola más grande del mar gritando dios no existe y en el templo de San Francisco de rodillas al pie de una imagen cadavérica y sangrante repetía en letanía Kyrie eleison Kyrie eleison señor ten piedad de mí y el silencio.

En el Credo si el hombre pudiera decir lo que ama la verdad de su amor la verdad de sí mismo solo diría amor y deseo le hubiera dicho a Malte estos versos de Cernuda que leí a los veinte años. El director alzando la batuta se disponía para iniciar el Gloria in excelsis y en esa mi lejana adolescencia la gloria terrenal tenía que descubrirla en la mirada o en el gesto del rostro de Malte y mi madre me dijo solo tienes que encontrar y jalar la punta de la hebra que he dejado escondida en el paisaje que he bordado para que aparezca el paraíso detrás de esa colina pero nunca encontré la punta de esa mágica hebra y el Gloria tomaba por entero el rostro de Malte que resplandecía sobre el majestuoso tabernáculo de plata del altar entre altas columnas doradas y dónde descubriría la punta de esa hebra acaso en su mirada o en su sonrisa.

Un 10 de abril, hace 89 años, nació en Arequipa

¿Dónde, dios mío! Se inicia el Agnus Dei con suaves y lejanísimas melodías de yaraví apenas perceptibles en el cuerpo armónico orquestal y musito adolescente con mi vestidura litúrgica de monaguillo cordero de dios que quitas los pecados del mundo dadme el goce de la piel y que la luz eterna lo ilumine. Termina la misa mayor y con Malte volvemos a la sacristía. Sentados en regios sillones de cuero y madera tallada esperamos que todos los personajes que han participado en ese ritual se despojen de sus trajes rojos con incrustaciones de plata y oro. Al fin solos, me dice Malte y el gentío nocturno después de aplaudir abandona la catedral. Me paro frente a él, le pongo mis manos sobre los hombros y su mirada y su rostro se iluminan y no sé si imagino tal esplendor o es porque le agrada mi contemplación que lo lleva a sentir un goce de ternura y de amor y también de miedo. Me mira. Juguetón me despeina. Suavemente se separa. Se quita su vestidura y sale rápido sin despedirse. En ese entonces, ya no creía en dios pero me gustaba participar en los ritos como un actor en esa ópera popular llamada misa. Me saco la sotana y el sobrepelliz. Escojo el cáliz más faustoso y peregrino. Entro al presbiterio. En la catedral no hay nadie. Coloco el copón sobre la alfombra frente a la custodia. Me abro la bragueta.

Saco mi miembro. Cierro los ojos. Desde el fondo de la oscuridad, aparece el rostro de Malte. Me masturbo y sanctus sanctus sanctus el cielo y la tierra están llenos de tu gloria. Hossana hossana en las alturas y el semen cae en el cáliz. Lo levanto y con unción en comunión sagrada con el espíritu y el cuerpo de Malte bebo gota a gota el semen. Salgo de las tinieblas: gloria gloria en la luz terrenal benedictus benedictus per sécula seculorum. Amén” (Oswaldo Reynoso).

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